La Ratonera

Un ratón, mirando por un agujero en la pared, ve a un granjero y su esposa abriendo un paquete.

Sintió emoción pensando que era lo que contenía.

Quedó aterrorizado cuando descubrió que era una ratonera!!!

Fue corriendo al patio de la Granja a advertir a todos:

«Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa!!!»

La gallina, que estaba cacareando y escarbando, levanto la cabeza y dijo:
“Discúlpeme Sr. Ratón, yo entiendo que es un gran problema para usted, más no me perjudica en nada, no me incomoda”.

El ratón fue hasta el cordero y le dice:
«Hay una ratonera en la casa, una ratonera!!!» …
Discúlpeme Sr. Ratón, más no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que será recordado en mis oraciones.»

El ratón se dirigió entonces a la vaca, y la vaca le dijo:
“Pero acaso, yo estoy en peligro? pienso  que no…. es más… Estoy segura que no”.

Entonces el ratón volvió a la casa preocupado y abatido para encarar a la ratonera del granjero.

Aquella noche se oyó un gran barullo, como el de una ratonera atrapando a su víctima.
La mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado.
En la oscuridad, ella no vio que la ratonera atrapó la cola de una cobra venenosa. La cobra mordió a la mujer.

El granjero la llevó inmediatamente al hospital. Ella volvió con fiebre.

Todo el mundo sabe que para alimentar alguien con fiebre, nada mejor que una sopa.

El granjero agarró su hacha y fue a buscar el ingrediente principal:
LA GALLINA.

Como la enfermedad de la mujer continuaba, los amigos y vecinos fueron a visitarla.

Para alimentarlos, el granjero mató AL CORDERO.

Mas la mujer no mejoró y acabó muriendo.
                                
Y el granjero entonces vendió LA VACA al matadero para cubrir                                                                                                                                                                los gastos del funeral.

Así que:
La próxima vez que escuches que alguien tiene un problema y creas que como no es tuyo, no le debes prestar atención…

Piénsalo dos veces.

«El que no vive para servir, no sirve para vivir»

«Todos tomamos distintos caminos en la vida, pero no importa a dónde vayamos, tomamos un poco de cada quien.» —
Tim McGraw

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La palabra y la cosa

El célebre maestro Zoichi nació en 1202 y pasó “más allá de la tristeza” el 17 de octubre de 1280. Contribuyó a dar a conocer la Vía pronunciando numerosos sermones.

Un día dijo:

– Zazen (meditación) es la puerta que nos abre el camino de la gran Liberación.

– Maestro, ¿Porqué no es la recitación de los sutras lo que nos abre el camino de la gran Liberación?

– ¿Tienes calor al pronunciar la palabra “fuego”? ¿Tienes frío al pronunciar la palabra “fresco”? Y si repites toda tu vida “pastel de arroz” ¿cesará tu hambre?

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¿Dónde escondieron la felicidad?

Un poco antes de que la humanidad existiera, se reunieron varios duendes para hacer una travesura.
Uno de ellos dijo: «Debemos quitarles algo, pero, ¿Qué les quitamos?»

Después de mucho pensar uno dijo: «¡Ya sé!, vamos a quitarles la FELICIDAD, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar.

Propuso el primero: «Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo».

A lo que inmediatamente repuso otro: «No recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y
encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está.»

Luego propuso otro: «Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar». Y otro contestó: «No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará».

Uno más dijo: “Escondámosla en un planeta lejano a la tierra».
Y le dijeron: «No recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va  a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a
descubrir, y entonces todos tendrán felicidad”.

El último de ellos era un duende que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás duendes. Analizó cada una de ellas y entonces dijo: «Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren».
Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono: «¿Dónde?».
El duende respondió: «La esconderemos dentro de ellos mismos, así  estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”.

Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo.

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El occidental

Al llegar por fin ante la presencia del maestro, responsable del templo zen, el occidental se inclina ante él.

– ¿No será vegetariano por casualidad?

– Maestro –dice el occidental orgullosamente- tengo el placer de informaros de que no como nunca carne. No apruebo a mis conciudadanos que se alimentan de cadáveres.

Esperaba confiado una observación halagadora o al menos una sonrisa de aprobación por parte del maestro. He aquí un occidental –debía pensar- que se diferencia de sus congéneres.

Después de un tiempo de silencio, el maestro dijo solamente:

– No se aferre a ninguna manera de comer.

