El occidental

Al llegar por fin ante la presencia del maestro, responsable del templo zen, el occidental se inclina ante él.

– ¿No será vegetariano por casualidad?

– Maestro –dice el occidental orgullosamente- tengo el placer de informaros de que no como nunca carne. No apruebo a mis conciudadanos que se alimentan de cadáveres.

Esperaba confiado una observación halagadora o al menos una sonrisa de aprobación por parte del maestro. He aquí un occidental –debía pensar- que se diferencia de sus congéneres.

Después de un tiempo de silencio, el maestro dijo solamente:

– No se aferre a ninguna manera de comer.

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Latif el más pobre y sabio

Latif era el pordiosero más pobre de la aldea. Cada noche dormía en el zaguán de una casa diferente, frente a la plaza central del pueblo.
Cada día se recostaba debajo de un árbol distinto, con la mano extendida y la mirada perdida en sus pensamientos. Cada tarde comía de la limosna o de los mendrugos que alguna persona caritativa le acercaba.
Sin embargo, a pesar de su aspecto y de la forma de pasar sus días, Latif era considerado por todos, el hombre más sabio del pueblo, quizás no tanto por su inteligencia, sino por todo aquello que había vivido.
Una mañana soleada el rey en persona apareció en la plaza. Rodeado de guardias caminaba entre los puestos de frutas y baratijas buscando nada.
Riéndose de los mercaderes y de los compradores, casi tropezó con Latif, que dormitaba a la sombra de una encina. Alguien le contó que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también frente a uno de los hombres más respetados por su sabiduría.
El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: «Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.»
Latif lo miró, casi despectivamente, y le dijo:
«Puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo? ¿Cuál es tu pregunta?”
Y el rey se sintió desafiado por la respuesta y en lugar de una pregunta banal, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.
La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió; dejó su moneda a los pies del mendigo y siguió su camino por el mercado, meditando sobre lo sucedido.
Al día siguiente el rey volvió a aparecer en el mercado. Ya no paseaba entre los mercaderes, fue directo a donde Lafit descansaba, esta vez bajo un olivar. Otra vez el rey hizo una pregunta y otra vez.
Latif la respondió rápida y sabiamente. El soberano volvió a sorprenderse de tanta lucidez. Con humildad se quitó las sandalias y se sentó en el suelo frente a Latif.
«Lafit te necesito,» le dijo. «Estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, que serás respetado y que podrás partir cuando quieras… por favor.»
Por compasión, por servicio o por sorpresa, el caso es que Latif, después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.
Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos doscientos metros de la alcoba real.
En la habitación, una tina de esencias y con agua tibia lo esperaba.
Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.
Todos los días, a la mañana y a la tarde, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.
Latif siempre contestaba con claridad y precisión.
El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey. A los tres meses de su estancia ya no había medida, decisión o fallo que el monarca no consultara con su preciado asesor.
Obviamente esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo-consultor una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses materiales. Un día todos los demás asesores pidieron audiencia con el rey. Muy circunspectos y con gravedad le dijeron.
«Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte.”
“No puede ser» dijo el rey. «No lo creo.»
«Puedes confirmarlo con tus propios ojos,» dijeron todos“. Cada tarde a eso de las cinco, Latif se escabulle del palacio hasta el ala Sur y en un cuarto oculto se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba alguna de esas tardes y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.»
El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera. Desde allí vio cómo, en efecto, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
«Lo visteis» gritaron los cortesanos, «lo visteis?
«Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.
«¿Quién es?» dijo Latif desde adentro.
«Soy yo, el rey,» dijo el soberano. «Ábreme la puerta.»
Latif abrió la puerta. No había nadie allí, salvo Latif.
Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien. Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.
«¿Estás conspirando contra mi Latif?» pregunto el rey.
«¿Cómo se te ocurre, majestad?» contesto Latif. «De ninguna forma, ¿por qué lo haría?»
«Pero vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?»
Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey:
«Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera» dijo Latif. «Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado… que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de QUIÉN SOY Y DE DÓNDE VINE»

Jorge Bucay

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Cuando llega la hora

El maestro Sukehito de encargaba de la enseñanza de los novicios. Desempeñaba su tarea con celo y a menudo, para meter un poco de seriedad en aquellas cabezas despreocupadas, les hablaba así:

Nada dura,

todo pasa y muere,

todo desaparece un día en el vacío infinito…

Pues bien, Sukehito poseía una taza de té, muy valiosa y muy antigua, que le venía de su familia y por la que su corazón sentía un gran afecto. Ikkyu, joven novicio de trece años, barriendo una mañana la celda de su maestro, rompió por inadvertencia la taza de té. Después de tomar conciencia del horror de su crimen, reflexionó durante todo el día y por la noche, después del zazen, fue a ver a Sukehito.

