La rueda del tiempo

En la India dos hombres caminaban por el campo. El más anciano dijo: Estoy cansado. Por favor, ve a buscar un poco de agua en los pozos que se ven al otro lado del arrozal. Te espero a la sombra de estos árboles. 

El joven cruzó el campo y en el pozo se encontró con una muchacha que estaba sacando agua. Se sintió atraido por ella y suavemente le preguntó su nombre. Ella le contestó con una sonrisa. Algo más tarde él le propuso llevarle la varija hasta el pueblo. Ella aceptó. Ya en la aldea fue invitado a comer en casa de la joven. Conoció a toda la familia y acabó pidiendo la mano de la chica. Se la concedieron. 

Tras la boda trabajó como campesino, tuvo hijos y los educó. Uno murió de enfermedad. Sus suegros también fallecieron y se convirtió en el cabeza de familia. Su hijo mayor se casó y partió. Su mujer, con el pelo ya cano, murió algo después. 

El la lloró, porque la había amado mucho. Días más tarde una inundación devastó el valle. Fue arrastrado como sus vecinos por un torbellino de agua fangosa. Luchó para sujetar a su hijo menor, que se ahogaba ante sus ojos. 

De repente, sin saber por qué, se acordó de su amigo, el anciano que le había pedido agua. Al instante se encontró en tierra seca, cruzando un campo, con una jarra en la mano. Regresó junto al anciano, que estaba adormecido bajo un árbol. Algo en el aire, que se había vuelto puro y ligero, parecía indicarle al joven que se hallaba en el mismísimo umbral del gran misterio de Vishnú, el dios que mantiene los mundos en su sitio.
El anciano se despertó y le dijo:

– El sol ya se está poniendo. Tardaste mucho. Estaba a punto de ir a buscarte.

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La farmacia de Nasrudin

Nasrudín estaba sin trabajo y preguntó a algunos amigos a qué profesión podía dedicarse. Ellos le dijeron: – Bueno, Nasrudín, tú eres muy capaz y sabes mucho sobre las propiedades medicinales de las hierbas. Podrías abrir una farmacia.

Se fue a casa, pensó en ello y dijo: – Sí, es una buena idea, creo que soy capaz de ser farmacéutico. Claro que Nasrudín estaba pasando por uno de esos momentos en los que deseaba ser muy prominente y muy importante: – No voy a abrir solamente un herbolario o una farmacia que se ocupe de hierbas, voy a abrir algo enorme y a producir un impacto significativo.

Compró una tienda, instaló las estanterías y vitrinas, y cuando llegó el momento de pintar el exterior colocó un andamio, lo cubrió con sábanas y trabajó detrás de él. No le dejó ver a nadie qué nombre le iba a poner a la farmacia, ni cómo estaba pintando el exterior.

Después de varios días, distribuyó folletos que decían: «La gran inauguración es mañana a las nueve». Todas las personas del pueblo y de los pueblos de los alrededores vinieron y se quedaron de pie esperando frente a la nueva tienda. A las nueve en punto salió Nasrudín, y con gesto teatral quitó la sábana que cubría la fachada de la tienda, y había allí un enorme cartel que decía:

«FARMACIA CÓSMICA Y GALÁCTICA DE NASRUDÍN», y debajo, con letras más pequeñas: «Armonizada con influencias planetarias».

Muchas personas quedaron muy impresionadas, y él hizo muy buenos negocios ese día. Por la tarde, el maestro de la escuela local fue y le dijo: – Francamente, Nasrudín, esas afirmaciones que usted hace son un poco dudosas. – No, no, – dijo Nasrudín -. Todas las afirmaciones que hago acerca de influencias planetarias son absolutamente ciertas: cuando el sol se levanta, abro la farmacia y cuando el sol se pone, la cierro.

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El pintor

El monarca de un lejano reino de las montañas llamó al mejor pintor que existía y le preguntó:

– ¿Cuáles son las cosas más difíciles de pintar?

El pintor, sin dudado, aseveró:

– Los perros, los caballos y otras criaturas.

Extrañado, el rey preguntó:

– Entonces, ¿cuáles son las más fáciles?

– Los fantasmas, los monstruos y cosas similares – repuso el pintor, riendo.

Intrigado, el rey preguntó la causa y el artista repuso:

– No hay nadie que no sepa cómo es un perro o un caballo, pero en cambio nadie ha visto monstruos ni fantasmas, por lo que uno los puede representar como quiera.