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Latif el más pobre y sabio

Latif era el pordiosero más pobre de la aldea. Cada noche dormía en el zaguán de una casa diferente, frente a la plaza central del pueblo.
Cada día se recostaba debajo de un árbol distinto, con la mano extendida y la mirada perdida en sus pensamientos. Cada tarde comía de la limosna o de los mendrugos que alguna persona caritativa le acercaba.
Sin embargo, a pesar de su aspecto y de la forma de pasar sus días, Latif era considerado por todos, el hombre más sabio del pueblo, quizás no tanto por su inteligencia, sino por todo aquello que había vivido.
Una mañana soleada el rey en persona apareció en la plaza. Rodeado de guardias caminaba entre los puestos de frutas y baratijas buscando nada.
Riéndose de los mercaderes y de los compradores, casi tropezó con Latif, que dormitaba a la sombra de una encina. Alguien le contó que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también frente a uno de los hombres más respetados por su sabiduría.
El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: «Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.»
Latif lo miró, casi despectivamente, y le dijo:
«Puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo? ¿Cuál es tu pregunta?”
Y el rey se sintió desafiado por la respuesta y en lugar de una pregunta banal, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.
La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió; dejó su moneda a los pies del mendigo y siguió su camino por el mercado, meditando sobre lo sucedido.
Al día siguiente el rey volvió a aparecer en el mercado. Ya no paseaba entre los mercaderes, fue directo a donde Lafit descansaba, esta vez bajo un olivar. Otra vez el rey hizo una pregunta y otra vez.
Latif la respondió rápida y sabiamente. El soberano volvió a sorprenderse de tanta lucidez. Con humildad se quitó las sandalias y se sentó en el suelo frente a Latif.
«Lafit te necesito,» le dijo. «Estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, que serás respetado y que podrás partir cuando quieras… por favor.»
Por compasión, por servicio o por sorpresa, el caso es que Latif, después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.
Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos doscientos metros de la alcoba real.
En la habitación, una tina de esencias y con agua tibia lo esperaba.
Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.
Todos los días, a la mañana y a la tarde, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.
Latif siempre contestaba con claridad y precisión.
El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey. A los tres meses de su estancia ya no había medida, decisión o fallo que el monarca no consultara con su preciado asesor.
Obviamente esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo-consultor una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses materiales. Un día todos los demás asesores pidieron audiencia con el rey. Muy circunspectos y con gravedad le dijeron.
«Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte.”
“No puede ser» dijo el rey. «No lo creo.»
«Puedes confirmarlo con tus propios ojos,» dijeron todos“. Cada tarde a eso de las cinco, Latif se escabulle del palacio hasta el ala Sur y en un cuarto oculto se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba alguna de esas tardes y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.»
El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera. Desde allí vio cómo, en efecto, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
«Lo visteis» gritaron los cortesanos, «lo visteis?
«Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.
«¿Quién es?» dijo Latif desde adentro.
«Soy yo, el rey,» dijo el soberano. «Ábreme la puerta.»
Latif abrió la puerta. No había nadie allí, salvo Latif.
Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien. Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.
«¿Estás conspirando contra mi Latif?» pregunto el rey.
«¿Cómo se te ocurre, majestad?» contesto Latif. «De ninguna forma, ¿por qué lo haría?»
«Pero vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?»
Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey:
«Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera» dijo Latif. «Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado… que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de QUIÉN SOY Y DE DÓNDE VINE»

Jorge Bucay

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Vivir como las flores

– Maestro, ¿qué debo hacer para no me moleste la manera de actuar de las personas?. Algunas hablan demasiado, otras son ignorantes. Algunas son indiferentes. Siento odio por aquellas que son mentirosas y sufro con aquellas que calumnian. 

– ¡Pues, vive como las flores!, advirtió el maestro. 

– Y ¿cómo es vivir como las flores?, preguntó el discípulo. 

– Pon atención a esas flores -continuó el maestro, señalando unos lirios que crecían en el jardín. Ellas nacen en el estiércol, sin embargo son puras y perfumadas. Extraen del abono maloliente todo aquello que les es útil y saludable, pero no permiten que lo agrio de la tierra manche la frescura de sus pétalos. 

El maestro prosiguió – Es justo angustiarse con las propias culpas, pero no es sabio permitir que los vicios de los demás te incomoden. Los defectos de ellos son de ellos y no tuyos. Y si no son tuyos, no hay motivo para molestarse… Ejercita pues, la virtud de rechazar todo el mal que viene desde afuera y perfuma la vida de los demás haciendo el bien. 

Ésto es vivir como las flores.

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La serpiente Boa

Érase una serpiente boa que vivía en estado de guerra civil. Su cola y su cabeza no se entendían.

– ¿Por qué –exclamaba la cola- yo voy siempre detrás y tú delante? ¿Por qué decides tú sola el camino que seguimos?

La cabeza despreciaba estas jeremiadas y no respondía.