– Maestro –dijo con solemnidad-, quisiera haceros una pregunta que me atormenta.

– Habla Ikkyu, te escucho –dijo el maestro con bondad.

– Maestro, ¿Por qué todos debemos morir?

– Ikkyu –respondió Sukehito con paciencia-, ¿no me has oído repetir cien veces: “nada dura, todo desaparece un día, todo pasa y muere…”?

– Si maestro –dijo Ikkyu sacando con un gesto vivo los trozos de la taza de té de su bolsillo-, es precisamente lo que le ha ocurrido a vuestra taza de té.

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Vivir como las flores

– Maestro, ¿qué debo hacer para no me moleste la manera de actuar de las personas?. Algunas hablan demasiado, otras son ignorantes. Algunas son indiferentes. Siento odio por aquellas que son mentirosas y sufro con aquellas que calumnian. 

– ¡Pues, vive como las flores!, advirtió el maestro. 

– Y ¿cómo es vivir como las flores?, preguntó el discípulo. 

– Pon atención a esas flores -continuó el maestro, señalando unos lirios que crecían en el jardín. Ellas nacen en el estiércol, sin embargo son puras y perfumadas. Extraen del abono maloliente todo aquello que les es útil y saludable, pero no permiten que lo agrio de la tierra manche la frescura de sus pétalos. 

El maestro prosiguió – Es justo angustiarse con las propias culpas, pero no es sabio permitir que los vicios de los demás te incomoden. Los defectos de ellos son de ellos y no tuyos. Y si no son tuyos, no hay motivo para molestarse… Ejercita pues, la virtud de rechazar todo el mal que viene desde afuera y perfuma la vida de los demás haciendo el bien. 

Ésto es vivir como las flores.

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La serpiente Boa

Érase una serpiente boa que vivía en estado de guerra civil. Su cola y su cabeza no se entendían.

– ¿Por qué –exclamaba la cola- yo voy siempre detrás y tú delante? ¿Por qué decides tú sola el camino que seguimos?

La cabeza despreciaba estas jeremiadas y no respondía.

Un día, hacia mediodía, vio una apetitosa rana. Quiso atraparla con un movimiento vivo. Pero la cola estaba sólidamente enrollada alrededor de un árbol, y la rana se escapó por los pelos.

– ¿Te has vuelto loca? -gruñó la cabeza.

– ¡No me moveré hasta que reconozcas mis derecho iguales y yo pueda también avanzar primero y elegir el camino!

Estuvieron discutiendo durante tres días. Intercambiaron muchos insultos y argumentos, que no voy a repetir por decencia. Resumiendo, la cabeza acabó cediendo. La cola se desenrollo, y muy contenta partió a la aventura. Pero, ¡ay!, no tenía ojos y se cayó por el primer barranco que encontró, arrastrando consigo a la cabeza. Las dos perecieron allí abajo.

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El verdadero tesoro

Bodhidharma, nacido de Sri Lanka 500 años antes de Jesucristo, era el tercer hijo del rey de esta región hindú. A la edad de ocho años, se podía afirmar que ya tenía el satori.

He aquí porqué:

Un día, su maestro, un gran monje llamado Hanny Tara, recibió del rey una piedra de un valor inestimable. El maestro preguntó a los tres príncipes:
-¿Conocéis algo en este mundo que tenga un valor más grande que esta piedra?

El príncipe primogénito respondió:

-Solamente usted, Maestro, ha recibido este regalo, usted está en posesión del tesoro más bello de la tierra.

El segundo príncipe respondió igualmente:

-Aunque buscáramos toda nuestra vida, no podríamos encontrar en nuestro mundo una piedra parecida.

Bodhidharma, que tenía entonces ocho años, dijo a su vez:

-Es un verdadero tesoro, un tesoro inestimable, pero es un tesoro de este mundo, un tesoro vulgar. También pienso que vuestra presencia es de un gran valor. Comprender el valor de este tesoro es igualmente una forma de sabiduría; no obstante, esta sabiduría no tiene profundidad; comprender que el diamante es una piedra preciosa de más valor que un trozo de vidrio es sabiduría social.

Y Bodhidharma añadió:

-La verdadera sabiduría es comprendernos a nosotros mismos.

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Temperamento

Un estudiante se quejaba en cierta ocasión ante Bankei.

– Maestro, tengo muy mal temperamento, ¿Cómo podría controlarlo?

– Tienes algo muy raro, -replicó Bankei. Déjame verlo.

