La tórtola y la lechuza

Una tórtola y una lechuza habían hecho una excelente amistad. Cierta mañana, cuando la tórtola fue a visitar a la lechuza, la encontró empaquetando sus cosas con ánimo de marcharse.

-Te marchas?- Preguntó la tórtola, sorprendida.

La lechuza respondió afirmativamente.

-Y a dónde vas?-

-Lo más lejos que pueda- contestó la lechuza. -Trataré de ir hacia el este; en cualquier caso, muy lejos-.

-Pero… por qué amiga mía? Te ocurre algo para que estés tan deprimida?-

-Claro que si. Te diré que me voy. A la gente de por aquí no le gusta nada mi chillido. Unos se ríen de mí; otros me insultan; muchos me desprecian y me amenazan. ¡HO! sí, me iré muy lejos!-

Pero la tórtola, tras pensárselo unos instantes, dijo:

-Quiero que reflexiones conmigo, compañera. Si tienes capacidad para cambiar tu chillido, vete; me parece bien. ¡Adelante! Pero si no puedes hacerlo, entonces qué conseguirás? La gente del este, o de donde fuere, también se sentirá disgustada por el sonido que emites y se comportará igual que la de aquí. Pero para mayores males, habrás viajado inútilmente y, además, es probable que hayas de enfrentarte a grandes dificultades-.

-Como no puedes cambiar tu voz, tienes que cambiar tu visión y tu actitud ante los necios que no te aceptan-.

Seguir leyendo

La caldera de este mundo

Los deseos de este mundo son como una caldera y los temores de aquí abajo son como un baño. Los hombres piadosos viven por encima de la caldera en la indigencia y en la alegría. Los ricos son los que aportan excrementos para alimentar el fuego de la caldera, de modo que el baño esté bien caliente. Dios les ha dado la avidez.

Pero abandona tú la caldera y entra en el baño. Se reconoce a los del baño por su cara, que es pura. Pero el polvo, el humo y la suciedad son los signos de los que prefieren la caldera.

Si allí no ves suficientemente bien como para reconocerlos por su rostro, reconócelos por el olor. Los que trabajan en la caldera se dicen: “Hoy, he traído veinte sacos de boñiga de vaca para alimentar la caldera.”

Estos excrementos alimentan un fuego destinado al hombre puro y el oro es como esos excrementos.

El que pasa su vida en la caldera no conoce el olor del almizcle. Y si, por azar, lo percibe, se pone enfermo.

Seguir leyendo

Frases de Jim Henson

James Maury “Jim” Henson nació en Greenville, Misisipi el 24 de septiembre de 1936 y falleció en Nueva York el 16 de mayo de 1990 fue un titiritero y productor televisivo estadounidense, conocido por ser el creador de The Muppets.

Henson participó en varios programas de televisión, incluyendo Sesame Street y The Muppet Show, y en películas como The Muppet Movie, The Great Muppet Caper, The Dark Crystal y Labyrinth. Estuvo nominado a un premio Óscar y ganó los premios BAFTA y Emmy. Para desarrollar sus proyectos, Henson fundó diferentes compañías, como The Jim Henson Company, The Jim Henson Foundation y The Jim Henson’s Creature Shop.

Todos vivimos en un mundo de fantasía e imaginación cuando somos niños, y para algunos de nosotros ese mundo de fantasía continúa cuando crecemos

El arte de los títeres comprende muchas formas diferentes de operar los que son a mano y las marionetas, junto con las personas disfrazadas de negro. Hay muchísimas técnicas diferentes, y siento que podemos usarlas todas.

La gente más sofisticada que conozco son los niños.

Las cosas no desaparecen, simplemente cambian, y cambian, y cambian de nuevo.

La vida es como una película, escribir su propio final. Sigue creyendo, seguir fingiendo.

Había un pequeño espectáculo de la tarde que se llamaba la tarde. En aquellos días en la televisión, las estaciones más locales tenían un espectáculo de medio día para las amas de casa que había una serie de cosas. Era como un espectáculo de variedades para el mediodía.

Cuando The Muppet Show terminó, todos nos sentamos alrededor y dijo: ¿Qué tipo de programa de televisión nos gustaría que hiciera. Sentimos la necesidad en estos días son para la programación de algunos niños de calidad.

