La serpiente Boa

Érase una serpiente boa que vivía en estado de guerra civil. Su cola y su cabeza no se entendían.

– ¿Por qué –exclamaba la cola- yo voy siempre detrás y tú delante? ¿Por qué decides tú sola el camino que seguimos?

La cabeza despreciaba estas jeremiadas y no respondía.

Un día, hacia mediodía, vio una apetitosa rana. Quiso atraparla con un movimiento vivo. Pero la cola estaba sólidamente enrollada alrededor de un árbol, y la rana se escapó por los pelos.

– ¿Te has vuelto loca? -gruñó la cabeza.

– ¡No me moveré hasta que reconozcas mis derecho iguales y yo pueda también avanzar primero y elegir el camino!

Estuvieron discutiendo durante tres días. Intercambiaron muchos insultos y argumentos, que no voy a repetir por decencia. Resumiendo, la cabeza acabó cediendo. La cola se desenrollo, y muy contenta partió a la aventura. Pero, ¡ay!, no tenía ojos y se cayó por el primer barranco que encontró, arrastrando consigo a la cabeza. Las dos perecieron allí abajo.

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Temperamento

Un estudiante se quejaba en cierta ocasión ante Bankei.

– Maestro, tengo muy mal temperamento, ¿Cómo podría controlarlo?

– Tienes algo muy raro, -replicó Bankei. Déjame verlo.

– No puedo enseñarlo en este momento, -dijo el estudiante.

– ¿Cuándo podrás hacerlo?, -preguntó Bankei.

– Surge de improvisto.

– Entonces, -concluyó el maestro-, no debe ser tu propia naturaleza. Si lo fuera, podrías enseñármelo cuando quieras. No lo llevabas contigo cuando naciste, y tus padres no te lo dieron. Piensa en ello.

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La cadena de los deseos

Había una vez un picador de piedra que vivía pobremente y que soñaba en convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo, sorprendiéndose al comprobar que su sueño acababa de convertirse en realidad: era un rico mercader que nadaba en la abundancia.

Esto le hizo muy feliz, hasta que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces, expresó de nuevo en voz alta su deseo de tener más poder y riquezas, y le fue también concedido.

Al poco tiempo, cuando comprobó que, debido a su condición, se había creado muchos enemigos, sintió miedo. Un día, vio la destreza con la que un samurai manejaba sus armas y la rapidez con que se deshacía de sus enemigos, y pensó: “Si yo dominase un arte de combate con esa destreza, tendría garantizada mi seguridad y podría vivir en paz. ¡Quiero ser un respetado samurai!”. Y así fue.

No obstante, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos crecían cada vez más y eran más peligrosos. Un día, en que estaba mirando al Sol desde la ventana de su casa, pensó: «Él si que es poderoso. Nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el Sol!». Y así ocurrió.

Convertido en Sol, una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión, y pensó: “Quiero ser tan poderoso como la nube que es capaz de ocultar al Sol. ¡Quiero ser nube!.” Y también este deseo se convirtió en realidad. Pero al ver como el viento la arrastraba, se desilusionó y decidió, esta vez, ser viento, con toda su fuerza y potencia arrolladora. Y así sucedió.
Cuando se hubo convertido en viento, sopló fuertemente sobre una roca que permaneció impasible, causándole gran exasperación. “Ella si que es fuerte», pensó. «¡Quiero ser una roca!”. Convertido en roca, se sintió invencible, creyendo que no existía nada más fuerte que él en todo el Universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver a un picador de piedra que tallaba la roca y le daba la forma que quería, sin que pudiera resistirse a sus hábiles golpes.
Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala, y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que había sido en un principio.

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EL BASTÓN

Érase una vez un maestro zen al que su discípulo veneraba. Le seguía como si fuera su sombra, le aprobaba en todo, imitaba sus menores gestos y, sin él, casi ni se atrevía a respirar.

