Nada que hacer – Edel Juárez

Nada que hacer.
no hay nada que hacer
ni que remediar,
si es cosa de niños aventar el tablero
después de jugar.
aceptar que ya viene,
que se acerca el final.
no es falta de amor,
nos falta paciencia
y a últimas fechas
me falta la fe.

si el amor no fuera moneda corriente,
si tan solo el olvido encontrara la ocasión
de tomar por sorpresa lo que le pertenece,
lo que escondo y ahogo en un mar interior.

si quererte fuera más sencillo,
si las distancias no fueran golpe bajo el cinturón.
si entendiéramos de una vez y por siempre
que el tiempo perdido nos guarda rencor.

y si llegara a pasar
que de nuevo perdemos
la ruta trazada, los objetivos, las marcas,
y en sitios distintos nos alcanza el adiós,
y nos corta las alas y nos marca en la frente.
si un día nos queda el traje del gran perdedor,
y nos sentimos extraños y nos volvemos lo mismo
y hasta el espejo confunde el ayer con el hoy,
¿por qué no volver a buscar un principio?
tenemos mapas marcados por toda la piel,
es historia de ambos, pasado y futuro,
crónica exacta de lo que pudo ser.

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Expedición en globo

Cuentan que una vez salió una expedición de amigos dispuestos a dar la vuelta al mundo en globo. Partieron ilusionados, compartiendo junto a la aventura de su hazaña, sueños y esperanzas, anhelos de ayuda, de conquista y libertad.

Para poder ayudarse mejor, decidieron emprender el viaje juntos, pero repartidos en dos globos.

Llegó la hora de emprender el tan esperado viaje. Los dos globos iniciaron su ascenso… Pero uno de ellos se vio atrapado en un cúmulo de nubes a 2000 metros de altura, nubes tan espesas y extensas que el globo se empezó a cubrir de escarcha. Esto hacía que perdiera altura rápidamente y la única forma de salir de allí era poder remontar por encima de las nubes, para que el Sol deshiciera la escarcha y así el otro globo les asistiera y ayudara. Pero descendían rápidamente, y para perder el peso necesario, comenzaron a tirar por la borda todo lo que llevaban encima y que veían que era lo que más pesaba… las cámaras de vídeo, el equipo, comida, la ropa e incluso los libros… hasta que finalmente se quedaron sólo con lo que llevaban puesto… y con su fe y oración.

Al ser aligerado de peso, el globo comenzó poco a poco a subir, traspasó las espesas nubes hasta que los rayos del Sol empezaron a derretir el hielo que lo cubría y pudieron ser ayudados por los compañeros del otro globo, y así continuar su feliz viaje.

Que nos dice esta historia?…

Muchas veces a lo largo de nuestra vida sentimos que nos venimos abajo, y que cada vez hay más peso que nos lleva hacia el abismo.

Nos llenamos de “escarcha” como el globo de la historia, nos creamos problemas interiores, muchas veces innecesarios, nos creamos una “escarcha” con malos entendidos, malas interpretaciones, mala convivencia con los demás… y con nosotros mismos, con desánimos, frustraciones…

Y cuando ya vemos que ese abismo está cercano, cuando vemos el peligro y reflexionamos… nos damos cuenta que necesitamos del calor, bien sea de la amistad, del cariño, o simplemente de los rayos del Sol para que nos deshagan la “escarcha” acumulada y podamos remontar y subir hacia arriba.

Todas las cosas negativas vividas en nuestro interior no nos dejan crecer como personas, nos hunden y hacen que descendamos al vacío en lugar de subir y crecer.

Deshagamos o echemos por la borda todas las cosas negativas acumuladas, toda la “escarcha”, todo lo que no nos deja crecer y subamos al límpido cielo, y gocemos con toda integridad de toda la armonía necesaria para poder vivir la vida con total plenitud.

Qué debería yo “tirar” de mi interior?

Qué me hace llevar sobrepeso?

De qué cosas estoy dispuesto yo a despojarme, a desprenderme para poder remontar el vuelo y subir hasta lo alto?

Qué cosas son las que no me dejan crecer como persona?