Sí, prácticamente tenía una forma y una forma para ese momento – un estilo – y creo que una de las ventajas de no tener ninguna relación con cualquier otro titiritero fue que me dio una razón para poner todo esto junto a mí mismo por las necesidades de televisión.

Cuando yo era joven, mi ambición era ser una de las personas que han hecho una diferencia en este mundo. Mi esperanza es dejar el mundo un poco mejor por haber estado allí.

Seguir leyendo

La fruta en el cielo

Había una vez una mujer que había oído hablar de la Fruta del Cielo y la codiciaba. Entonces le preguntó a cierto derviche, a quien llamaremos Sabar:

“¿Cómo puedo encontrar esta fruta, para conseguir el conocimiento de forma inmediata?”

“Harías mejor en estudiar conmigo”, dijo el derviche. “Si no lo haces, tendrás que viajar con determinación y sin descanso por todo el mundo.”

La mujer lo abandonó y buscó a otro derviche, Arif el Sabio; y después encontró a Hakim, el Docto; luego a Majzub, el Loco; más tarde, a Alim, el Científico, y muchos más…

Pasó treinta años buscando, al cabo de los cuales llegó a un jardín. Allí se encontraba el Árbol del Cielo, de cuyas ramas pendía la resplandeciente Fruta del Cielo.

De pie junto al Árbol estaba Sabar, el primer derviche.

“¿Por qué cuando nos encontramos por primera vez no me dijiste que tú eras el Guardián de la Fruta del Cielo?”, le preguntó.

“Porque en aquel momento no me habrías creído. Además, el Árbol sólo produce fruta una vez cada treinta años y treinta días.”

Seguir leyendo

Una rosa en el desierto

A menudo la voz apacible del maestro espiritual quebraba el silencio perfecto del amanecer, para exhortar a sus discípulos diciéndoles:

-Queridos discípulos míos, nada hay tan hermoso, tan bello, ni tan provechoso como el amor incondicional. No hay sabiduría más fecunda, no hay saber más sublime, no hay brillo más intenso que el amor incondicional.

Y así día tras día, semana tras semana, el maestro insistía para que sus discípulos se ejercitasen en el amor incondicional.

-Hay muchas clases de amor- declaraba, -pero sólo una merece ser considerada como tal y es, queridos míos, el amor incondicional.

Los discípulos le escuchaban, pero albergaban dudas en cuanto a esa enseñanza. Amor incondicional? A qué tipo de amor se refería el venerable maestro?- Se preguntaban entre ellos.

El maestro continuaba diciendo: -Todos estamos sometidos a la ley inexorable del sufrimiento, pero nada hay más precioso ni más transformador que el amor incondicional- decía… -Ejercitaos en el mismo sin descanso. No olvidéis nunca mis palabras. Si amáis incondicionalmente, estáis vivos; si no, es como si estuvierais muertos.

Un día, de rosado amanecer, un discípulo dijo:

-Pero maestro, nos hablas mucho del amor incondicional, mas nos dices poco sobre él… El resto de los discípulos se identificaban con el comentario del que así se había expresado.

-Vaya, vaya,- repuso el maestro.-Todo hay que explicarlo… El amor incondicional es para ser vivido y no, para que digamos palabras sobre él.

Mirad, mañana os presentaréis a mí con una rosa y saldremos de excursión…

Al día siguiente los discípulos acudieron junto al maestro antes de despuntar el día. Llevaban la rosa con ellos.

-Daremos un largo paseo- dijo el maestro.

Partieron todos… Caminaron durante horas, hasta que finalmente llegaron a un paraje desértico. No había nada más que cielo y arena.

-Colocad la rosa en estar tierras desertizadas, por nadie holladas… por nadie frecuentadas.

Uno de los discípulos fijó la rosa en la arena.

-Sentémonos y reflexionemos unos instantes-.

Se sentaron todos alrededor del maestro. El Sol iba trepando lentamente por el firmamento y el calor comenzaba a ser sofocante.

-Ahora nos iremos- dijo el maestro, -pero permitidme haceros algunas preguntas:

Creéis que, aunque no haya nadie para oler la rosa, ésta seguirá exhalando su aroma?