– Toshi –decía el maestro-, un día tendrás que dejarme, sacudirte el polvo de tus sandalias en mi puerta e irte por los caminos. Sólo hay un despertar personal. El zen es libertad.

Pero no había nada que hacer. El discípulo permanecía pegado a los pasos de su maestro, espiaba sus sonrisas y siempre le servía. Entonces, un día, el maestro le hizo venir para tener una conversación particular, y le dijo así:

– Toshi, es hora de que te confíe un secreto. Mira, no soy yo a quien hay que venerar, sino a mi bastón. Te habrás fijado en que durante mis paseos él siempre me precede. Él camina delante y yo le sigo dócilmente. Es mi bastón el que conoce el camino y me lo indica. En cuanto a mí, me esfuerzo en obedecerle y en parecerme a él.

A partir de aquel día, la actitud del discípulo cambió. Miraba el bastón de su maestro con un nuevo interés. Se procuró uno parecido. Al terminar el año anuncio su partida y pronto se marchó solo por los caminos…

Este relato malicioso nos hace recordar una verdad: “el zen esta justo delante de cada uno”. Si bien es necesario tener un maestro, un día hay que dejarlo. Solo hay una vía personal. “Os enseño la libertad” dice el zen.

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La apuesta del viejo guerrero

El señor Naoshige declaró un día a Shimomura Shoun, uno de sus más viejos samurais:
– La fuerza y el vigor del joven Katsuchige son admirables para su edad. Cuando lucha con sus compañeros vence incluso a los mayores que él.
– A pesar de que ya no soy joven estoy ddispuesto a apostar que no conseguirá vencerme – afirmó el anciano Shoun. Para Naoshige fue un placer organizar el encuentro que tuvo lugar esa misma noche en el patio del castillo, en medio de un gran número de samurais. Estos estaban impacientes por ver lo que le iba a suceder al viejo farsante de Shoun.
Desde el comienzo del encuentro, el joven y poderoso Katsushige se precipitó sobre su frágil adversario agarrándolo firmemente, decidido a hacerlo picadillo. Shoun estuvo a punto de caer varias veces al suelo y de rodar en el polvo. Sin embargo, ante la sorpresa general, cada vez se restableció en el último momento. El joven, exasperado, intentó dejarle caer de nuevo poniendo toda su fuerza en el empeño, pero esta vez, Shoun aprovechó hábilmente su movimiento y fue él quien desequilibró a Katsushige arrojándolo al suelo.
Después de ayudar a su adversario semi-inconsciente a levantarse, se acercó al señor Naoshige y le dijo:
– Sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse públicamente de sus defectos.

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La Zanahoria, el huevo y el grano de café

Había una vez una hija que a menudo se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía como hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café.

Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó impacientemente, preguntándose que estaría haciendo su padre. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó la zanahorias y las puso en un tazón. Sacó los huevos y los puso en otro tazón. Sacó el café y lo puso en un tercer tazón.

Mirando a su hija le dijo: «Querida ¿qué ves?”, «Zanahorias, huevos y café»- fue su respuesta.

Entonces la hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas.

Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera… Luego de sacarle la cáscara observó que estaba duro.

Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

Humildemente la hija preguntó: «¿Qué significa esto, padre?»

Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente.

La zanahoria llegó al agua, fuerte, dura… pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.

El huevo había llegado al agua frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido…

Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua.

«¿Cuál eres tú?», le preguntó a su hija. «Cuando la adversidad llama a tu puerta ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?»

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Distancia

El propietario del parque de atracciones hablaba de la ironía que suponía el hecho de que, mientras los niños lo pasaban en grande en su parque, él solía estar, por lo general, deprimido.

«¿Qué preferirías: ser propietario del parque o divertirte?», le preguntó el Maestro. «Ambas cosas».

El Maestro no dijo una palabra más.

Cuando, más tarde, le preguntaron a este respecto, el Maestro se limitó a citar las palabras que un vagabundo le había dirigido a un rico terrateniente: «Tú posees la propiedad. Otros disfrutan del paisaje».

