«¡Sólo toma un minuto cambiar tu vida!» Willie Jolley.

«Amigos, el tiempo no espera a nadie. Sigue adelante y sigue así. No se detiene para nada ni para nadie. No importa cuánto dinero tienes, cuánto poder tienes, o cuanto prestifio – el tiempo sigue su rumbo; por lo tanto, tienes que respetarlo y usarlo sabiamente, porque al tiempo no le importa quién eres. El tiempo es el gran ecualizador. Desde su punto de vista, todos somos iguales. Le da los mismos dividendos a los ricos y los pobres, a los poderosos y a los débiles, a los grandes y a los pequeños. Todo el mundo tiene la misma cantidad de tiempo, veinticuatro horas por día, ni un minuto más. La clave del éxito no es el tiempo que tienes. La clave es lo que haces con el tiempo con el tiempo que tienes. ¿Cómo utilizas tu tiempo? ¿Lo usas sabiamente, o desperdicias tus preciosos minutos? ¿Llenas tu vida con desperdicio de tiempo, o llenas tu tiempo construyendo tu vida? Tu éxito o tu fracaso dependen de cómo utilizas tu tiempo. Este se mueve…¿Y tú?

Cada minuto es precioso porque no se puede reemplazar. Una vez que se ha gastado el día, no podemos cambiar el tiempo que ha pasado. Cada día es una unidad de tiempo individual y no puede ser revivido. Una vez que se va, se acaba, entonces lo debemos usar sabiamente, porque no tenemos garantía de cuánto tiempo tenemos en esta tierra.

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Poema numero 20 (xx) (Pablo Neruda)

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: » La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos». El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

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Dos califas justos

Hubo una vez un califa en Bagdad que deseaba sobre todas las cosas ser un soberano justo. Indagó entre los cortesanos y sus súbditos y todos aseguraron que no existía califa más justo que él.

-¿Se expresarán así por temor? -se preguntó el califa. Entonces se dedicó a recorrer las ciudades disfrazado de pastor y jamás escuchó la menor murmuración contra él.

Y sucedió que también el califa de Ranchipur sentía los mismos temores y
realizó las mismas averiguaciones, sin encontrar a nadie que criticase su justicia.

-Puede que me alaben por temor -se dijo-. Tendré que indagar lejos de mi reino.

Quiso el destino que los lujosos carruajes de ambos califas fueran a encontrarse en un estrecho camino.

-¡Paso al califa de Bagdad! -pidió el visir de éste.

-¡Paso al califa de Ranchipur! -exigió el del segundo.

Como ninguno quisiera ceder, los visires de los dos soberanos trataron de encontrar una fórmula para salir del paso.

-Demos preferencia al de más edad -acordaron. Pero los califas tenían los mismos años, igual amplitud de posesiones e idénticos ejércitos. Para zanjar la cuestión, el visir del califa de Bagdad preguntó al otro:

-¿Cómo es de justo tu amo?

-Con los buenos es bondadoso -replicó el visir de Ranchipur-, justo con los que aman la justicia e inflexible con los duros de corazón.

-Pues mi amo es suave con los inflexibles, bondadoso con los malos, con los injustos es justo, y con los buenos aún más bondadoso -replicó el otro visir.

Oyendo esto el califa de Ranchipur, ordenó a su cochero apartarse humildemente, porque el de Bagdad era más digno de cruzar el primero, especialmente por la lección que le había dado de lo que era la verdadera justicia.

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