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Moisés y las tres injusticias

El Midrash cuenta que un día Moisés estaba en el desierto, descansando detrás de unos arbustos, cerca de un oasis. De repente vio llegar un viajero que se asomó a la fuente para tomar agua y al agacharse se le cayó su bolso de dinero. No se dio cuenta y siguió su camino.

Al rato llega otra persona a tomar agua. Encuentra el dinero, se lo lleva y se va.

Llega una tercera persona a tomar agua y se acuesta a descansar en la sombra de los árboles.

Mientras tanto el primero se da cuenta que había perdido su dinero y vuelve al oasis a buscarlo. No lo encuentra y acusa al hombre que estaba descansando. El hombre negó haberlo encontrado. El primero no le cree, se enoja y lo mata.

Moisés levanta sus ojos al cielo y dice: ¡Amo del universo! ¿Dónde está la justicia?

D-os le responde: Te voy a explicar el tema esta única vez.

El dinero que el primero perdió no era suyo. Lo había heredado de su padre quien, a su vez, lo había robado.

El segundo fue a quien el padre del primero le había robado. Hoy le devolví lo suyo.

¿Y el tercero?

El tercero fue el asesino del padre del primero. El hijo hizo la justicia, sin saberlo.

Vemos de esta historia que realmente no podemos juzgar la justicia únicamente en base a  lo que nuestros ojos ven. Está en nosotros aceptar o no la justicia suprema e infalible del Creador del Universo, aún sin entenderla.

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Si pudieras asomarte

si pudieras asomarte: si esto de lo que te hablo fuera algo material, tangible -por lo menos localizable- no dudaría ni un segundo en abrirme el pecho, la espalda, el cuello y decirte mira: esto es lo que pasa, esto es lo que siento, lo que sé, de esto te estoy hablando. 

en cambio tengo que sentarme por horas a buscar una palabra que diga más que todas, a ensayar los espacios y la puntuación que resulte clara. entonces “amor”, “casualidad”, “destino” van perdiendo fuerza si comparten oración con tu nombre o tu mirada. no existe una palabra lo suficientemente bella para describir la Belleza. así las cosas, resulta que te me enredas.

tendría que hacerte escuchar algunas canciones, leerte las líneas que nos dedicaron personas que, esta vez, no conocimos. llevarte a ese lugar donde la luz, al rozarte, te bendice. dejarnos atrapar por ciertas pinturas, por ciertos colores. tendría que hacerte recordar de dónde venimos.

si pudiera yo asomarme en ti, te sanaría. yo sé tu Nombre Verdadero, y aunque tú lo hayas olvidado, todo tu cuerpo está gritando el mío.

Autor: Edel Juárez

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Frases de Fidel Castro

Fidel Alejandro Castro Ruz​ fue un abogado, militar, político y revolucionario marxista cubano. Fue mandatario de su país como primer ministro (1959-1976) y presidente (1976-2008) después de su victoria en la revolución cubana contra la dictadura de Fulgencio Batista.

La Revolución no es la obra de un día ni de un año; es obra para siempre en lo adelante. Es una obra eterna, en la cual el actor fundamental es el pueblo, los trabajadores.

Si salimos, llegamos; si llegamos, entramos; si entramos, triunfamos». 1956, México, antes de zarpar en el yate Granma.

«No he sido nunca ni soy comunista, si lo fuese tendría valor suficiente para proclamarlo». Mayo 1958.

No soy eterno. De repente, uno descubre que casi todo quedó por detrás y que la vida tiene sus límites. 

¡Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!

Ni los muertos pueden descansar en un país oprimido.

El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.

No he sido nunca ni soy comunista. Si lo fuese, tendría valor suficiente para proclamarlo.

No tengo ni un átomo de arrepentimiento de lo que hemos hecho en nuestro país.

Revolución y educación son una sola cosa.

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Frases de Ian Fleming creador de James Bond

Ian Lancaster Fleming (Londres, 28 de mayo de 1908-Canterbury, 12 de agosto de 1964) fue un escritor, periodista y oficial de inteligencia británico, conocido por ser el creador de la serie de novelas de espías protagonizadas por James Bond.

Señor Bond; en Chicago tienen un proverbio: «Una vez es casualidad; dos, coincidencia; y la tercera vez… una acción hostil».

¿Qué vamos a hacer? -preguntó con ansiedad-. ¿De qué va todo esto? -Nos quieren liquidar -respondió Bond con calma-. Así que debemos mantenernos con vida.

