Pirámide de Maslow

Y tú… ¿que necesitas? Has pensado en lo que realmente necesitas y lo que simplemente crees necesitar.
Abraham Mazlow en su obra “Una teoría sobre la motivación humana” (A Theory of Human Motivation) 1943; creo una jerarquía de necesidades y defiende que conforme las necesidades se van satisfaciendo, los seres humanos crean nuevas necesidades, mas elevadas.
Mazlow divide su pirámide en 5 partes que son:

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la entrega

Si quieres obtener el máximo beneficio de cualquier situación, tienes que estar totalmente comprometido. Esto te dará la llave: Bodhidharma se iluminó en la India y buscó un discípulo, pero no pudo hallar ninguno. Entonces tuvo que ir a China… El tenía la llave. Estaba envejeciendo y no podía encontrar un sucesor adecuado… Durante nueve años esperó en una cueva, solamente esperó… mirando la pared. Estaba creando una gran fuerza magnética. Estaba intentando llamar a aquél que sería capaz de seguir adelante con su tradición. Y había dicho: `Cuando llegue la persona adecuada, sólo entonces la enfrentaré. De no ser así, continuaré mirando mi pared`. Entonces, un día llegó la persona adecuada. Se paró detrás de él… Este hombre, que había llegado, no dijo nada. Sólo esperó, esperó pacientemente… y se encontraron dos silencios. Y luego, al día siguiente, temprano por la mañana, el recién llegado cortó de raíz una de sus manos, se la presentó a Bodhidharma y dijo:  `Vuélvete hacia mí o lo próximo que cortaré será mi cabeza!` Bodhidharma se volvió inmediatamente. Tenía que volverse. Durante nueve años no había mirado a nadie. Dijo: `Entonces, has venido… porque un discípulo es sólo aquel que está dispuesto a entregar su cabeza.

Estos son relatos simbólicos. La mano significa: `Te doy mi acción a ti, úsame`. La mano significa: `Estoy listo para convertirme en tu mensajero. Llevaré cualquier cosa que desees llevar. Me darás cualquier cosa que hayas venido a darme`. La mano sencillamente significa: `Mi acción, a partir de este momento, es tuya. No seré un hacedor por mi propia cuenta. Ahora solamente haré lo que tú me digas. Esta es mi mano`. No se trata de que haya realmente cortado su mano de raíz. Eso habría sido estúpido. Y luego dijo: `Vuélvete hacia mí o cortaré mi cabeza!… ésto es entrega. Bodhidharma se volvió, miró al interior de los ojos de este hombre, y la clave fue transferida. No se habló una sola palabra, no era necesario. Se convirtió en el sucesor. El Zen ha permanecido como una tradición viva. La Sabiduría de las Arenas
Vol. 2, pp. 148-150

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Una situación tensa

Un día mientras caminaba a través de la selva un hombre se topó con un feroz tigre. Corrió pero pronto llegó al borde de un acantilado. Desesperado por salvarse, bajó por una parra y quedó colgando sobre el fatal precipicio. Mientras el estaba ahí colgado, dos ratones aparecieron por un agujero en al acantilado y empezaron a roer la parra. De pronto, vio un racimo de frutillas en la parra. Las arrancó y se las llevó a la boca. ¡Estaban increíblemente deliciosas!

Debemos aprender a ver siempre la oportunidad en los momentos más difíciles y disfrutar hasta el último momento

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La felicidad escondida

La felicidad escondida Un poco antes de que la humanidad existiera, se reunieron varios duendes, para hacer una travesura. Uno de ellos dijo: – Debemos quitarles algo a los seres humanos, pero, ¿qué?

Después de mucho pensar, uno dijo:

– ¡Ya sé! Vamos a quitarles la felicidad. El problema es dónde esconderla para que no puedan encontrarla.

Propuso el primero:

– Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.

– No, recuerda que tienen fuerza; alguno podría subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán dónde está -replicó otro.

Se escuchó una nueva propuesta:

– Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar.

Otro señaló:

– No, no olvides que son curiosos, alguno podría construir un aparato para bajar, y entonces la encontrarán.

– Escondámosla en un planeta bien lejano de la Tierra -propuso otro.

– No -le dijeron. Recuerda que les dieron inteligencia, y un día alguno va a construir una nave para viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad.

El duende más veterano, que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas, dijo:

– Creo saber dónde ponerla para que nunca la encuentren.

Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:

– ¿Dónde?

– La esconderemos dentro de ellos mismos; estarán tan ocupados buscándola afuera que nunca la encontrarán.

Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la lleva consigo.

