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Cuando llega la hora

El maestro Sukehito de encargaba de la enseñanza de los novicios. Desempeñaba su tarea con celo y a menudo, para meter un poco de seriedad en aquellas cabezas despreocupadas, les hablaba así:

Nada dura,

todo pasa y muere,

todo desaparece un día en el vacío infinito…

Pues bien, Sukehito poseía una taza de té, muy valiosa y muy antigua, que le venía de su familia y por la que su corazón sentía un gran afecto. Ikkyu, joven novicio de trece años, barriendo una mañana la celda de su maestro, rompió por inadvertencia la taza de té. Después de tomar conciencia del horror de su crimen, reflexionó durante todo el día y por la noche, después del zazen, fue a ver a Sukehito.

– Maestro –dijo con solemnidad-, quisiera haceros una pregunta que me atormenta.

– Habla Ikkyu, te escucho –dijo el maestro con bondad.

– Maestro, ¿Por qué todos debemos morir?

– Ikkyu –respondió Sukehito con paciencia-, ¿no me has oído repetir cien veces: “nada dura, todo desaparece un día, todo pasa y muere…”?

– Si maestro –dijo Ikkyu sacando con un gesto vivo los trozos de la taza de té de su bolsillo-, es precisamente lo que le ha ocurrido a vuestra taza de té.

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El verdadero tesoro

Bodhidharma, nacido de Sri Lanka 500 años antes de Jesucristo, era el tercer hijo del rey de esta región hindú. A la edad de ocho años, se podía afirmar que ya tenía el satori.

He aquí porqué:

Un día, su maestro, un gran monje llamado Hanny Tara, recibió del rey una piedra de un valor inestimable. El maestro preguntó a los tres príncipes:
-¿Conocéis algo en este mundo que tenga un valor más grande que esta piedra?

El príncipe primogénito respondió:

-Solamente usted, Maestro, ha recibido este regalo, usted está en posesión del tesoro más bello de la tierra.

El segundo príncipe respondió igualmente:

-Aunque buscáramos toda nuestra vida, no podríamos encontrar en nuestro mundo una piedra parecida.

Bodhidharma, que tenía entonces ocho años, dijo a su vez:

-Es un verdadero tesoro, un tesoro inestimable, pero es un tesoro de este mundo, un tesoro vulgar. También pienso que vuestra presencia es de un gran valor. Comprender el valor de este tesoro es igualmente una forma de sabiduría; no obstante, esta sabiduría no tiene profundidad; comprender que el diamante es una piedra preciosa de más valor que un trozo de vidrio es sabiduría social.

Y Bodhidharma añadió:

-La verdadera sabiduría es comprendernos a nosotros mismos.

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El hombre que perdió la memoria

Cuenta Lieh Tse que había una vez un hombre llamado Hua Zi, que vivía en Yang li y que había perdido completamente la memoria. Por la tarde, olvidaba lo que le habían dicho por la mañana; a la mañana siguiente, no recordaba lo que había hecho el día anterior. Cuando iba a algún sitio, no se acordaba dónde estaba y se olvidaba del camino de regreso. Había olvidado hasta como caminar o cuando sentarse.

Su familia estaba muy preocupada. No sabía qué hacer. Sufrían porque no los reconocía. Y aunque a Hua Zi se le veía en paz y feliz en su situación, estaban seriamente preocupados por el. Acudieron a adivinos y sanadores de todo tipo. De nada sirvió. El diagnóstico de los más prestigiosos médicos de la época, solía coincidir en que existía cierta desarmonía irrecuperable entre el hígado, los pulmones y el bazo, con afectación de los riñones y el corazón. Se declararon incapaces de curarle.

Un letrado de Lu, gran filósofo y erudito, se ofreció para sanarlo. La mujer y los hijos de Hua Zi le prometieron pagarle lo que les pidiese, a cambio de su curación. El filósofo les dijo: «No se puede remediar ni con hierbas, ni conjuros, ni con invocaciones, ni recurriendo a las medicinas ordinarias. Es un problema de mente. Intentaré modificarla, cambiar sus pensamientos. Haré unas pruebas.”

Acto seguido hizo que lo desnudaran y el enfermo reclamó la ropa; lo tuvo sin comer y exigió comida; lo dejó a oscuras y pidió la luz. Estas pruebas resultaban muy positivas. Les dijo: «Se puede curar la enfermedad. Sin embargo, mi método es caro y secreto.» Tras pactar el precio a cobrar, despidió a todos y se quedó en la casa a solas con el enfermo durante siete días.

Nadie supo qué hizo aquel hombre sabio, ni qué técnicas utilizó, pero lo cierto es que, en la mañana del séptimo día, Hua Zi tenía su mente curada.

