Nasrudín y los dulces

La fiesta reunió a todos los discípulos de Nasrudín. Durante muchas horas comieron y bebieron, y conversaron sobre el origen de las estrellas. Cuando era ya casi de madrugada, todos se prepararon para volver a sus casas. Quedaba un apetecible plato de dulces sobre la mesa. Nasrudín obligó a sus discípulos a comérselos. Uno de ellos, no obstante, se negó. -El maestro nos está poniendo a prueba -dijo-, quiere ver si conseguimos controlar nuestros deseos. -Estás equivocado -respondió Nasrudin-, la mejor manera de dominar un deseo es verlo satisfecho. Prefiero que os quedéis con el dulceen el estómago, que es su verdadero lugar, que en el pensamiento, que debe ser usado para cosas más nobles.

La opinión de los demas

Un viejo y un joven viajaban con un asno. Al llegar a la aldea caminando junto al animal, los niños de la escuela rieron al verlos pasar diciendo: -Mira esos tontos, tienen un asno robusto y van caminando, por lo menos el viejo podría montarse en él. Al escuchar a los niños, los hombres pensaron que deberían de seguir el consejo, pues pronto llegarían a otra población y la gente se volvería a reír de ellos. Así pues, el viejo se montó en el burro y el joven caminó detrás. Entonces encontraron un grupo de gente que los miro y dijo: -¡Mirad! El hombre viejo montado en el burro y el pobre muchacho caminando. Así que cambiaron puestos, el hombre viejo camino y el joven montó en el burro. Entonces otro grupo de gente se acercó y dijo: -¡Mira que muchacho más arrogante! Quizás el viejo es su padre o su maestro, y va caminando mientras el joven va montado en el burro. Esto es contrario a toda norma. Ahora, ¿qué podían hacer? Ambos decidieron probar la única posibilidad restante: sentarse los dos en el burro. Así que montaron ambos en él. Entonces otro grupo se acercó y dijo: -¡Mirad qué gente tan violenta! El pobre burro está casi muerto, mejor sería que lo cargaran ellos en sus hombros. Así que otra vez lo discutieron y decidieron llevar al burro en hombros, pues de otra manera la gente de la aldea vecina los llamaría tontos. Por lo tanto, cortaron un bambú, colgaron al burro de las patas y lo cargaron. El pobre animal trato de rebelarse -como cualquier burro lo haría- y trato de escapar, pues no era un fanático de la sociedad, no creía en la opinión de los otros. Pero los dos hombres estaban empeñados y lo forzaron, así que el burro se doblegó. Precisamente cruzaron el puente para llegar a la aldea cuando una multitud se reunió en derredor suyo y exclamó: -¡Mirad a esos tontos! Jamás existieron idiotas semejantes, en vez de montar el burro lo llevan a cuestas. ¿Se habrán vuelto locos? El burro mientras tanto se puso inquieto, tan inquieto que saltó y se cayó desde el puente al rió, matándose enseguida. Ambos bajaron al rió y junto al animal muerto el hombre viejo habló al muchacho, pues ésta no es una historia ordinaria, el viejo era un maestro Sufí, y el joven su discípulo El viejo dijo: -Mira, así como el burro, tú estarás muerto si escuchas demasiado la opinión de los demás. No te preocupes de los demás, pues ellos son muchos y tienen su propia mente, por lo que dirán siempre cosas diferentes. Si continúas escuchando a otros y no escuchas tu propio centro intimo, serás llevado de un lado para otro. Escucha tu voz interior, siéntela y muévete de acuerdo a ella.