-Hasta que se marchite… Continuará exhibiendo su esplendor, incluso aunque nadie haya para apreciarlo?

-En la investigación de estas preguntas, hallaréis muchas respuestas.

Los discípulos se quedaron satisfechos. Habían comprendido.

La rosa quedó exhalando su aroma en las solitarias planicies desérticas, y maestro y discípulos regresaron al monasterio.

Son muchos los que dicen amar, pero muy pocos los que aman incondicionalmente…

El que disfruta de esta clase de amor se convierte él mismo en el primer beneficiario.

El que ama así irradia una atmósfera de bienestar, de sosiego, de paz, de contento y plenitud…

Seguir leyendo

De la vida

¡Ay del que llega sediento

a ver el agua correr

y dice: La sed que siento

no me la calma el beber!

¡Ay de quien bebe, y, saciada

la sed, desprecia la vida:

moneda de tahúr prestada,

que sea al azar rendida!

Del iluso que suspira

bajo el orden soberano,

y del que sueña la lira

pitagórica en su mano.

¡Ay del noble peregrino

que se para a meditar,

después de largo camino,

en el horror de llegar!

¡Ay de la melancolía

de un corazón de zarzuela!

¡Ay de nuestro ruiseñor,

si en una noche serena

se cura del mal de amor

que llora y canta su pena!

¡De los jardines secretos,

de los pensiles soñados

y de los sueños poblados

de propósitos discretos!

¡Ay del galán de fortuna

que ronda a la luna bella,

de cuantos caen de la luna,

de cuantos se manchan de ella!

¡De quien el fruto prendido

en la mano no alcanzó,

de quien el fruto ha mordido

y el gusto amargo probó!

¡Y de nuestro amor primero

y de su fe mal pagada,

y, también, del verdadero

amante de nuestra amada!

(Antonio Machado)

Seguir leyendo

Abandonar la cólera

Un día, alguien preguntó a Jesús:

“¡Oh, profeta! ¿Cuál es la cosa más terrible en este mundo?”

Jesús respondió:

“¡La cólera de Dios, pues incluso el infierno teme esta cólera!”

El que había hecho la pregunta dijo entonces: “¿Existe algún medio para evitar la cólera de Dios?”

Jesús respondió: “¡Sí! ¡Hay que abandonar la propia cólera! Pues los hombres malvados son como pozos de cólera. Así es como se convierten en dragones salvajes.”

Es imposible que este mundo ignore los atributos contrarios. Lo importante es protegerse de las desviaciones. En este mundo, la orina existe. Y la orina no podrá convertirse en agua pura sin cambiar de atributos.