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El árbol atormentado

Había una vez en un bosque un árbol gigantesco. Tenía varias ramas con muchas hojas hermosas, era el más sano y majestuoso árbol en todo el bosque.Todos los demás árboles lo adoraban y él se volvió orgulloso. Cuando movía sus ramas decía «Yo soy el árbol más poderoso del mundo; hasta el dios del viento me teme».

Pronto todos los demás árboles comenzaron a murmurar acerca de estas palabras orgullosas y finalmente estos murmullos llegaron a los oídos del dios del viento.

Cuando el dios del viento supo que un árbol había desarrollado un gran orgullo y comenzado a alardear de que era más poderoso que él mismo, dijo «Debo cuidarme de ese árbol arrogante. Iré contra él con todas mis fuerzas mañana temprano,  justo cuando los primeros rayos de sol lo toquen».

Los murmullos de los árboles llevaron rápidamente el mensaje al árbol gigante. Una vez que el árbol supo que el dios del viento lo  atacaría a la mañana siguiente, entro en razón y se asustó terriblemente; se paso toda la noche toda la noche temblando de miedo, de manera que todas sus hojas se le cayeron, muchas de sus ramas se quebraron y por la mañana el árbol era la viva imágen de la miseria.

Cuando el dios del viento llegó soplando entre el bosque y vio al árbol, quedó sorprendido y le dijo: «¡Oh, árbol!, yo nunca intenté ponerte en ese estado, yo sólo habría llegado y sacudido algunas de tus ramas, ¿por qué hiciste eso? No había razón de que te pusieras en ésta trágica situación».

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Opresión

El Maestro siempre permitía que cada cual creciera a su propio ritmo. Que se sepa, nunca pretendió «presionar» a nadie. Y él mismo lo explicaba con la siguiente parábola:

«Una vez, al observar un hombre cómo una mariposa luchaba por salir de su capullo, con demasiada lentitud para su gusto, trató de ayudarla soplando delicadamente.

Y en efecto, el calor de su aliento sirvió par acelerar el proceso.

Pero lo que salió del capullo no fue una mariposa, sino una criatura con las alas destrozadas».

«Cuando se trata de crecer», concluyó el Maestro, «no se puede acelerar el proceso, porque lo único que puede conseguirse es abortarlo».

