LA CORNETA Y LOS TIGRES

Un hombre llegó a una aldea con una corneta misteriosa de la que pendían paños rojos y amarillos, cuentas de cristal y huesos de animales.

* Esta es una corneta que ahuyenta a los tigres -dijo el hombre. -A partir de hoy, por una modesta suma diaria, yo la tocaré todas las mañanas, y ustedes nunca van a ser devorados por estas terribles fieras.

Los habitantes de la aldea, atemorizados ante la amenaza de ser atacados por un animal salvaje, aceptaron pagar lo que el recién llegado pedía.

Así pasaron muchos años, el dueño de la corneta se hizo rico y se construyó un hermoso castillo. Cierta mañana, un joven que pasaba por el lugar preguntó a quién le pertenecía aquel castillo. Al enterarse de la historia, resolvió ir hasta allí para conversar con el hombre.

* Oí decir que el señor tiene una corneta que ahuyenta a los tigres – dijo el joven. – Sucede, sin embargo, que no existen tigres en nuestro país.

Ahí mismo el hombre convocó a todos los habitantes de la aldea, y le pidió al muchacho que repitiera lo que acababa de decir.

¿Escucharon bien lo que dijo? – gritó el hombre, una vez que el joven hubo terminado. – ¡Ésta es la prueba irrefutable del poder de mi corneta!

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El sueño del Rabino

Una noche le fue ordenado en sueños al rabino Isaac que acudiera a la lejana Praga y que, una vez allí, desenterrara un tesoro escondido debajo de un puente que conducía al palacio real. Isaac no se tomó el sueño en serio, pero, al repetirse cuatro o cinco veces, acabó por decidirse a ir en busca del tesoro.

Cuando llegó al puente, descubrió consternado que estaba fuertemente vigilado por los soldados. Todo lo que podía hacer era contemplar el puente a una cierta distancia. Pero, como acudía allí todas las mañanas, un día el capitán de la guardia se le acercó para averiguar el motivo. El rabino Isaac, a pesar de lo violento que le resultaba confiar su sueño a otra persona, le dijo toda la verdad al capitán, porque le agradó el buen carácter de aquel cristiano. El capitán soltó una enorme carcajada y le dijo:

-¡Cielos! ¿Es usted un rabino y se toma los sueños tan en serio? ¿Si yo fuera tan estúpido como para hacer caso a mis sueños, ahora estaría dando vueltas por Polonia! Le contaré un sueño que tuve hace varias noches y que se ha repetido unas cuantas veces. Una voz me dijo que fuera a Cracovia y buscara un tesoro en el rincón de la cocina de un tal Isaac, hijo de Ezequiel. ¿No cree usted que sería la mayor estupidez del mundo buscar en Cracovia a un hombre llamado Isaac y a otro llamado Ezequiel, cuando, probablemente, la mitad de la población masculina de Cracovia responde al nombre de Isaac y la otra mitad al de Ezequiel?

El rabino estaba atónito. Le dio las gracias por su consejo al capitán, regresó apresuradamente a su casa, cavó en el rincón de su cocina y encontró un tesoro tan abundante que le permitió vivir espléndidamente durante el resto de sus días.

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