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Sabiduría de los idiotas

Se cuenta que un faquir que quería aprender sin esfuerzo, abandonó después de un tiempo el círculo del sheik Shah Gwath Shattar. Cuando Shattar se estaba despidiendo de él, el faquir dijo:  -¡Tienes fama de poder enseñar toda la sabiduría en un abrir y cerrar de ojos y, sin embargo, pretendes que yo pase mucho tiempo contigo! -Todavía no has aprendido a aprender cómo aprender; pero descubrirás lo que quiero decir -dijo el sufí. Aunque el faquir había anunciado su marcha, se deslizaba a hurtadillas en la tekkia todas las noches para escuchar lo que decía el sheik. No mucho tiempo después, una noche, vio cómo Shah Gwath sacaba una joya de un cofre de metal tallado. Sostuvo la joya sobre las cabezas de sus discípulos diciendo:

-Este es el receptáculo de mi conocimiento, y no es otro que el Talismán de la Iluminación. -Así que éste es el secreto del poder del sheik -pensó el faquir-. Avanzada la noche, entró en la sala de meditación y robó el talismán. Pero en sus manos la joya, por mucho que lo intentó, no producía ni poder, ni secretos. Se llevó una amarga decepción. Se estableció como maestro y consiguió discípulos. Con la ayuda del talismán, intentó una y otra vez iluminarse a sí mismo y a sus discípulos, pero sin resultado alguno. Un día estaba sentado en su santuario, después de que sus discípulos se hubieran acostado, concentrado en sus problemas, cuando Shattar apareció ante él. -¡Oh, faquir! -dijo Shah Gwath-, siempre puedes robar algo, pero no siempre puedes conseguir que funcione. Podrás robar incluso el conocimiento, pero tal vez te resulte inútil, como le pasó al ladrón que robó la cuchilla del barbero, que estaba fabricada con el conocimiento del forjador, pero que carecía del conocimiento del barbero. El ladrón se estableció como barbero y murió en la miseria porque no fue capaz de afeitar ni una barba, pero, sin embargo, sí cortó varias gargantas. -Pero yo tengo el talismán, y tú no -dijo el faquir. -Sí, tú tienes el talismán, pero yo soy Shattar -dijo el sufí-, yo, con mis facultades, puedo hacer otro talismán; tú, con el talismán, no puedes convertirte en Shattar. -¿Entonces, por qué has venido?, ¿sólo para torturarme? -gritó el faquir. -Vengo para decirte que si no hubieras sido tan ingenuo como para pensar que tener una cosa es lo mismo que poder ser transformado por ella, habrías estado preparado para aprender cómo aprender. Pero el faquir pensó que el sufí sólo estaba tratando de recuperar su talismán, y como no estaba preparado para aprender cómo aprender, decidió continuar con sus experimentos. Sus discípulos continuaron haciéndolo, y sus seguidores, y los seguidores de sus seguidores. De hecho, los rituales que se originaron en sus incansables experimentaciones, constituyen hoy en día la esencia de su religión. Nadie podría imaginar, tan santificadas están por el tiempo estas prácticas, que su origen se encuentra en los hechos que acabamos de relatar. A los ancianos practicantes de esta fe, además, se les tiene por tan venerables e infalibles, que estas creencias nunca morirán.

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El padre o el mosquito

Érase una vez un hombre honrado y su hijo un poco ingenuo. El hijo era muy honesto y muy respetuoso hacia su padre, siempre lo seguía por todas partes. Un día de verano, en la montaña cuando los dos dormían sobre la hierba del bosque, un mosquito fue a posarse sobre la cabeza del padre. El hijo se despertó. Era muy amable con su padre. Por eso cogió un bastón y golpeó al mosquito. El mosquito se fue volando, pero su padre se quedó muerto.

Se odia al enemigo. El enemigo huye y el padre muere. Esto es parecido a admirarse a sí mismo y hacer pedazos a los demás.

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Tarjeta de presentación

Keichu, el gran maestro Zen de Meiji, era director de una catedral en Kyoto. Un día el gobernador de Kyoto llegó por primera vez a visitarlo. Su asistente le llevó la tarjeta del gobernador que decía, “Kitagaki, Gobernador de Kyoto”. -No tengo ningún asunto con este señor -le dijo Keichu a su asistente-. Dígale que se vaya de aquí. El asistente regresó la tarjeta al gobernador con sus disculpas. -Fue mi error, -dijo el gobernador, y con un lápiz tachó las palabras Gobernador de Kyoto-. Solicítale a tu maestro de nuevo mi presencia -le dijo-. -¿Ah es Kitagaki? -exclamo el maestro cuando vio la tarjeta-, quiero verlo de inmediato.

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Aprender a pensar

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente.

Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.

En este punto le pregunte a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?. Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: “Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo”.

En este momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de física en 1922, mas conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR. Por cierto, para los escépticos, esta historia es absolutamente verídica

Aprendamos a pensar, hay mil soluciones para un mismo problema, pero lo realmente interesante, lo auténticamente genial es elegir la solución más practica y rápida, de forma que podamos acabar con el problema de raíz…y dedicarnos a solucionar OTROS problemas.

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