Qué cosas son las que no me dejan ver el Sol?…

Cuanta “escarcha” llevo encima, y de qué cosas está formada?

Necesito yo del calor… que me ayude a deshacer mi “escarcha”?

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El discípulo Ananda

“Un día cuando caminaban por una región montañosa, Gautama Buda, ya mayor, bajo el sol de medio día le dijo a su discípulo Ananda, -“estoy sediento Ananda*, cuando atravesamos las montañas pasamos un arroyo, -¿puedes retroceder el camino y traerme un poco de agua?-
Ananda deshaciendo el camino llego al arroyo. Pero cuando llegó allí, se dio cuenta que unas carretas acababan de atravesarlo embarrando todo. Las hojas muertas que antes estaban en el fondo ahora flotaban sobre el agua, ya no era bebible, por supuesto no podía llevársela a Buda así que decidió regresar junto a Buda; además sabía que a unas millas más allá de dónde habían parado corría un gran río de aguas cristalinas. Sin embargo Buda que era muy estricto le dijo: -“vuelve otra vez , porque recuerdo que cuando pasamos esa agua era pura y cristalina”-.

Ananda protestó: -“entiéndelo entre que llegamos aquí pasaron unas carretas por el riachuelo y el agua ya no es bebible”; -“lo se le dijo Buda, pero ve y siéntate a la orilla lleva el tiempo que lleve, ve y siéntate, no te metas a la corriente por que si te metes en ella la ensuciarás de nuevo, simplemente espera y observa y no hagas nada, esas hojas muertas desaparecerán, el barro se asentará entonces llena mi cuenco y regresa”-.
Ananda fue al riachuelo de nuevo porque no podía desobedecer a Buda y allí se sentó esperando.

Y esperando vio que el barro y las hojas muertas se iban asentando despacito dejando al agua clara y pura, tal cual es su naturaleza. Lleno su cuenco y de regreso entendió lo que Buda trataba de decirle: -“Ananda no te metas en el río, no sigas la corriente de tu mente, espera en la orilla y simplemente observa, la naturaleza verdadera de tu mente es esa claridad cristalina ensuciada por pensamientos y emociones pasajeros”-.

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El burro cantante

Una vez, llegó a la selva un búho que había estado en cautiverio, y explicó a todos los demás animales las costumbres de los humanos.

Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas por competencias, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto…

La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.

Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal de todos los concursantes que, de este modo, serían su propio jurado.

Así fue. Todos los animales, incluido el hombre, subieron al estrado y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia. Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en una gran urna que estaba vigilada por el búho.

Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para comenzar el recuento de los votos de aquel “transparente acto electoral”, “gala del voto universal y secreto” y “ejemplo de vocación democrática”, como había oído decir a los políticos de las ciudades.

Uno de los ancianos sacó el primer voto y, el búho, ante la emoción general, gritó: “¡el primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!”.

Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.

— Segundo voto: ¡el burro! Desconcierto general.

— Tercero: ¡el burro!

Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y sintiéndose culpables por sus propios votos.

Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantantes.

Y así, sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por “libre elección del imparcial jurado”, que el desigual y estridente grito del burro era el ganador.

Y fue declarado como “la mejor voz de la selva y alrededores”.

El búho explicó después lo sucedido: cada concursante, considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos cualificado de los concursantes, aquél que no podía representar amenaza alguna.

La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre que, cómo no, había votado por sí mismo.

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El clavo y el perro

“Un hombre va de visita a casa de un amigo y cuando entra al comedor se encuentra con el perro de su amigo. El perro es grande, fuerte, pero está quejándose y llorando. El visitante pregunta a su amigo, “¿oye, que le pasa a tu perro, parece enfermo?”, no te preocupes, le dice el amigo, este perro es muy perezoso.

Los dos amigos se sientan a relatar sus viejas historias, mientras que el animal continua quejándose ante lo cual el visitante inquiere de nuevo a su amigo y le dice, “me sabe mal por tu perro, ¿por qué no lo llevas al veterinario?”, el hombre le contesta nuevamente, “no te preocupes , es que este perro es perezoso”.