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El tesoro de Bat

Nasan era un anciano que vivía feliz en la gran estepa de Mongolia. Haciendo honor a su nombre, que significa “larga vida” en mongol, estaba a punto de cumplir los cien años, pero todavía podía cuidar de sus caballos, ovejas y camellos.
Cada día se despertaba muy temprano, salía de la tienda en la que vivía durante la primavera y el verano, y se paraba para ver salir el sol por detrás de la estepa. Tenía la convicción de que esa costumbre de saludar al sol cuando este salía era lo que le daba la vitalidad que tenía pese a su edad.
Además de cuidar de los caballos, Nasan también ordeñaba sus yeguas. Con la leche que conseguía hacía aarul, su comida favorita. El aarul es un producto parecido al queso, que Nasan ponía en unas cajas de madera y colocaba en el techo de su tienda para que fermentara al sol. Con la leche también hacía una bebida de sabor parecido a la cerveza, el airag.
Un día, Nasan vestía como casi siempre: con sus botas acabadas en punta, su del, que es una casaca larga anudada a la cintura, sus pantalones anchos y un gorro en forma de casquete. Nasan cogió un poco de aarul para el camino y una bota de airag para cuando tuviera sed y salió en busca de sus rebaños.
Mientras Nasan cabalgaba, vio al lado del camino a un chico, de unos 12 años de edad, que parecía muy triste. A Nasan le dio pena y decidió pararse a hablar con él.
  – ¿Qué te ocurre muchacho? – preguntó Nasan.
  – ¿Qué me ocurre? ¡Todo me ocurre! ¡Mi vida es una desgracia! – empezó a lamentarse el joven-. ¡Hubiera sido mejor que no hubiese nacido!
Nasan se apiadó del chico y le dijo:
  – No digas eso, pequeño. A ver, cuéntame lo que te pasa. Dicen que las penas compartidas dejan de ser penas. Para empezar, ¿cuál es tu nombre?
  – Me llamo Bat – contestó el chico.
  – Bat significa “firme” en mongol, pero la verdad es que no pareces muy firme-. Eso hizo que el chico mirase sorprendido al anciano.
  – Ahora eso no me importa mucho, la verdad. Si supieras lo que me ha pasado me entenderías -añadió Bat. Y continuó explicándole su historia en un tono muy triste -. Me he quedado solo en el mundo. Mis padres han muerto y no tengo ni caballos, ni ovejas ni siquiera un techo en el que cobijarme. ¡No tengo nada!
  – Lo siento-. A Nasan le dio mucha pena que Bat hubiese perdido a sus seres queridos.- Pero tienes toda la vida por delante, no lo puedes ver todo tan negro.
  – ¿Es que no lo ves? ¡No tengo nada! ¿Como viviré a partir de ahora si no tengo nada?-exclamó el chico mientras bajaba la cabeza, intentando aguantarse las lágrimas delante del anciano.
  – ¿Tú crees que no tienes nada? Pues yo veo que tienes muchos tesoros.
El chico subió la cabeza de golpe y miró a Nasan abriendo mucho los ojos.
  – ¿Es una broma? Anciano, por favor, no te burles de mí-. Dijo abatido el niño.- ¡No ves que no tengo nada!
  – No me estoy burlando de ti. Pero te repito que yo veo que tienes muchos tesoros y, si quieres, podemos hacer un trueque.
  – Pero si no tengo nada que cambiar- repitió el niño-. Y menos un tesoro o algo valioso como un rebaño de ovejas o de caballos.
  – Pues, a ver que te parece esto. Yo te doy mi rebaño de ovejas, pero a cambio tú me tienes que dar un ojo-, explicó Nasan.
  – ¿Mi ojo? ¡No, no! ¡Cómo quieres que cambie mi ojo por un rebaño de ovejas!-, se asustó el pequeño.
  – ¿No quieres? Pues a ver qué te parece esto: si me das tus brazos yo te daré una manada de camellos. Me parece un buen cambio, ¿no?- ofreció el anciano.

– ¿Mis brazos? ¡No me interesa en absoluto!-se quejó Bat.
  – Pues entonces podemos cambiar mi tienda y todo el oro que hay en ella por una de tus piernas.
  – ¡Estás loco! ¿Como quieres que te dé una de mis piernas? ¡No cambiaría mi pierna por nada del mundo!- Exclamó Bat, que cada vez estaba más alterado.
Nasan se puso la mano en la barbilla y siguió preguntando:
  – ¿No? ¿Y si me vendieras un brazo, una pierna y un ojo, el lote completo? Por todo eso te daría mis caballos, mis ovejas, mis camellos, la tienda y toda la plata y el oro que tengo. ¿Aceptas? – preguntó Nasan.
  – ¡No, no! ¡Ni por todo el oro, caballos o camellos del mundo!
Entonces Nasan se incorporó y se echó a reír a grandes carcajadas.
  – ¿Lo ves? Tú mismo lo dices. Aunque me digas que no tienes nada, cuando te ofrezco comprarte algo que es tuyo me contestas que ni por todos mis animales ni por todo el oro del mundo. ¡Tú mismo lo estás diciendo! ¡Es mucho más valioso lo que tienes que todas mis posesiones y dinero!
  Bat se irguió de pronto al escuchar al viejo y empezó a reflexionar sobre las palabras de Nasan.
  – Tus tesoros son la salud, la fortaleza y la juventud. ¿No lo ves? ¡Tú mismo eres tu tesoro! Y si en lugar de estar aquí lamentándote, te pones a utilizar tu cabeza y tus brazos y piernas podrás conseguir lo que te propongas -, explicó Nasan.

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