El viaje a la sierra oaxaqueña

Hace algunos ayeres, cuando aun no sabía que rumbo tomar en mi vida (últimos semestres de la prepa y estaba indecisa en cual carrera tomar), una maestra nos platicó una de sus aventuras de cuando empezo su vida de egresada.

Nos contó que se fue un tiempo a vivir a la sierra de Oaxaca, con los mixtecos, lejos de la ciudad, lejos de comodidades, pocos o nulos servicios básicos (luz, agua, teléfono, etc). Ella estaba consciente de que eso seria ¨incómodo¨, pero aun así se fue a la aventura, todo en lo qu ella pensaba era en eso, es decir, se preparó mentalmente para las ¨carencias¨ de los mixtecos, ella iría a aportar algo nuevo,a ¨ayudar¨ a ese pueblo.

Por lo tanto, con la emoción de irse a Oaxaca, se fue, estuvo unos dias, pero su mayor aprendizaje no fue el ir a ¨ayudar¨ a los mixtecos, ni acomodarse a dormir donde se pudiera sin servicios, sino la forma en como viven estas personas: cerca y con la NATURALEZA, en armonia con ella y como eso es parte de su vida, no un accesorio de esta.

Pero lo que mas le llamo a ella la atención y que fue lo que me hizo a mi querer estudiar psicologia fue lo que nos contó a continuación.

Estaban toda la comunidad alrededor de la fogata que a diario se hacía para preparar los alimentos y donde todos se reunian, cuando vio que uno de los niños más pequeños se acercó demasiado al fuego, ella trató de alejarlo y el niño casi bebé le hizo caso, pero unos minutos mas tarde de nuevo se acercó demasiado para su gusto, pero mientras ella tenía el alma en un hilo , también observó que la madre y los demás que estaban ahi no hacían nada para quitarlo de ahí. Entonces, desconcertada cuestionó a la madre del bebé el porqué no hacía nada para alejarlo del peligro, a lo que ella le contestó que el fuego era un elemento con el cual él tenía que aprender a convivir, conocerlo y saber su utilidad así como sus peligros, pero lo tenía que hacer por sí sólo, observando a los demás miembros de su grupo y al fuego mismo.

Ella se quedó sorprendida y cayó en cuenta de que también así los niños de esa comunidad maduraban más rápido, pero también eran más responsables de ellos mismos y su entorno.

Por eso quize ser psicóloga, por el hecho de que cuando parece que tu ¨enseñas¨cosas nuevas a la gente al mismo tiempo aprendes algo de ellos. Y sobre todo de la gente más humilde, de la que menos piensas te aportará algo, de los más pequeños, ellos son los maestros de la vida.

Feliz inicio de semana!!!

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El ladron de voces – Alejandro Jodorowsky

El ladron de voces – Alejandro Jodorowsky

Después de que los policías se llevaron a su hombre, con la consigna de hacerlo desaparecer para siempre, mi madre perdió, junto con la alegría de vivir, la voz. Como un pájaro mudo se paseaba de una pieza a la otra sin querer salir a la calle. Yo, a los ocho años, tenía uno de esos poderes mágicos que los niños guardan como riguroso secreto entre ellos. Mediante una esponja de mar, que aplicaba en la boca de los adultos dormidos, podía robarles la voz.

Salí en el momento más oscuro de la noche y me introduje por la ventana en una casa de donde emergían profundos ronquidos. Era una muchacha obrera que, junto al montón de uniformes caquis que había tenido que coser, respiraba con la boca abierta, convertida en piedra. Le introduje la esponja en la boca y le extraje la voz. Cayó en mis manos un pajarillo invisible aleteando angustiado como si añorara un nido protector. Lo encerré en mi caja para galletas y corrí hacia mi madre. Por suerte ella también dormía con la boca abierta. Estrujé la esponja en su garganta y el pajarillo, con frenesí desesperado, se pegó en sus cuerdas vocales.

