Admiración OSHO

Admiración
Quien quiere ser admirado es porque no siente respeto por sí mismo. Somos educados con sentimientos de culpa que arraigan profundamente en nosotros. Desde el principio somos reprendidos por los padres, los maestros, los sacerdotes, los políticos y toda la clase dirigente.
A todos los niños se les repite continuamente un único sonsonete: «Hagas lo que hagas, no está bien. Estás haciendo lo que no debes hacer y dejando de hacer lo que deberías hacer». Todos los niños reciben directa o indirectamente la impresión de que no son realmente queridos, de que sus padres están cansados, de que en cierto modo se los tolera o de que son una molestia. Eso causa una profunda herida en las personas y da origen al rechazo de uno mismo. Buscamos admiración para ocultar esa herida. La admiración es una compensación. Si te respetas a ti mismo, es más que suficiente; si te gustas a ti mismo, no tienes necesidad de ninguna admiración y ni siquiera la deseas, pues en cuanto empiezas a desear la admiración de los demás, empiezas a comprometerte con ellos. Tienes que colmar sus esperanzas, pues sólo entonces te admirarán. Tienes que acomodarte a sus dictados y no puedes gozar de una vida en libertad.

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El Vampiro Subversivo – Alejandro Jodorowsky

El Vampiro Subversivo – Alejandro Jodorowsky

Al caer la noche, el padre y la madre abrieron la tapa del pequeño ataúd y despertaron a su hijo para contarle, una vez más, la muerte de sus abuelos: por quedarse más tiempo de lo indicado fuera del castillo, la luz del día los sorprendió, convirtiéndolos en cenizas. El muchachito, mostrando sus largos colmillos, exclamó: “¡Los vengaré! ¡Algún día apagaré el sol!” Por un agujero cavado en el muro, hizo salir una manguera con la cual lanzó un chorro de agua hacia el astro rey. A pesar de que el líquido llegaba a alturas increíbles, sus intentos fracasaron. Siguió probando. “¡Por muy lejano que parezcas, te alcanzaré!”,

amenazó al sol. Sus progenitores comenzaron a burlarse. “¡Estás loco, nunca podrás! Durante milenios el sol nos ha reducido a polvo, ¿quién eres tú para oponerte a una hoguera de tal magnitud?” El muchacho no les hizo caso. Fabricó un carro provisto de vidrios que no dejaban pasar la luz y llevó miles de litros de agua hasta una montaña para, desde la cima, tratar de llegar con un chorro al sol. Fracasó. Siguió tratando. En pleno día, cubierto sólo por un toldo, disparó un cohete extinguidor que estalló en la estratosfera sin alcanzar su objetivo. Los padres aplaudieron: “¡Bravo, nuestro hijo fracasó! ¡Por desobediente, deberíamos correrlo del castillo! ¿Por qué no se conforma como nosotros?” Después de miles de intentos inútiles, el joven vampiro, mirando hacia el sol, que brillaba más que nunca, lloró: “¡Tienen razón: nunca podré apagarlo! ¡Ya no me importa morir!” Y abrió los brazos para dejarse calcinar sin cubrirse de los rayos. ¡Nada sucedió! En la triste oscuridad de la fortaleza, los viejos vampiros se asombraron: “¡Nuestro enemigo no lo daña! ¡Se ha tornado inmune al sol! ¡Qué envidia!”.

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