Cuando la familia llegó a casa, llamados por el sanador, al verlos Hua Zi se puso a gritar, muy furioso, contra su hijo y contra su mujer. Quiso golpearles con un palo, y salió corriendo detrás del que le había curado, de forma que hubo de ser sujetado por sus vecinos que lo calmaron y le preguntaron por la causa de su gran enfado. Hua Zi les explicó: «Antes, con mi memoria perdida, estaba feliz, nada me preocupada, ni tan siquiera la existencia del cielo y la tierra. Estaba conmigo mismo, libre y vacío de todo lo demás. Ahora, al recobrarme, han regresado todas mis viejas preocupaciones, todas mis inquietudes, todos mis desasosiegos. Surgen en mi mente todos los logros y pérdidas, éxitos y fracasos, penas y alegrías, amores y odios. Ha desaparecido el silencio de mi mente. He dejado de ver las personas y las cosas como son, como están ahí, sin juzgarlas. Mi mente no se calla, ni un solo momento”. 

Y, ya calmado, con lágrimas en los ojos, gritaba: “¡Quiero volver a vivir como antes, que alguien me ayude!”

Cuento Taoísta

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EL NO-APEGO

A los veinte años, Kitan Gempo, recorría el país buscando su vía espiritual. Por el camino se cruzó con un viajero que fumaba tabaco. Le imitó, se compró una pipa y aprecio ese nuevo placer. Pero en cuanto tomó conciencia de su apego arrojó la pipa y dejó de fumar. Libre de toda atadura, encontró en su camino a un adivino que le enseñó el arte de leer las estrellas. Gempo, que era un alumno excepcional, pronto igualó a su maestro. Cuando comprendió que amaba aquellos nuevos poderes, rechazó aquella ciencia y nunca más quiso oír hablar de ella. A la edad de veintiocho años se hizo monje y se inició con ardor en el pensamiento zen. El superior del monasterio, que admiraba su piedad y sus dones excepcionales y estaba pensando en retirarse, le propuso que le sustituyera. Gempo huyó sin volver la cabeza: había estado a punto de apegarse. Sobresalió sucesivamente en la caligrafía, la pintura y la poesía, y también en la danza, el teatro, la arquitectura y el arte del sable. Abandonó estas disciplinas en cuanto conoció el éxito, por miedo de apegarse a ellas.

En su vejez, fatigado, aceptó por cansancio que le nombrasen superior de uno de los más famosos monasterios zen. Pero cuando murió, a la edad de ochenta y dos años, consiguió murmurar con su último aliento:

– ¡Dejo la vida de buen grado, no estaba apegado a ella!

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Todo era amor

¡Todo era amor… amor!
No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor.
No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla,
amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado.
Amor ultramarino.
Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche…
lleno de prevenciones, de preventivos;
lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M,
con una M mayúscula,
chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas…
Amor espermatozoico, esperantista.
Amor desinfectado, amor untuoso…
Amor con sus accesorios, con sus repuestos;
con sus faltas de puntualidad, de ortografía;
con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes,
de los bomberos.
Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,
que arranca los botones de los botines,
que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto.
Amor incandescente y amor incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo.
Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor… ¡y nada más que amor!

Oliverio Girondo

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El laúd

En una ocasión, un maestro paseaba tranquilamente con sus discípulos a los cuales, intentaba enseñarles la ciencia de la meditación y del conocimiento interior. Al internarse por un camino pedregoso, vio que las piedras estaban cubiertas de sangre.

– De quién es esa sangre? -preguntó extrañado.

-Es de Jaime -le respondieron algunos discípulos-. Como no progresa rápido hacia la libertad interior y la paz sublime, se mortifica caminando descalzo por estas piedras.

El maestro hizo llamar a Jaime, que había sido el mejor músico de laúd que jamás él hubo conocido.

-Vamos a ver, querido discípulo -le dijo- Sonaba bien tu laúd si tensabas demasiado las cuerdas?

-Claro que no, maestro. Si las tensaba demasiado el sonido no era bueno y además podían quebrarse-.

-Y veamos, mi fiel discípulo, Sonaban bien si las dejabas sueltas?-

-Peor, maestro, porque entonces se enredaban entre ellas-.

-Y bien, cómo sonaban si no las dejabas ni sueltas ni demasiado tensas?-

-Así debía ser, maestro. ¡Entonces sonaban que era un primor!-

-Pues bien, Jaime, así debe ser el esfuerzo que uno aplica sobre sí mismo, ni débil ni excesivo sino adecuado.

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La rana y el escorpión

Ocurrió que un escorpión deseaba vadear un río cuando acertó a pasar por allí una rana que tenía la misma intención.

-Rana -dijo el escorpión-, quiero cruzar el río pero yo no sé nadar. Por qué no me ayudas llevándome a tu espalda?

– Cómo voy a llevarte? Eres muy peligroso, tu veneno es mortal y seguro que me picarás-.

-Te aseguro que no te atacaré- protestó el escorpión. -Tienes la certeza de ello, ya que si te picase yo también moriría cuando tú te hundieras-.

