No puedo vivir sin mi

La primera cosa que se nos ocurre hacer con alguien que queremos es cuidarlo, ocuparnos de él, escucharlo, procurarle las cosas que le gustan, ocuparnos de que disfrute de la vida y regalarle lo que más quiere en el mundo, llevarle a los lugares que más le agradan, facilitarle las cosas que le dan trabajo, ofrecerle comodidad y comprensión. Cuando el otro nos quiere hace exactamente lo mismo.

Ahora me pregunto:
¿Porqué no hacer estas cosas con nosotros mismos?

Sería bueno que yo me cuidara, que me escuchara a mi mismo, que me ocupara de darme algunos gustos, de hacerme las cosas más fáciles, de regalarme las cosas que me gustan, de buscar comodidad en los lugares donde estoy, de escucharme y comprenderme. De tratarme como trato a los que más quiero.

Pero, claro, si mi manera de demostrar mi amor es quedarme a merced del otro, compartir las peores cosas juntos y ofrecerle mi vida en sacrificio, seguramente, mi manera de relacionarme conmigo será complicarme la vida desde que me levanto hasta que me acuesto.

El mundo actual golpea a la puerta para avisarnos que este modelo que cargaba mi abuela (la vida es nacer, sufrir y morir) no solo es mentira, sino que además está malintencionado (les hace el juego a unos comerciantes de almas).

Si hay alguien que debería estar conmigo todo el tiempo, soy yo.Y para poder estar conmigo debo empezar por aceptarme tal como soy. Debo replantear posturas.Porque frente a alguna característica de mí que no me guste hay siempre dos caminos para resolver el problema.
El primero que es el clásico: intentar cambiar.
El segundo es tratar de no detestar esa característica, y permitir que, por sí misma esa condición se modifique.
Para cambiar algo el camino realmente comienza cuando dejo de oponerme.

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DOS NÚMEROS MENOS JORGE BUCAY

El hombre entra en la zapatería, un vendedor amable se le acerca:

—¿En qué lo puedo servir, señor?

—Quisiera un par de zapatos negros como los de la vidriera.

—Cómo no, señor. A ver, a ver… el número que busca…

debe ser… 41, ¿verdad?

—No, quiero un 39, por favor.

—Disculpe, señor, hace veinte años que trabajo en esto y el número suyo debe ser 41, quizás 40, pero… ¿39?

—39 por favor.

—Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?

—Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos 39..El vendedor saca de un cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir pies y con satisfacción, proclama:

—¿Vio? Como yo decía: ¡41!

—Dígame ¿quién va a pagar los zapatos usted o yo?

—Usted.

—Bien, entonces ¿me trae un 39?

El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos número 39. En el camino se da cuenta de lo que pasa: los zapatos no son para él, seguramente son para hacer un regalo.

—Señor, aquí los tiene: 39 negros.

—¿Me da un calzador?

—¿Se los va a poner?

—Sí. Claro.

—Son… ¿para usted?

—¡Sí! ¿Me trae el calzador?

El calzador era imprescindible para conseguir hacer entrar ESE pie en ESE zapato. Después de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato. Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos, con dificultad, sobre la alfombra.

—Está bien. Los llevo.

El vendedor siente dolor en sus propios pies de sólo imaginar los dedos aplastados dentro del 39.

—¿Se los envuelvo?

—No, gracias. Los llevo puestos.

El cliente sale del negocio y camina, como puede, las tres cuadras que lo separan de su trabajo.

El hombre trabaja de cajero (¡!) en un banco. A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas parado dentro de esos zapatos, su cara está desencajada, tiene las conjuntivas inyectadas y lágrimas caen copiosamente de sus ojos.

Su compañero, de la caja de al lado, lo ha estado mirando toda la tarde y está preocupado por él:

—¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?

—No. Son los zapatos..—¿Qué pasa con los zapatos?

—Me aprietan.

—¿Qué pasó? ¿Se mojaron?

—No, son dos números más chicos que mi pie…

—¿De quién son?

—Míos.

—No entiendo. ¿No te duelen los pies?

—Me matan, los pies.

—¿Y entonces?

—Te explico –dice, tragando saliva—. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones, en realidad, en los últimos tiempos tengo muy pocos momentos agradables.

—¿Y?

—Yo me mato con estos zapatos. Sufro como un hijo de puta, es verdad… Pero dentro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los saque… ¿Te imaginas el placer?… Qué placer, loco… ¡Qué placer!

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ALGUNOS PROVERBIOS DE SABIDURÍA JUDAICA, ORGANIZADOS POR ARNALDO NISKIER

Dientes: si no puedes morder, es mejor no mostrar los dientes.

Aprender: aprendí mucho con mis maestros, más con mis compañeros, y más todavía con mis alumnos.

Águila: un águila no caza moscas.

Bendición: las bendiciones son bendiciones para aquel que bendice, y las maldiciones son maldiciones para aquel que maldice.