El visitante inquieto por la misma respuesta, le pregunta “oye ¿por qué dices todo el rato que este perro es perezoso?, yo lo que veo es que esté enfermo y que esté sufriendo”, entonces el amigo le dice:
“Mira lo que le pasa es que lleva sentado encima de un clavo toda la mañana, sé que le duele y por eso se queja y se queja, pero no ha querido mover el culo de su sitio, porque con todo y a pesar del clavo, se siente cómodo y ya se ha acostumbrado a su sufrimiento”.

¿En qué clavos estas sentado tu? ¿ y tu equipo?

¿Qué hace que no tomes acción para cambiar esa situación?

¿Cúanto más tiene que dolerte para que empieces a tomar decisiones?

¿Qué es lo mejor que puede sucederte si decides tomar la iniciativa del cambio?

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Anoche cuando dormía – Antonio Machado

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di: ¿Por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mi,

manantial de nueva vida

en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que un sol ardiente lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

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Frases de Jim Henson

James Maury “Jim” Henson nació en Greenville, Misisipi el 24 de septiembre de 1936 y falleció en Nueva York el 16 de mayo de 1990 fue un titiritero y productor televisivo estadounidense, conocido por ser el creador de The Muppets.

Henson participó en varios programas de televisión, incluyendo Sesame Street y The Muppet Show, y en películas como The Muppet Movie, The Great Muppet Caper, The Dark Crystal y Labyrinth. Estuvo nominado a un premio Óscar y ganó los premios BAFTA y Emmy. Para desarrollar sus proyectos, Henson fundó diferentes compañías, como The Jim Henson Company, The Jim Henson Foundation y The Jim Henson’s Creature Shop.

Todos vivimos en un mundo de fantasía e imaginación cuando somos niños, y para algunos de nosotros ese mundo de fantasía continúa cuando crecemos

El arte de los títeres comprende muchas formas diferentes de operar los que son a mano y las marionetas, junto con las personas disfrazadas de negro. Hay muchísimas técnicas diferentes, y siento que podemos usarlas todas.

La gente más sofisticada que conozco son los niños.

Las cosas no desaparecen, simplemente cambian, y cambian, y cambian de nuevo.

La vida es como una película, escribir su propio final. Sigue creyendo, seguir fingiendo.

Había un pequeño espectáculo de la tarde que se llamaba la tarde. En aquellos días en la televisión, las estaciones más locales tenían un espectáculo de medio día para las amas de casa que había una serie de cosas. Era como un espectáculo de variedades para el mediodía.

Cuando The Muppet Show terminó, todos nos sentamos alrededor y dijo: ¿Qué tipo de programa de televisión nos gustaría que hiciera. Sentimos la necesidad en estos días son para la programación de algunos niños de calidad.

Sí, prácticamente tenía una forma y una forma para ese momento – un estilo – y creo que una de las ventajas de no tener ninguna relación con cualquier otro titiritero fue que me dio una razón para poner todo esto junto a mí mismo por las necesidades de televisión.

Cuando yo era joven, mi ambición era ser una de las personas que han hecho una diferencia en este mundo. Mi esperanza es dejar el mundo un poco mejor por haber estado allí.

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La fruta en el cielo

Había una vez una mujer que había oído hablar de la Fruta del Cielo y la codiciaba. Entonces le preguntó a cierto derviche, a quien llamaremos Sabar:

“¿Cómo puedo encontrar esta fruta, para conseguir el conocimiento de forma inmediata?”

“Harías mejor en estudiar conmigo”, dijo el derviche. “Si no lo haces, tendrás que viajar con determinación y sin descanso por todo el mundo.”

La mujer lo abandonó y buscó a otro derviche, Arif el Sabio; y después encontró a Hakim, el Docto; luego a Majzub, el Loco; más tarde, a Alim, el Científico, y muchos más…

Pasó treinta años buscando, al cabo de los cuales llegó a un jardín. Allí se encontraba el Árbol del Cielo, de cuyas ramas pendía la resplandeciente Fruta del Cielo.

De pie junto al Árbol estaba Sabar, el primer derviche.

“¿Por qué cuando nos encontramos por primera vez no me dijiste que tú eras el Guardián de la Fruta del Cielo?”, le preguntó.

“Porque en aquel momento no me habrías creído. Además, el Árbol sólo produce fruta una vez cada treinta años y treinta días.”