Este argumento convenció a la rana, que, con el escorpión ya subido a su espalda, comenzó a cruzar el río. Pero justo en medio de la corriente, sintió el doloroso picotazo de la alimaña clavándose en su carne.

-Por qué lo has hecho?- acertó a preguntar instantes antes de morir.

-Lo siento mucho ranita, pero es mi naturaleza- respondió el escorpión mientras se hundía en las aguas para siempre.

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Lucha entre lobos

Un anciano Cherokee contaba a su nieto acerca de la lucha que se desarrollaba dentro de sí mismo, y dentro de todo ser humano. Ésta era entre dos lobos…

Uno de ellos es de color negro: representa la envidia, aflicción, codicia, arrogancia, resentimiento hacia mí mismo, siente lástima hacia mí, actúa desde la culpabilidad, tiene un fuerte complejo de inferioridad, miente, es orgulloso, falso y su ego no posee límite.

El otro es de color blanco: representa la alegría, me ayuda a alcanzar la paz conmigo mismo, su amor es incondicional hacia los demás, actúa desde la esperanza con serenidad, humildad, bondad y benevolencia, demuestra constante empatía, generosidad, compasión y fe.

El nieto pensó sobre eso durante un largo minuto, y entonces le preguntó: “¿Qué lobo ganará?”

“Aquel al que tú alimentes”.

Estoy totalmente convencido que la crisis actual no tienen como origen de base un problema económico. Creo firmemente que estamos inmersos en una crisis de valores y el desplome económico ha sido la consecuencia de ello.

Hay un gran divorcio entre lo que somos y lo que hacemos, dando importancia a unos valores respecto a otros. Valores que en muchas ocasiones nos han sido impuestos por la propia sociedad y nada tienen que ver con nuestra identidad más profunda.

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Las diferencias aparentes

Coincidieron cuatro viajeros haciendo una misma ruta, los cuatro eran de distinta nacionalidad, uno era persa, otro árabe, el tercero turco y el cuarto viajero griego.

Llegó un momento en el que después de mucho andar sintieron hambre, y llegados a un pueblo pensaron: será mejor que juntemos algo del poco dinero que tenemos y compremos comida para los cuatro.

El persa dijo: Está bien pero compraremos angur…

El árabe contestó: No, no, yo lo que quiero es inab…

-El turco no estuvo de acuerdo y exclamó: De eso nada, a mí lo que me apetece es uzum…

El griego enfadado, protestó enérgicamente diciendo: Lo que compraremos será stafil…

Como no se ponían de acuerdo porque ninguno sabia lo que significaban las palabras de los demás, comenzaron a pelearse entre ellos.

En aquel momento pasó por allí un hombre que, al oír la discusión que mantenían entre ellos, les dijo:

-He oído vuestros gritos y os quiero ayudar para que dejéis de pelearos. Yo puedo satisfacer el deseo de todos vosotros, si confiáis en mí, claro está, y me dais vuestro dinero-.

Los viajeros después de pensarlo un rato accedieron a la solicitud de aquel hombre y le dieron el dinero.

Se sentaron los cuatro, ya calmados, a esperar al hombre. Al cabo de un rato éste regresó con comida para los cuatro. Lo que compró no era ni más ni menos que aquello que todos habían mencionado sin saber que se referían a lo mismo: Lo que los cuatro querían era uvas.

(Tenían información, pero carecían de conocimiento)

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La tórtola y la lechuza

Una tórtola y una lechuza habían hecho una excelente amistad. Cierta mañana, cuando la tórtola fue a visitar a la lechuza, la encontró empaquetando sus cosas con ánimo de marcharse.

-Te marchas?- Preguntó la tórtola, sorprendida.

La lechuza respondió afirmativamente.

-Y a dónde vas?-

-Lo más lejos que pueda- contestó la lechuza. -Trataré de ir hacia el este; en cualquier caso, muy lejos-.

-Pero… por qué amiga mía? Te ocurre algo para que estés tan deprimida?-

-Claro que si. Te diré que me voy. A la gente de por aquí no le gusta nada mi chillido. Unos se ríen de mí; otros me insultan; muchos me desprecian y me amenazan. ¡HO! sí, me iré muy lejos!-

Pero la tórtola, tras pensárselo unos instantes, dijo:

-Quiero que reflexiones conmigo, compañera. Si tienes capacidad para cambiar tu chillido, vete; me parece bien. ¡Adelante! Pero si no puedes hacerlo, entonces qué conseguirás? La gente del este, o de donde fuere, también se sentirá disgustada por el sonido que emites y se comportará igual que la de aquí. Pero para mayores males, habrás viajado inútilmente y, además, es probable que hayas de enfrentarte a grandes dificultades-.

-Como no puedes cambiar tu voz, tienes que cambiar tu visión y tu actitud ante los necios que no te aceptan-.