Cuando mi madre despertó, una voz tan aguda que rompió un vaso de vidrio, se escurrió como un hilo metálico de sus labios. “¡No quiero vivir, no, no quiero!” Esa frase se repitió incesante, por más que ella se tapó la boca para impedir su paso. Estallaron los otros vasos, los vidrios de la ventana, un florero, los focos de treinta watts y el único espejo, pequeñísimo, que mi madre conservaba en un rincón del baño. Esperé a que se durmiera, se la extraje y corrí a devolver el avecilla deprimente.

En la estación de trenes vi tendido en un banco, abatido por la borrachera, cubierto por papeles de diario que celebraban un triunfo militar contra los anarquistas, a un ferrocarrilero cesante. Le apreté las narices para que abriera la boca y le robé un largo ectoplasma que por breves momentos se pareció a un gato montés.

Mi madre, en la mañana, comenzó a amenazar con gritos roncos: “¡Pacos asesinos, los voy a matar a todos y también al bellaco que los manda!” Por primera vez en un año, abrió los postigos y comenzó a lanzar hacia la calle imprecaciones en contra del glorioso ejército nacional. Los vecinos, aterrados, pasaban de largo haciéndose los sordos. Yo moví una mano empuñada con el dedo gordo estirado hacia mi boca para hacerles creer que mi madre había bebido más de la cuenta. Una yerbatera, temiendo que llegaran los carabineros, le dio a mamá una infusión que la hizo dormir en pocos minutos. Le extraje el gato furioso y lo devolví a su aguardentosa guarida.

¿Qué hacer entonces? ¿Qué voz robar para abrir las puertas de ese corazón clausurado? La urgencia me condujo al riesgo. Me introduje por una claraboya del lupanar. Un caballero encogido como león sobre una señora a medio vestir daba frenéticos caderazos. Con los ojos cerrados, él, rugiendo de verdad, y ella, imitando alaridos de placer, no se dieron cuenta de mi presencia. Aproveché la gran abertura de los labios pintarrajeados para extraer una voz que salió parecida a una enorme ostra. Apenas la injerté en la garganta de mi madre, ésta se despertó y en enaguas como estaba salió corriendo a la calle para golpear en las puertas vecinas gimiendo: “¿Qué es una mujer sin su hombre? ¿Conocen los canallas que me lo desaparecieron ese atroz vacío que llevo entre las piernas? ¡Ardo, me ahogo, me convierto en un molusco!” Me la devolvieron amordazada y encordada como una larva. Me desesperé, tanto deseaba que la alegría volviera a reinar en nuestro hogar. ¿Acaso yo no le bastaba? Apenas llegaba del colegio barría los pequeños cuartos, hacía de comer, salía al centro a mendigar, volvía siempre con un poco de dinero y, además, a causa de la buena circulación de mi sangre, podía dormir con ella acurrucado junto a su fría panza como una bolsa de agua caliente. ¡No, yo no le bastaba!

Decidí, como último recurso, robarle la voz al cura. Era un flaco fanático, siempre enojado porque por culpa de los comunistas, aparte de unas viejas empolvadas, ya casi nadie iba a su parroquia. Lo encontré disimulando una siesta sentado en el confesionario. Pude hurtarle un fluido oscuro semejante a un zapato. Con cierta repugnancia lo introduje en la garganta de mi madre. Ella se puso de pie sobre la cama, alzó los puños hacia el techo y comenzó a insultar a nuestro buen Dios lanzando una y otra vez, como rencorosos puñales, las dos mismas palabras: “¡Viejo injusto!”

Temiendo que el Señor, ofendido, enviara a los milicos para que también a ella la desaparecieran, le devolví su zapato al cura. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¡Extraje mi propia voz! Surgió como una viborita y se enroscó temblando entre mis dedos. Sentí que una araña sorda y negra se anidaba en mis cuerdas vocales.

Mi madre se despertó con una sonrisa de niña, limpió la casa, hizo de comer, jugó a las muñecas y habló y habló y habló alegremente durante años. Nunca se dio cuenta de que yo estaba mudo.

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