Un día, hacia mediodía, vio una apetitosa rana. Quiso atraparla con un movimiento vivo. Pero la cola estaba sólidamente enrollada alrededor de un árbol, y la rana se escapó por los pelos.

– ¿Te has vuelto loca? -gruñó la cabeza.

– ¡No me moveré hasta que reconozcas mis derecho iguales y yo pueda también avanzar primero y elegir el camino!

Estuvieron discutiendo durante tres días. Intercambiaron muchos insultos y argumentos, que no voy a repetir por decencia. Resumiendo, la cabeza acabó cediendo. La cola se desenrollo, y muy contenta partió a la aventura. Pero, ¡ay!, no tenía ojos y se cayó por el primer barranco que encontró, arrastrando consigo a la cabeza. Las dos perecieron allí abajo.

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Temperamento

Un estudiante se quejaba en cierta ocasión ante Bankei.

– Maestro, tengo muy mal temperamento, ¿Cómo podría controlarlo?

– Tienes algo muy raro, -replicó Bankei. Déjame verlo.

– No puedo enseñarlo en este momento, -dijo el estudiante.

– ¿Cuándo podrás hacerlo?, -preguntó Bankei.

– Surge de improvisto.

– Entonces, -concluyó el maestro-, no debe ser tu propia naturaleza. Si lo fuera, podrías enseñármelo cuando quieras. No lo llevabas contigo cuando naciste, y tus padres no te lo dieron. Piensa en ello.

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La cadena de los deseos

Había una vez un picador de piedra que vivía pobremente y que soñaba en convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo, sorprendiéndose al comprobar que su sueño acababa de convertirse en realidad: era un rico mercader que nadaba en la abundancia.

Esto le hizo muy feliz, hasta que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces, expresó de nuevo en voz alta su deseo de tener más poder y riquezas, y le fue también concedido.

Al poco tiempo, cuando comprobó que, debido a su condición, se había creado muchos enemigos, sintió miedo. Un día, vio la destreza con la que un samurai manejaba sus armas y la rapidez con que se deshacía de sus enemigos, y pensó: “Si yo dominase un arte de combate con esa destreza, tendría garantizada mi seguridad y podría vivir en paz. ¡Quiero ser un respetado samurai!”. Y así fue.

No obstante, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos crecían cada vez más y eran más peligrosos. Un día, en que estaba mirando al Sol desde la ventana de su casa, pensó: «Él si que es poderoso. Nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el Sol!». Y así ocurrió.

Convertido en Sol, una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión, y pensó: “Quiero ser tan poderoso como la nube que es capaz de ocultar al Sol. ¡Quiero ser nube!.” Y también este deseo se convirtió en realidad. Pero al ver como el viento la arrastraba, se desilusionó y decidió, esta vez, ser viento, con toda su fuerza y potencia arrolladora. Y así sucedió.
Cuando se hubo convertido en viento, sopló fuertemente sobre una roca que permaneció impasible, causándole gran exasperación. “Ella si que es fuerte», pensó. «¡Quiero ser una roca!”. Convertido en roca, se sintió invencible, creyendo que no existía nada más fuerte que él en todo el Universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver a un picador de piedra que tallaba la roca y le daba la forma que quería, sin que pudiera resistirse a sus hábiles golpes.
Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala, y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que había sido en un principio.

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EL BASTÓN

Érase una vez un maestro zen al que su discípulo veneraba. Le seguía como si fuera su sombra, le aprobaba en todo, imitaba sus menores gestos y, sin él, casi ni se atrevía a respirar.

– Toshi –decía el maestro-, un día tendrás que dejarme, sacudirte el polvo de tus sandalias en mi puerta e irte por los caminos. Sólo hay un despertar personal. El zen es libertad.

Pero no había nada que hacer. El discípulo permanecía pegado a los pasos de su maestro, espiaba sus sonrisas y siempre le servía. Entonces, un día, el maestro le hizo venir para tener una conversación particular, y le dijo así:

– Toshi, es hora de que te confíe un secreto. Mira, no soy yo a quien hay que venerar, sino a mi bastón. Te habrás fijado en que durante mis paseos él siempre me precede. Él camina delante y yo le sigo dócilmente. Es mi bastón el que conoce el camino y me lo indica. En cuanto a mí, me esfuerzo en obedecerle y en parecerme a él.

A partir de aquel día, la actitud del discípulo cambió. Miraba el bastón de su maestro con un nuevo interés. Se procuró uno parecido. Al terminar el año anuncio su partida y pronto se marchó solo por los caminos…

Este relato malicioso nos hace recordar una verdad: “el zen esta justo delante de cada uno”. Si bien es necesario tener un maestro, un día hay que dejarlo. Solo hay una vía personal. “Os enseño la libertad” dice el zen.

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