Tres viejos de largas barbas

Una mujer salió de su casa y vio a tres viejos de largas barbas sentados frente a su jardín. -No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor entren a mi casa para que coman algo. Ellos preguntaron: -¿Está el hombre de la casa? -No -respondió ella-, no está. -Entonces no podemos entrar -dijeron ellos. Al atardecer, cuando el marido llego, ella le contó lo sucedido. – Entonces diles que ya llegué e invítalos a pasar. La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa. -No podemos entrar a una casa los tres juntos -explicaron los viejitos. -¿Por que? –quiso saber ella. Uno de los hombres apuntó hacia otro de sus amigos y explico: -Su nombre es Riqueza, -luego indicó hacia el otro- su nombre es Éxito y yo me llamo Amor. Ahora ve adentro y decidan a cual de nosotros tres ustedes desean invitar a vuestra casa. La mujer entró a su casa y le contó a su marido lo que ellos le dijeron. El hombre se puso feliz: -¡Qué bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a Riqueza, dejemos que entre y llene nuestra casa de riqueza. Su esposa no estuvo de acuerdo: -Querido, ¿por qué no invitamos a Éxito? La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo con una idea: -¿No seria mejor invitar a Amor? Nuestro hogar entonces estaría lleno de amor. -Hagamos caso del consejo de nuestra hija -dijo el esposo a su mujer-. Ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped. La esposa salió afuera y les pregunto a los tres viejos: – ¿Cual de ustedes es Amor? Por favor que venga para que sea nuestro invitado. Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y lo siguieron. Sorprendida, la dama les preguntó a Riqueza y Éxito: -Yo solo invite a Amor, ¿por que ustedes también vienen? Los viejos respondieron juntos: -Si hubieras invitado a Riqueza o Éxito, los otros dos habrían permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde sea que él vaya, nosotros vamos con él. Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito. Si verdaderamente sigues tu corazón, el resto llegará por añadidura.

El náufrago en la isla desierta

El único sobreviviente de un naufragio llegó a una desabitada isla. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado y cada día divisaba el horizonte en busca de una ayuda que no llegaba. Cansado optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los elementos y guardar sus pocas pertenencias. Entonces un día, tras merodear por la isla, en busca de alimento regresó a la cabaña para encontrarla envuelta en llamas con una gran columna de humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había ocurrido; lo había perdido todo y se encontraba en un estado de desesperación y rabia. -¡Oh Dios!, ¿cómo puedes hacerme esto?, -se lamentaba. Sin embargo al amanecer del día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a salvarlo. -¿Cómo supieron que estaba aquí?, -preguntó el cansado hombre a sus salvadores. -Vimos su señal de humo, -contestaron ellos. Es muy fácil descorazonarse cuando las cosas marchan mal. Recuerda que cuando tu cabaña se vuelva humo, puede ser la señal de que la ayuda está en camino.

Confucio y el niño precoz

Confucio viajaba con sus discípulos cuando supo que en una aldea vivía un niño muy inteligente. Fue hasta allí para conocerlo y hablando en broma le preguntó: -¿Qué tal si me ayudaras a acabar con las desigualdades? -¿Por qué acabar con las desigualdades?, -dijo el niño-, si aplanáramos las montañas, los pájaros ya no tendrían refugio, si acabáramos con la profundidad de los ríos y de los mares, todos los peces morirían, si el jefe de la aldea tuviera la misma autoridad que el loco nadie se entendería. El mundo es muy basto, déjalo con sus diferencias. Los discípulos salieron de allí impresionados por la sabiduría del chico y siguiendo su camino hacia otra ciudad, comentó uno de ellos, que todos los niños deberían ser así. -He conocido a muchas criaturas precoces que en vez de estar jugando o haciendo cosas propias de su edad procuraban entender el mundo -dijo Confucio-, y ninguna de ellas consiguió hacer nada importante, porque jamás experimentaron la inocencia y la sana irresponsabilidad de la infancia.

El reflejo de la vida

Había una vez un anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo a la entrada de un pueblo. Un día pasó un joven se acercó y le preguntó lo siguiente: -Nunca he venido por estos lugares, ¿cómo son la gente de esta ciudad? El anciano le respondió con otra pregunta: -¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes? -Egoístas y malvados, por eso estoy contento de haber salido de allá. -Así son los habitantes de esta ciudad, -le respondió el anciano. Un poco después, pasó otro joven, se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta: -Voy llegando a este lugar, ¿cómo son los habitantes de esta ciudad? El anciano le respondió de nuevo con la misma pregunta: -¿Cómo son los habitantes de la ciudad de donde vienes? -Eran buenos y generosos, hospitalarios, honestos y trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos. -También los habitantes de esta ciudad son así, -respondió el anciano. Un hombre que había llevado sus animales a beber agua al pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó le dijo al anciano: -¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta realizadas por dos personas? -Mira -respondió el anciano-, cada persona lleva el universo en su corazón. Quien no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio, aquel que tenía amigos en su ciudad, también aquí encontrará amigos fieles y leales. Porque las personas son lo que encuentran en sí misma, encuentran siempre lo que esperan encontrar.

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