Seguir leyendo

60 Razones para meterse en arquitectura

  1. Porque dormir más es vivir menos
  2. Porque el látigo y la cera caliente en el pecho ya me aburrían
  3. Porque he escuchado todos mis cd´s en una noxe
  4. Porque he escuchado el mismo cd 80 veces en una noxe
  5. Porque sé modular, seccionar y explosionar lo q tenga por delante
  6. Porque puedo ver espacio donde tú sólo ves vacio
  7. Porque la vida son 4 días y a mi me sobran 3
  8. Por no tirar el compas semi-profesional de la comunión
  9. Porque me dí un golpe en la cabeza y ví tantas estrellas, que pensé que tenía visión espacial.
  10. Porque no sabía qué hacer con mi tiempo libre
  11. Porque el que vale, vale, y el que no pa ADE
  12. Porque era la primera carrera en el librito informativo
  13. ¿Pero esto no va por la letra del DNI?
  14. porque cuando me fui a matricular ponía: Licenciado, Diplomado o Arquitecto
  15. Porque yo decidiré dónde vivirás
  16. Porque la arquitectura es un gran hermano q siempre te rodea
  17. Porque… porque… ¿¿¿¡¡¡PORQUÉ!!!??? PORQUÉEEEE??? Eso me pregunto yo a todas horas…
  18. Porque una vez leí que palmas a las 72 horas sin dormir… necesitaba comprobarlo…
  19. Porque no quería desperdiciar 8h de cada día de mi vida durmiendo
  20. Me encanta estar en el bar, las fiestas de la uni… y sólo en esta carrera puedo estar haciendo esto hasta los 40
  21. Porque aquí sí que hay mujeres/hombres guapas/os
  22. Porque tenemos 3 semanas de vacaciones cuando todos están de exámenes
  23. Porque me mola eso de tener 5 ó 6 horas de examen y que aún te falte tiempo
  24. porque me encanta cenar cuando veo amanecer
  25. Porque el red bull es adictivo
  26. porque mi madre me quiere en casa
  27. porque era joven e inexperto y no sabia donde me metía
  28. Porque quería aprender a utilizar el rotring! Antes de atreverme con el ordenador!
  29. Porque me cansé de aprobar
  30. porque me molan los ataques de nervios y vivir al borde del suicidio.
  31. Por amor al arte
  32. Porque me encanta usar las enormes carpetas como armas “aparta-gente” en los autobuses
  33. Porque las pobres papelerías no podrían sobrevivir sin nosotros
  34. Porque soy masoquista
  35. Porque de algo hay que morir, y como no fumo…
  36. Porque un croquis vale mas q mil palabras
  37. Porque no deberian de dejar firmar preinscripciones cuando vas borracho y tus amigos te dicen “¡¡Te faltan huevos a meterte a Arquitectura!!”
  38. porque me van las preguntas de 5 puntos y 3 folios.
  39. Porque yo crearé tu mundo
  40. porque fue una revelación y me sabía mal no hacerle caso
  41. porque me encanta pasar horas y horas rayando a 45º y luego ver el mismo 4 de siempre estampado en mi lamina
  42. ¡¡¿ARQUITECTURA?!!, ¿xo esto no es turismo?…ya decia yo q trabajaba demasiado
  43. Siempre he estado enamorado de Rodrigo Almonacid Canseco,Arquitecto,…. de ahi mi insistencia en no abandonar su curso
  44. Porque llevar gafas es d modernos y rayar durante 3 horas contribuye a ello
  45. porque dudaba entre esto o la legión y me dan miedo las cabras
  46. Porque quería inventar una paranoia que ni los psicólogos pudiesen encontrar solución
  47. Porque sé calcular el centro de gravedad y el eje de giro de cualquier cosa que se caiga a mi alrededor
  48. Yo escuche que se hacian muchas rayas, y a mi la coca me pierde
  49. Para tener batallitas que contarles a mis nietos
  50. Porque quería saber si mis dientes son un empotramiento sin armaduras
  51. porque es una carrera estupenda e incomparable, ¿esto lo leen los profesores?
  52. Porque[sapigueu que sóc capullo]mmmm…..¿por qué?….oops, creo q tengo un problema, no tiene ningún porqué lógico, mierda!
  53. Porque el memo de mi cuñado es Arquitecto Técnico
  54. Quería ser como Ricardito Bofill
  55. Porque no tenia vida social antes de entrar, así que me he ahorrado perderla ahora
  56. Porque siempre he sido aficionada al material de papelería y así obligo a mis padres a pagármelo
  57. porque me sentia raro raro raro y me busque una carrera para paranoicos
  58. Porque se lo dices a la gente y con cara de pena te dicen “Uuffffffffff, esa carrera es dura, no?”
  59. porque IMPOSSIBLE IS NOTHING
  60. porque…no se…algo bueno tiene, pero… es difícil de explicar.
Seguir leyendo

El predicador

Había un predicador que, cada vez que se ponía a rezar no dejaba de elogiar a los bandidos y desearles toda la felicidad posible. Elevaba las manos al cielo diciendo: “¡Oh, Señor: ofrece tu misericordia a los calumniadores, a los rebeldes, a los corazones endurecidos, a los que se burlan de la gente de bien y a los idólatras!”

Así terminaba su arenga, sin desear el menor bien a los hombres justos y puros. Un día, sus oyentes le dijeron:

“No es costumbre rezar así! Todos estos buenos deseos dirigidos a los malvados no serán escuchados.”

Pero él replicó:

“Yo debo mucho a esa gente de la que habláis y por esa razón ruego por ellos. Me han torturado tanto y me han causado tanto daño que me han guiado hacia el bien. Cada vez que me he sentido atraído por las cosas de este mundo, me han maltratado. Y todos esos malos tratos son la causa por la que me he vuelto hacia la fe.”