Contenido: no mires la jarra sino lo que ésta contiene. Hay jarras nuevas que contienen vino viejo y delicioso, y hay jarras viejas que ni siquiera contienen vino nuevo.

Elogio: cuando uno vive lo bastante, es acusado de cosas que nunca hizo y elogiado por virtudes que nunca tuvo.

Generación: bienaventurada la generación en la cual lo grande aprende de lo pequeño.

Honra: no es el lugar el que honra al hombre, sino el hombre quien honra al lugar.

Calumnia: la lengua que calumnia mata a tres personas al mismo tiempo: a aquel que profiere la calumnia, a aquel que la escucha, y a aquella persona de la cual se habla.

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LA IMPORTANCIA DE SABER LOS NOMBRES

Zilu le preguntó a Confucio:

– Si el rey Wen lo llamase para gobernar el país, ¿qué es lo que haría primero?
– Aprender los nombres de mis asesores.
– ¡Qué tontería! ¿Es ésta la preocupación de un primer ministro?
– Un hombre nunca puede recibir ayuda de lo que no conoce -respondió Confucio. -Si él no entiende a la Naturaleza, no comprenderá a Dios. De la misma manera, si no sabe quién está de su lado, no tendrá amigos. Sin amigos, no puede establecer ningún plan. Sin un plan, no es capaz de dirigir a nadie. Sin dirección, un país se sume en las tinieblas, y ni los danzarines pueden decidir con cuál pie van a dar el siguiente paso.

Entonces, una precaución aparentemente banal -saber el nombre de quién va a estar a tu lado- puede hacer una diferencia gigantesca. El mal de nuestro tiempo es que todo el mundo quiere arreglar las cosas por sí solo, y nadie se da cuenta de que se necesita mucha gente para lograr eso”.

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LLUEVE MÁS ADELANTE

Luchar contra ciertas cosas que sólo se solucionan con el tiempo es desperdiciar energías. He aquí una cortísima historia china que ilustra bien lo que quiero decir:
En medio del campo, comenzó a llover. Las personas corrían en busca de abrigo, excepto un hombre, que continuaba caminando lentamente.
¿Por qué no corre usted? -le preguntó alguien.

Porque más adelante también está lloviendo -fue su respuesta.

– Por que corremos de nuestros problemas en vez de afrontarlos?

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La comparación

Para recordarte que eres necesario. Nadie es más elevado y nadie es más bajo, nadie es superior y nadie es inferior. Todo encaja con todo. Un samurai, un guerrero muy orgulloso, cierto día fue a ver a un Maestro Zen. El samurai era muy famoso, pero mirando al Maestro, mirando la belleza del Maestro y la gracia del momento, de pronto se sintió inferior.

Le dijo al Maestro: `¿Por qué me siento inferior? Sólo un momento atrás todo estaba bien. Al entrar en tu sala, súbitamente me sentí inferior. Nunca antes sentí algo así. He enfrentado la muerte muchas veces y nunca he sentido temor alguno, ¿por qué me siento ahora atemorizado?`. El Maestro le dijo: `Espera. Cuando todos se hayan ido, te contestaré`. Todo el día la gente continuó llegando para ver al Maestro y el samurai comenzó a sentirse cada vez más cansado con la espera. Para la tarde, la habitación estaba vacía, y el samurai dijo: `¿Puedes ahora responderme?`. El Maestro le dijo: `Ven afuera`. Era una noche de luna llena, la luna se asomaba en el horizonte y él dijo: `Mira estos árboles. Este árbol que se eleva hasta el cielo y este pequeño a su lado. Ambos han existido por años junto a mi ventana y nunca ha habido ningún problema. El árbol más pequeño nunca le ha dicho al grande `¿por qué me siento inferior a ti?`. Este árbol es pequeño y aquél es grande, ¿por qué es que jamás he escuchado ningún murmullo al respecto? El samurai dijo: `Porque no pueden compararse`. El Maestro replicó: `Entonces no necesitas preguntarme. Conoces la respuesta`. Cuando no comparas, toda inferioridad y toda superioridad desaparecen. Luego eres, simplemente estás allí. Un pequeño arbusto o un árbol alto y grande, no tiene importancia, eres tú mismo. Se necesita una brizna de pasto tanto como la más grande de las estrellas. El sonido de un cucú es tan necesario como cualquier Buda. El mundo sería menos rico si desapareciera el cucú. Sólo mira a tu alrededor. Todo es necesario y todo encaja con todo. Es una unidad orgánica; nadie es más alto y nadie es más bajo; nadie es superior y nadie es inferior. Cada uno es incomparablemente único. Tú eres necesario. Si no puedes sentir esto en mi presencia, ¿dónde lo sentirás? Todos los días me inclino ante ti sólo para recordarte que eres perfecto, que no careces de nada, que ya estás allí. No es necesario hacer un solo paso, todo está como debería. Esto es conciencia religiosa. El Sol Sale por la Tarde
pp. 130-131

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