Las cualidades del niño OSHO

La experiencia del niño obsesiona durante toda su vida a la gente inteligente. La quieren repetir: la misma inocencia, el mismo asombro, la misma belleza. Ahora es un eco lejano; parece como si la hubieses visto en un sueño.
Pero toda la religión nace de la cautivadora experiencia de la infancia, del asombro, de la verdad, de la belleza y de la hermosa danza de la vida en todas las cosas. Los cantos de los pájaros, los colores del arco iris, la fragancia de las flores, le recuerdan al niño, en lo más profundo de su ser, que ha perdido el paraíso.
Yo siempre he vivido momento a momento así que un momento es más que suficiente para mí. Veinticuatro horas es demasiado; un momento es suficiente».
El rey no podía comprenderlo. El monje le dijo: «Señor déjeme preguntarle algo: ¿puede usted vivir dos momentos simultáneamente?».

Seguir leyendo

Confucio y las cualidades del agua

Una vez, Confucio paseaba por la orilla de un río y veía el agua que fluía corriente tras corriente.  De repente, se le ocurrió un pensamiento y exclamó: —¡El transcurso del tiempo es como el agua del río que no deja de fluir!

Le impresionó tanto a Confucio el agua del río, que la admiraría luego en muchas ocasiones.  Además, el agua del río nos sugiere otras semejanzas, tales como: cuando está tranquila es tan mansa como una oveja; pero cuando es torrencial, es tan impetuosa como el galope de diez mil caballos.  ¿Qué os sugiere el agua del río?  Veamos qué pensaba Mencio sobre el agua.

Mencio fue un gran filósofo que se dedicó a investigar y desarrollar el pensamiento de Confucio.  Cierto día, un tal Hsü-pi le preguntó a Mencio por qué Confucio cuando veía el agua exclamaba:

—¡Agua, agua!

Mencio contestó:

—Observemos primero las cualidades del agua.  Un río, desde su manantial corre sin cesar día y noche; si en su curso hay una fosa, la llenará y seguirá corriendo sin interrupción hasta llegar al mar.

—¡Exactamente!  Así es el agua del río! —exclamó Hsü-pi.

Mencio continuó:

—Ahora vamos a ver el agua en la acequia del arrozal y el agua en la cuneta al lado del camino.  Son aguas sin manantial que se desbordarán fácilmente después de los chaparrones en julio y agosto, pero que poco después de una lluvia ligera se secarán muy rápidamente.  ¿Ves claro lo que ocurre?

—Sí, he notado los cambios, ¿pero eso tiene un sentido especial? —preguntó Hsü-pi.

Mencio le contestó:

—El agua que tiene manantial es como una persona virtuosa y cabal que estudia seriamente y va tras la verdad, como la corriente del río que no se detiene hasta alcanzar su límite perfecto.  En cambio, los desaguaderos que no tienen manantial son como los hipócritas que sólo logran ser admirados a corto plazo; pronto la gente descubrirá fácilmente su máscara.  De hecho, un hombre bueno no se siente feliz cuando la admiración que le tributan es demasiado exagerada.  Por eso, Confucio se impresionó al ver agua.

Mencio se vale de la metáfora de río para describir a un hombre de virtud y talento; una persona que aplica todas las fuerzas de su inteligencia al estudio y mantiene un nivel elevado en su especialidad.  Esta anécdota también nos estimula a ser auténticos en nuestra conducta y a evitar toda hipocresía.

Seguir leyendo

Pedir un espíritu contentadizo

El Señor Vishnú estaba tan harto de las continuas peticiones de su devoto que un día se apareció a él y le dijo: «He decidido concederte las tres cosas que desees pedirme. Después no volveré a concederte nada más».
Lleno de gozo, el devoto hizo su primera petición sin pensárselo dos veces. Pidió que muriera su mujer para poder casarse con una mejor Y su petición fue inmediatamente atendida.

Pero cuando sus amigos y parientes se reunieron para el funeral y comenzaron a recordar las buenas cualidades de su difunta esposa, el devoto cayó en la cuenta de que había sido un tanto precipitado. Ahora reconocía que había sido absolutamente ciego a las virtudes de su mujer. ¿Acaso era fácil encontrar otra mujer tan buena como ella?
De manera que pidió al Señor que la volviera a la vida. Con lo cual sólo le quedaba una petición que hacer. Y estaba decidido a no cometer un nuevo error, porque esta vez no tendría posibilidad de enmendarlo. Y se puso
a pedir consejo a los demás. Algunos de sus amigos le aconsejaron que pidiese la inmortalidad. Pero ¿de qué servía la inmortalidad -le dijeron otros- s: no tenía salud? ¿Y de qué servía la salud si no tenía dinero? ¿Y de qué servía el dinero si no tenía amigos?
Pasaban los años y no podía determinar qué era lo que debía pedir: ¿vida, salud, riquezas, poder, amor…? Al fin suplicó al Señor: «Por favor, aconséjame, lo que debo pedir».
El Señor se rió al ver los apuros del pobre hombre y le dijo: «Pide ser capaz de contentarte con todo lo que la vida te ofrezca, sea lo que sea».

Seguir leyendo