Seguir leyendo

La hermosa sirvienta

Erase una vez un sultán, dueño de la fe y del mundo. Habiendo salido de caza, se alejó de su palacio y, en su camino, se cruzó con una joven esclava. En un instante él mismo se convirtió en esclávo. Compró a aquella sirvienta y la condujo a su palacio para decorar su dormitorio con aquella belleza. Pero, enseguida, la sirvienta cayó enferma.

¡Siempre pasa lo mismo! Se encuentra la cántara, pero no hay agua. Y cuando se encuentra agua, ¡la cántara está rota! Cuando se encuentra un asno, es imposible encontrar una silla. Cuando por fin se encuentra la silla, el asno ha sido devorado por el lobo.

El sultán reunió a todos sus médicos y les dijo:

“Estoy triste, sólo ella podrá poner remedio a mi pena. Aquel de vosotros que logre curar al alma de mi alma, podrá participar de mis tesoros.”

Los médicos le respondieron:

“Te prometemos hacer lo necesario. Cada uno de nosotros es como el mesías de este mundo. Conocemos el bálsamo que conviene a las heridas del corazón.”

Al decir esto, los médicos habían menospreciado la voluntad divina. Pues olvidar decir “¡Insh Allah!” hace al hombre impotente. Los médicos ensayaron numerosas terapias, pero ninguna fue eficaz. La hermosa sirvienta se desmejoraba cada día un poco más y las lágrimas del sultán se transformaban en arroyo.

Todos los remedios ensayados daban el resultado inverso del efecto previsto. El sultán, al comprobar la impotencia de sus médicos, se trasladó a la mezquita. Se prosternó ante el Mihrab e inundó el suelo con sus lágrimas. Dio gracias a Dios y le dijo:

“Tú has atendido siempre a mis necesidades y yo he cometido el error de dirigirme a alguien distinto a ti. ¡Perdóname!”

Esta sincera plegaria hizo desbordarse el océano de los favores divinos, y el sultán, con los ojos llenos de lágrimas, cayó en un profundo sueño. En su sueño, vio a un anciano que le decía:

“¡Oh, sultán! ¡Tus ruegos han sido escuchados! Mañana recibirás la visita de un extranjero. Es un hombre justo y digno de confíanza. Es también un buen médico. Hay sabiduría en sus remedios y su sabiduría procede del poder de Dios.”

Al despertar, el sultán se sintió colmado de alegría y se instaló en su ventana para esperar el momento en el que se realizaría su sueño. Pronto vio llegar a un hombre deslumbrante como el sol en la sombra.

Era, desde luego, el rostro con el que había soñado. Acogió al extranjero como a un visir y dos océanos de amor se reunieron. El anfitrión y su huésped se hicieron amigos y el sultán dijo:

“Mi verdadera amada eras tú y no esta sirvienta. En este bajo mundo, hay que acometer una empresa para que se realice otra. ¡Soy tu servidor!”

Se abrazaron y el sultán añadió:

“¡La belleza de tu rostro es una respuesta a cualquier pregunta!”

Mientras le contaba su historia, acompañó al sabio anciano junto a la sirvienta enferma. El anciano observó su tez, le tomó el pulso y descubrió todos los síntomas de la enfermedad. Después, dijo:

“Los médicos que te han cuidado no han hecho sino agravar tu estado, pues no han estudiado tu corazón.”

No tardó en descubrir la causa de la enfermedad, pero no dijo una palabra de ella. Los males del corazón son tan evidentes como los de la vesícula. Cuando la leña arde, se percibe. Y nuestro médico comprendió rápidamente que no era el cuerpo de la sirvienta el afectado, sino su corazón.

Pero, cualquiera que sea el medio por el cual se intenta describir el estado de un enamorado, se encuentra uno tan desprovisto de palabras como si fuera mudo. ¡Sí! Nuestra lengua es muy hábil en hacer comentarios, pero el amor sin comentarios es aún más hermoso. En su ambición por describir el amor la razón se encuentra como un asno tendido cuan largo es sobre el lodo. Pues el testigo del sol es el mismo sol.

El sabio anciano pidió al sultán que hiciera salir a todos los ocupantes del palacio, extraños o amigos.