En mi profesión -dijo-, cuando me tropiezo con un hombre como ése, tengo otra divisa: «vive y deja morir».

Se sentó al lado en el asiento que había dejado y observó a los suburbios de Filadelfia, en sus sombrías llagas y extraños rincones.

Cuando las posibilidades no están a favor, haz que lo estén.

En el contexto de esta etapa luminosa y brillante, se puso de pie en el sol y sintió que su misión de ser incongruente y remoto y oscuro de su profesional atentaba con la de sus compañeros.

Si uno fracasa en las cosas importantes, es porque no tiene grandes ambiciones. La concentración, el interés; eso es lo que importa. Las aptitudes aparecen, las herramientas se forjan por sí solas.

Pero soy voraz con la vida. Hago demasiado de todo durante todo el tiempo. De repente, un día me fallará el corazón. El Cangrejo de Hierro me llevará como se llevó a mi padre. Pero yo no le tengo miedo al cangrejo. Al menos habré muerto de una enfermedad honorable. Tal vez, en mi lápida, inscriban: Este hombre murió a fuerza de vivir demasiado.

Pero ¿Qué podría hacer provechoso aquí, sin ninguna espía hermosa a la que hacer el amor?

En mi profesión -dijo-, cuando me tropiezo con un hombre como ése, tengo otra divisa: «vive y deja morir».

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Las flores del mar – José Emilio Pacheco

Danza sobre las olas, vuelo flotante,
ductilidad, perfección, acorde absoluto
con el ritmo de las mareas,
la insondable música
que nace allá en el fondo y es retenida
en el santuario de las caracolas.

La medusa no oculta nada,
más bien despliega
su dicha de estar viva por un instante.
Parece la disponible, la acogedora
que sólo busca la fecundación,
no el placer ni el famoso amor,
para sentir: ­Ya cumplí,
ya ha pasado todo.
Puedo morir tranquila en la arena
donde me arrojarán las olas que no perdonan.

Medusa, flor del mar. La comparan
con la que petrifica a quien se atreve a mirarla.
Medusa blanca como la X’Tabay de los mayas
y la Desconocida que sale al paso y acecha
desde el Eclesiastés al pobre deseo.

Flores del mar y el mal las Medusas.
Cuando eres niño te advierten:
Limítate a contemplarlas.
Si las tocas, las espectrales
te dejarán su quemadura,
la marca a fuego, el estigma
de quien codicia lo prohibido.

Quizá dijiste en silencio:
Pretendo asir la marea,
acariciar lo imposible.

Nunca lo harás: las medusas
no son de nadie celestial o terrestre.
Son de la mar que no es ni mujer ni prójimo.

Son peces de la nada, plantas del viento,
quizá espejismos,
gasas de espuma ponzoñosa

En Veracruz las llaman aguas malas.

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El tigre, William Blake

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?

¿Y que hombro y qué arte,
podrían retorcer la nervadura de tu corazón
Y cuando tu corazón comenzó a latir
¿Qué formidable mano, qué formidables pies?

¿Qué martillo, qué cadena?
¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Osó idear tu terrible simetría?

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La culpa es de la vaca

Se estaba promoviendo la exportación de artículos colombianos de cuero a Estados Unidos, y un investigador de la firma Monitor decidió entrevistar a los representantes de dos mil almacenes en Colombia. La conclusión de la encuesta fue determinante: los precios de tales productos son altos, y la calidad muy baja.

El investigador se dirigió entonces a los fabricantes para preguntarles sobre esta conclusión. Recibió esta respuesta: no es culpa nuestra; las curtiembres tienen una tarifa arancelaria de protección de quince por ciento para impedir la entrada de cueros argentinos.

A continuación, le preguntó a los propietarios de las curtiembres, y ellos contestaron: no es culpa nuestra; el problema radica en los mataderos, porque sacan cueros de mala calidad. Como la venta de carne les reporta mayores ganancias con menor esfuerzo, los cueros les importan muy poco.

Entonces el investigador, armado de toda su paciencia, se fue a un matadero. Allí le dijeron: no es culpa nuestra; el problema es que los ganaderos gastan muy poco en venenos contra las garrapatas y además marcan por todas partes a las reses para evitar que se las roben, prácticas que destruyen los cueros.

Finalmente, el investigador decidió visitar a los ganaderos. Ellos también dijeron: no es culpa nuestra; esas estúpidas vacas se restriegan contra los alambres de púas para aliviarse de las picaduras.

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