– No puedo enseñarlo en este momento, -dijo el estudiante.

– ¿Cuándo podrás hacerlo?, -preguntó Bankei.

– Surge de improvisto.

– Entonces, -concluyó el maestro-, no debe ser tu propia naturaleza. Si lo fuera, podrías enseñármelo cuando quieras. No lo llevabas contigo cuando naciste, y tus padres no te lo dieron. Piensa en ello.

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La cadena de los deseos

Había una vez un picador de piedra que vivía pobremente y que soñaba en convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo, sorprendiéndose al comprobar que su sueño acababa de convertirse en realidad: era un rico mercader que nadaba en la abundancia.

Esto le hizo muy feliz, hasta que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces, expresó de nuevo en voz alta su deseo de tener más poder y riquezas, y le fue también concedido.

Al poco tiempo, cuando comprobó que, debido a su condición, se había creado muchos enemigos, sintió miedo. Un día, vio la destreza con la que un samurai manejaba sus armas y la rapidez con que se deshacía de sus enemigos, y pensó: “Si yo dominase un arte de combate con esa destreza, tendría garantizada mi seguridad y podría vivir en paz. ¡Quiero ser un respetado samurai!”. Y así fue.

No obstante, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos crecían cada vez más y eran más peligrosos. Un día, en que estaba mirando al Sol desde la ventana de su casa, pensó: «Él si que es poderoso. Nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el Sol!». Y así ocurrió.

Convertido en Sol, una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión, y pensó: “Quiero ser tan poderoso como la nube que es capaz de ocultar al Sol. ¡Quiero ser nube!.” Y también este deseo se convirtió en realidad. Pero al ver como el viento la arrastraba, se desilusionó y decidió, esta vez, ser viento, con toda su fuerza y potencia arrolladora. Y así sucedió.
Cuando se hubo convertido en viento, sopló fuertemente sobre una roca que permaneció impasible, causándole gran exasperación. “Ella si que es fuerte», pensó. «¡Quiero ser una roca!”. Convertido en roca, se sintió invencible, creyendo que no existía nada más fuerte que él en todo el Universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver a un picador de piedra que tallaba la roca y le daba la forma que quería, sin que pudiera resistirse a sus hábiles golpes.
Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala, y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que había sido en un principio.

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EL BASTÓN

Érase una vez un maestro zen al que su discípulo veneraba. Le seguía como si fuera su sombra, le aprobaba en todo, imitaba sus menores gestos y, sin él, casi ni se atrevía a respirar.

– Toshi –decía el maestro-, un día tendrás que dejarme, sacudirte el polvo de tus sandalias en mi puerta e irte por los caminos. Sólo hay un despertar personal. El zen es libertad.

Pero no había nada que hacer. El discípulo permanecía pegado a los pasos de su maestro, espiaba sus sonrisas y siempre le servía. Entonces, un día, el maestro le hizo venir para tener una conversación particular, y le dijo así:

– Toshi, es hora de que te confíe un secreto. Mira, no soy yo a quien hay que venerar, sino a mi bastón. Te habrás fijado en que durante mis paseos él siempre me precede. Él camina delante y yo le sigo dócilmente. Es mi bastón el que conoce el camino y me lo indica. En cuanto a mí, me esfuerzo en obedecerle y en parecerme a él.

A partir de aquel día, la actitud del discípulo cambió. Miraba el bastón de su maestro con un nuevo interés. Se procuró uno parecido. Al terminar el año anuncio su partida y pronto se marchó solo por los caminos…

Este relato malicioso nos hace recordar una verdad: “el zen esta justo delante de cada uno”. Si bien es necesario tener un maestro, un día hay que dejarlo. Solo hay una vía personal. “Os enseño la libertad” dice el zen.

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La Zanahoria, el huevo y el grano de café

Había una vez una hija que a menudo se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía como hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café.

Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó impacientemente, preguntándose que estaría haciendo su padre. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó la zanahorias y las puso en un tazón. Sacó los huevos y los puso en otro tazón. Sacó el café y lo puso en un tercer tazón.

Mirando a su hija le dijo: «Querida ¿qué ves?”, «Zanahorias, huevos y café»- fue su respuesta.

Entonces la hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas.

Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera… Luego de sacarle la cáscara observó que estaba duro.

Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

Humildemente la hija preguntó: «¿Qué significa esto, padre?»

Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente.

La zanahoria llegó al agua, fuerte, dura… pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.

El huevo había llegado al agua frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido…

Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua.

«¿Cuál eres tú?», le preguntó a su hija. «Cuando la adversidad llama a tu puerta ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?»

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