Las 2 hachas

En un pueblecito, en medio del bosque, vivían dos hermanos junto a su madre, se dedicaban a las tareas del campo, los dos trabajaban por igual en las tierras y ayudaban a su madre en los quehaceres y en los trabajos. Pero tenían un serio y grave problema cada vez que se disponían a cortar la leña para avivar el fuego que les haría más cálido el crudo invierno.

Cada uno de ellos tenía un hacha, pero cada hacha tenía un pequeño defecto. Una tenía la hoja muy afilada pero el mango era muy débil, esto hacía que al cortar la leña, el mango se quebrara y no pudiera seguir cortando. La otra, tenía un mango muy sólido, pero la hoja del hacha estaba con el filo muy desgastado, casi romo, mellado y no podía cortar casi nada…

Ninguno de los dos podía cortar la leña por el problema de sus respectivas hachas…

Esto les creaba, enfados, frustraciones y una mala convivencia entre ellos…

Un día la madre viendo el mal humor que esto les ocasionaba, les dijo:

– Hijos, me disgusta enormemente, veros siempre enojados… no quiero que peléis más, yo tengo la solución a vuestro problema. Mirad, os propongo que hagáis lo siguiente. Cogéis el mango sólido de una hacha y la hoja afilada de la otra… y de las dos hacéis una sola hacha. De esta manera podréis cortar toda la leña que necesitemos, si compartís el hacha y os turnáis para el trabajo.-

Los hijos comprendieron el mensaje de la madre, y así lo hicieron. Desde aquel momento… desde que compartieron el hacha, pudieron cortar sin problemas toda la leña necesaria para mitigar el frío del invierno.

Seguir leyendo

Diógenes y Alejandro Magno

Diógenes, el místico griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla de un río, sobre la arena, tomando el sol desnudo. Era un hombre hermoso. Cuando el alma es hermosa, surge una belleza que no es de este mundo… Alejandro no podía creer la belleza y gracia de aquel hombre y le dijo:

-Señor -jamás había llamado “Señor” a nadie en su vida-, señor me ha impresionado enormemente su persona, además he oído hablar de su gran sabiduría. Me gustaría hacer algo por usted, ¿Qué podría hacer yo por usted? Muévete un poco hacia un lado, pues me estás tapando el sol, esto es todo, no necesito nada más -dijo Diógenes. -Si tengo una nueva oportunidad de volver a la tierra, le pediré a Dios que me convierta en Alejandro de nuevo y si esto no es posible, que me convierta en Diógenes. Diógenes se rió y dijo: -¿Quién te impide serlo ahora mismo? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos, ¿a dónde van? ¿Para qué?. -Voy a la India a conquistar el mundo entero -dijo Alejandro. -¿Y después que vas a hacer? -preguntó Diógenes. -Después voy a descansar. -Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar, ¿por qué no lo haces ahora? Y te digo más si no descansas ahora nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en el camino, en medio del viaje. Alejandro se lo agradeció y le dijo que le recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador pero no le dio tiempo de descansar antes de morir.

Seguir leyendo