La tortuga

El emperador de China oyó hablar de la sabiduría de un eremita que vivía en las montañas del Norte y envió a él mensajeros para ofrecerle el cargo de Primer Ministro del reino.
Al cabo de muchos días de viaje, llegaron allá los mensajeros y encontraron al eremita medio desnudo, sentado sobre una roca y enfrascado en la pesca. Al principio dudaron de que pudiera ser aquél el hombre a quien en tan alto concepto tenía el emperador, pero, tras inquirir en la aldea cercana,
se convencieron de que realmente se trataba de él. De modo que se presentaron en la ribera del río y le llamaron con sumo respeto.

El eremita caminó por el agua hasta la orilla, recibió los ricos presentes de los mensajeros y escuchó su extraña petición. Cuando, al fin, comprendió que el emperador le requería a él, al eremita, para ser Primer Ministro del reino, echó la cabeza atrás y estalló en carcajadas. Y una vez que consiguió refrenar sus risas, dijo a los desconcertados mensajeros: «¿Veis aquella tortuga, cómo mueve su cola en el estiércol?».
«Sí, venerable señor», respondieron los mensajeros.
«Pues bien, decidme: ¿es cierto que cada día se reúne la corte del emperador en la capilla real para rendir homenaje a una tortuga disecada que se halla encerrada encima del altar mayor, una tortuga divina cuyo caparazón está incrustado de diamantes, rubíes y otras piedras preciosas?».
«Sí, es cierto, honorable señor», dijeron los mensajeros.
«Pues bien, ¿pensáis que aquel pobre bicho que mueve su cola en el estiércol podría reemplazar a la divina tortuga?».
«No, venerable señor», respondieron los mensajeros.
«Entonces id a decir al emperador que tampoco yo puedo. Prefiero mil veces estar vivo entre estas montañas que muerto en su palacio. Porque nadie puede vivir en un palacio y estar vivo».

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Tres viejos de largas barbas

Empezando a pensar Una mujer salió de su casa y vio a tres viejos de largas barbas sentados frente a su jardín.

-No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor entren a mi casa para que coman algo.

Ellos preguntaron:

-¿Está el hombre de la casa?

-No -respondió ella-, no está.

-Entonces no podemos entrar -dijeron ellos.

Al atardecer, cuando el marido llego, ella le contó lo sucedido.

– Entonces diles que ya llegué e invítalos a pasar. La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa.

-No podemos entrar a una casa los tres juntos -explicaron los viejitos.

-¿Por que? –quiso saber ella.

Uno de los hombres apuntó hacia otro de sus amigos y explico:

-Su nombre es Riqueza, -luego indicó hacia el otro- su nombre es Éxito y yo me llamo Amor. Ahora ve adentro y decidan a cual de nosotros tres ustedes desean invitar a vuestra casa.

La mujer entró a su casa y le contó a su marido lo que ellos le dijeron. El hombre se puso feliz:

-¡Qué bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a Riqueza, dejemos que entre y llene nuestra casa de riqueza. Su esposa no estuvo de acuerdo:

-Querido, ¿por qué no invitamos a Éxito?

La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo con una idea:

-¿No seria mejor invitar a Amor? Nuestro hogar entonces estaría lleno de amor.
-Hagamos caso del consejo de nuestra hija -dijo el esposo a su mujer-. Ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped.

La esposa salió afuera y les pregunto a los tres viejos:

– ¿Cual de ustedes es Amor? Por favor que venga para que sea nuestro invitado.

Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y lo siguieron. Sorprendida, la dama les preguntó a Riqueza y Éxito:

-Yo solo invite a Amor, ¿por que ustedes también vienen?

Los viejos respondieron juntos:

-Si hubieras invitado a Riqueza o Éxito, los otros dos habrían permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde sea que él vaya, nosotros vamos con él. Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito.

Si verdaderamente sigues tu corazón, el resto llegará por añadidura.

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La tortuga caida del cielo

-¡Una tortuga ha caído del cielo! –gritaban-.

Pronto todo Benarés estuvo conmocionado. Todos estaban muy excitados y ¡cómo no!, hacían miles de conjeturas.