“Quiero, dijo, que nadie pueda escuchar a las puertas, pues tengo unas preguntas que hacer a la enferma.”

La sirvienta y el anciano se quedaron, pues, solos en el palacio del sultán. El anciano empezó entonces a interrogarla con mucha dulzura:

“¿De dónde vienes? Tú no debes ignorar que cada región tiene métodos curativos propios. ¿Te quedan parientes en tu país? ¿Vecinos? ¿Gente a la que amas?”

Y, mientras le hacía preguntas sobre su pasado, seguía tomándole el pulso.

Si alguien se ha clavado una espina en el pie lo apoya en su rodilla e intenta sacársela por todos los medios. Si una espina en el pie causa tanto sufrimiento, ¡qué decir de una espina en el corazón! Si llega a clavarse una espina bajo la cola de un asno, éste se pone a rebuznar creyendo que sus voces van a quitarle la espina, cuando lo que hace falta es un hombre inteligente que lo alivie.

Así nuestro competente médico prestaba gran atención al pulso de la enferma en cada una de las preguntas que le hacía. Le preguntó cuáles eran las ciudades en las que había estado al dejar su país, cuáles eran las personas con quienes vivía y comía. El pulso permaneció invariable hasta el momento en que mencionó la ciudad de Samarkanda. Comprobó una repentina aceleración. Las mejillas de la enferma, que hasta entonces eran muy pálidas, empezaron a ruborizarse. La sirvienta le reveló entonces que la causa de sus tormentos era un joyero de Samarkanda que vivía en su barrio cuando ella había estado en aquella ciudad.

El médico le dijo entonces:

“No te inquietes más, he comprendido la razón de tu enfermedad y tengo lo que necesitas para curarte. ¡Que tu corazón enfermo recobre la alegría! Pero no reveles a nadie tu secreto, ni siquiera al sultán.”

Después fue a reunirse con el sultán, le expuso la situación y le dijo:

“Es preciso que hagamos venir a esa persona, que la invites personalmente. No hay duda de que estará encantado con tal invitación, sobre todo si le envías como regalo unos vestidos adornados con oro y plata.”

El sultán se apresuró a enviar a algunos de sus servidores como mensajeros ante el joyero de Samarkanda. Cuando llegaron a su destino, fueron a ver al joyero y le dijeron:

“¡Oh, hombre de talento! ¡Tu nombre es célebre en todas partes! Y nuestro sultán desea confiarte el puesto de joyero de su palacio. Te envía unos vestidos, oro y plata. Si vienes, serás su protegido.”

A la vista de los presentes que se le hacían, el joyero, sin sombra de duda, tomó el camino del palacio con el corazón henchido de gozo. Dejó su país, abandonando a sus hijos, y a su familia, soñando con riquezas. Pero el ángel de la muerte le decía al oído:

“¡Vaya! ¿Crees acaso poder llevarte al más allá aquello con lo que sueñas?”

A su llegada, el joyero fue presentado al sultán. Este lo honró mucho y le confió la custodia de todos sus tesoros. El anciano médico pidió entonces al sultán que uniera al joyero con la hermosa sirvienta para que el fuego de su nostalgia se apagase por el agua de la unión.

Durante seis meses, el joyero y la hermosa sirvienta vivieron en el placer y en el gozo. La enferma sanaba y se volvía cada vez más hermosa.

Un día, el médico preparó una cocción para que el joyero enfermase. Y, bajo el efecto de su enfermedad, este último perdió toda su belleza. Sus mejillas palidecieron y el corazón de la hermosa sirvienta se enfrió en su relación con él. Su amor por él disminuyó así hasta desaparecer completamente.

Cuando el amor depende de los colores o de los perfumes, no es amor es una vergüenza. Sus más hermosas plumas, para el pavo real, son enemigas. El zorro que va desprevenido pierde la vida a causa de su cola. El elefante pierde la suya por un poco de marfil.

El joyero decía:

“Un cazador ha hecho correr mi sangre, como si yo fuese una gacela y él quisiera apoderarse de mi almizcle. Que el que ha hecho eso no crea que no me vengaré.”

Rindió el alma y la sirvienta quedó libre de los tormentos del amor. Pero el amor a lo efímero no es amor.

Seguir leyendo