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Una rosa en el desierto

A menudo la voz apacible del maestro espiritual quebraba el silencio perfecto del amanecer, para exhortar a sus discípulos diciéndoles:

-Queridos discípulos míos, nada hay tan hermoso, tan bello, ni tan provechoso como el amor incondicional. No hay sabiduría más fecunda, no hay saber más sublime, no hay brillo más intenso que el amor incondicional.

Y así día tras día, semana tras semana, el maestro insistía para que sus discípulos se ejercitasen en el amor incondicional.

-Hay muchas clases de amor- declaraba, -pero sólo una merece ser considerada como tal y es, queridos míos, el amor incondicional.

Los discípulos le escuchaban, pero albergaban dudas en cuanto a esa enseñanza. Amor incondicional? A qué tipo de amor se refería el venerable maestro?- Se preguntaban entre ellos.

El maestro continuaba diciendo: -Todos estamos sometidos a la ley inexorable del sufrimiento, pero nada hay más precioso ni más transformador que el amor incondicional- decía… -Ejercitaos en el mismo sin descanso. No olvidéis nunca mis palabras. Si amáis incondicionalmente, estáis vivos; si no, es como si estuvierais muertos.

Un día, de rosado amanecer, un discípulo dijo:

-Pero maestro, nos hablas mucho del amor incondicional, mas nos dices poco sobre él… El resto de los discípulos se identificaban con el comentario del que así se había expresado.

-Vaya, vaya,- repuso el maestro.-Todo hay que explicarlo… El amor incondicional es para ser vivido y no, para que digamos palabras sobre él.

Mirad, mañana os presentaréis a mí con una rosa y saldremos de excursión…

Al día siguiente los discípulos acudieron junto al maestro antes de despuntar el día. Llevaban la rosa con ellos.

-Daremos un largo paseo- dijo el maestro.

Partieron todos… Caminaron durante horas, hasta que finalmente llegaron a un paraje desértico. No había nada más que cielo y arena.

-Colocad la rosa en estar tierras desertizadas, por nadie holladas… por nadie frecuentadas.

Uno de los discípulos fijó la rosa en la arena.

-Sentémonos y reflexionemos unos instantes-.

Se sentaron todos alrededor del maestro. El Sol iba trepando lentamente por el firmamento y el calor comenzaba a ser sofocante.

-Ahora nos iremos- dijo el maestro, -pero permitidme haceros algunas preguntas:

Creéis que, aunque no haya nadie para oler la rosa, ésta seguirá exhalando su aroma?

-Hasta que se marchite… Continuará exhibiendo su esplendor, incluso aunque nadie haya para apreciarlo?

-En la investigación de estas preguntas, hallaréis muchas respuestas.

Los discípulos se quedaron satisfechos. Habían comprendido.

La rosa quedó exhalando su aroma en las solitarias planicies desérticas, y maestro y discípulos regresaron al monasterio.

Son muchos los que dicen amar, pero muy pocos los que aman incondicionalmente…

El que disfruta de esta clase de amor se convierte él mismo en el primer beneficiario.

El que ama así irradia una atmósfera de bienestar, de sosiego, de paz, de contento y plenitud…

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El predicador

Había un predicador que, cada vez que se ponía a rezar no dejaba de elogiar a los bandidos y desearles toda la felicidad posible. Elevaba las manos al cielo diciendo: “¡Oh, Señor: ofrece tu misericordia a los calumniadores, a los rebeldes, a los corazones endurecidos, a los que se burlan de la gente de bien y a los idólatras!”

Así terminaba su arenga, sin desear el menor bien a los hombres justos y puros. Un día, sus oyentes le dijeron:

“No es costumbre rezar así! Todos estos buenos deseos dirigidos a los malvados no serán escuchados.”

Pero él replicó:

“Yo debo mucho a esa gente de la que habláis y por esa razón ruego por ellos. Me han torturado tanto y me han causado tanto daño que me han guiado hacia el bien. Cada vez que me he sentido atraído por las cosas de este mundo, me han maltratado. Y todos esos malos tratos son la causa por la que me he vuelto hacia la fe.”

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