-Nunca había ocurrido una cosa así antes -murmuraba la muchedumbre-.

-¿Se trata de una tortuga marina o terrestre? -preguntaban otros-. Pero nadie sabía responderles.

-Llevémosla al palacio real y preguntemos allí. Esto debe de tener algún significado secreto.

-¿Cómo es posible que pase una cosa así? -preguntó el rey Bramha Datta cuando le dieron la noticia-. ¿Qué opina mi consejero?

Habéis de saber que Bramha Datta, el rey de Benarés, era extremadamente charlatán. Le encantaba tener largas conversaciones y, cuando se ponía a hablar, nadie podía decir ni una palabra.

Su consejero, un hombre sabio, buscaba la manera de curarle de esa mala costumbre, pero hasta ese momento todos sus intentos habían fracasado. La tortuga caída del cielo le inspiró.

Cuando el rey y toda la Corte fueron a investigar la razón por la cual la tortuga había caído, el consejero mencionó, como por casualidad, que muchos patos de la llanura iban al lago Manasa, en los Himalayas, a pasar el verano.

-¿Qué nos quieres decir con esto? -le interrumpió el rey-. ¿Por qué ha caído la tortuga desde las nubes?

El consejero se recordó a sí mismo que debía tener paciencia y contó que una vez, dos patos se hicieron amigos de una charlatana tortuga en el lago Manasa. Un día cercano al final del verano, cuando los tres se estaban bañando juntos, los patos dijeron:

-Amiga tortuga, nuestra casa de invierno es un lugar delicioso -y añadieron, antes de que la tortuga iniciara uno de sus interminables monólogos-, ¿quieres venirte con nosotros y pasar el invierno allí?

-Ya me gustaría – replicó la tortuga -, pero, ¿cómo podría hacerlo? Yo no tengo alas como vosotros.

-En realidad esto no es un problema -dijeron los patos, antes de que su amiga pudiera empezar un largo discurso acerca del arte de volar o la técnica del planeo-, no es un problema real -repitieron-, podemos llevarte con nosotros, pero a condición de que permanezcas callada durante todo el viaje. ¿Podrás tener tu lengua quieta tanto tiempo?

-Claro que puedo -respondió la tortuga, sumamente molesta de que los patos la considerasen incapaz de controlar su charlatanería-, con toda seguridad os digo que puedo.

-Entonces será muy sencillo -le dijeron-.

E hicieron que la tortuga agarrara fuertemente el centro de un palo con su boca mientras ellos cogían cada uno un extremo del palo con sus picos. Así los tres volaron a través del cielo. Este extraño espectáculo atrajo la atención de los hombres en los campos y en las calles. Habían visto a menudo volar a los patos hacia el sur al principio del invierno, pero nunca a una tortuga llevada de ese modo.

-¡Mirad! -gritaban, señalando hacia el cielo-, ¡mirad a esos patos que llevan a una tortuga agarrada de un palo! ¿No es extraordinario?

Esto ya fue demasiado para la charlatana tortuga, que abrió su boca para decir:

-Si mis amigos desean llevarme con ellos, ¿qué os importa a vosotros? Ocupaos de vuestros propios asuntos.

Pero al soltarse para hablar cayó en picado y ése fue su fin. La tortuga nunca pudo acabar de decir lo que intentaba decir.

-Y así fue como -dijo el consejero al rey-, esa tortuga llegó a la Corte en el Palacio. En verdad te digo que la cháchara sin fin conduce a la desgracia. Una sola palabra de más puede causar la ruina. Mientras se contiene la lengua, todo va bien. Al hablar, se yerra. Aprende esta lección, mi honorable amigo:

-Hablar de más puede significar el propio final.

El rey Bramha Datta entendió en ese momento el significado que esa lección tenía para él. Y preguntó:

-Dime, consejero, ¿has hablado para mí?

-Señor -replicó el consejero-, cualquiera que hable moderadamente, sea príncipe o mendigo, aleja la desgracia de él.

Desde entonces, el rey de Benarés se convirtió en un hombre de pocas palabras, aprendió a controlar su lengua y así llegó a la maestría del arte del autocontrol.

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