La confianza

La confianza Cuando tienes una profunda confianza, esa calidad de confianza transforma tu vida, sean cuales fueren las circunstancias. Cuando Milarepa se dirigió a su Maestro en el Tibet, era tan humilde, tan puro, tan auténtico, que los demás discípulos se pusieron celosos de él. Era seguro que él sería el sucesor, entonces intentaron matarlo. Milarepa era muy, muy confiado. Cierto día los demás discípulos le dijeron: `Si tú realmente crees en el Maestro, ¿puedes saltar desde ese acantilado? Si tienes confianza, entonces no hay más que decir, nada malo sucederá`. Y Milarepa saltó sin vacilar un momento. Los discípulos corrieron abajo… el acantilado tenía casi tres mil pies de profundidad. Fueron abajo para encontrar los huesos desparramados, pero él se hallaba sentado en la posición de loto, inmensamente feliz. Abrió sus ojos y dijo: `Tienen razón, la confianza salva`. Creyeron que se trataba de alguna coincidencia, de modo que cuando un día se incendió una casa, le dijeron: Si amas al Maestro y tienes confianza en él, puedes ir dentro del fuego`. El se apresuró para salvar a la mujer y al niño que habían quedado dentro. El incendio era demasiado grande y ellos esperaban que muriera, pero no se quemó en absoluto. Y se volvió más radiante debido a la confianza. Un día en que se hallaban de viaje, debían atravesar un río y le dijeron: `No necesitas ir en el bote. Tienes tanta confianza que puedes caminar sobre el agua`. Y caminó. Esta fue la primera vez que el Maestro lo vio. El Maestro dijo: `¿Qué haces? Es imposible`. Y Milarepa dijo: `Lo hago por tu poder, Maestro`. Entonces el Maestro pensó: `Si mi nombre y mi poder pueden hacer esto para un hombre ignorante y estúpido… probaré hacerlo yo mismo. Entonces probó y se ahogó. Nunca más se supo nada de él después de esto. Si tú tienes plena confianza aún cuando tu Maestro no esté iluminado, puedes revolucionar tu vida. Y lo contrario es también cierto: aún un Maestro iluminado puede no ser ninguna ayuda. Depende enteramente de ti. El Amado
Vol. 1, pp. 126-127

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Elegir el camino

Cuando se le preguntó a Bektash*: -¿Porqué los caminos de desarrollo difieren? Éste respondió: -Dispara una flecha hacia un blanco. Para hacer esto, necesitas un arco, una flecha, un blanco y una persona que dispare. Estos son los elementos que conforman la acción. Pero si el propósito es golpear un objeto contra otro, hay miles de formas de lograrlo. Solo las personas muy superficiales pensarán que la única forma de golpear un objeto con otro consiste en el tiro de la flecha con el arco. Esto es el camino interno, y -continuó Bektash- todo lo que tienen que hacer es darse cuenta de esto. -Pero, -insistió su interlocutor- ¿cómo sabremos cuál es nuestro camino?
-Las personas que pretendan que ustedes sabrán cual es el mejor camino para ustedes, son las que pretenden que lo que les gusta a ustedes es lo que necesitan. El ser humano probablemente no conoce el camino por sí mismo. Necesita que alguien acomode las circunstancias, así como alineando dos superficies para que entren en colisión, en la analogía del arco y el blanco.

*Fundó la orden de derviches Bektasi. Su fama de santidad hizo que se le diera el nombre de Haci Bektas Veli (haci puede traducirse como «peregrino», y veli significa aproximadamente «derviche y santo»). Su filosofía tiene un carácter humanista, basado en la tolerancia y en el amor a la humanidad, y cuenta entre sus preceptos la idea de la igualdad de la mujer. Prestó gran atención a las tradiciones de los clanes turcos, y fue uno de los primeros autores que utilizó el turco como lengua literaria, en libros como Makalat, Feviad, Sadhiyye y Serh-i Besmele.

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El devoto y la prostituta

Había una vez un hombre devoto que dedicaba su tiempo a la oración y meditación, su objetivo eran las cosas del alma y la búsqueda de la verdad. Sucedió que se mudó a vivir justo frente de su casa una prostituta que todo el tiempo recibía todo tipo de hombres. El hombre devoto se sentía enojado e indignado y le decía a Dios como podía mandarle algo así, pues esto era motivo para perder su concentración y desviarse de sus plegarias; “una mujer así no merecía ningún tipo de favores”. Pasó el tiempo y el hombre devoto cada vez sentía más desagrado por aquella mujer. Por el contrario la prostituta se sentía muy honrada y afortunada de que frente a su casa viviera un hombre de condición espiritual, de modo que siempre le agradecía a Dios esa oportunidad de estar cerca de personas de dignidad. Ya que ella se veía obligada por las circunstancias a llevar ese tipo de vida.

Entonces ocurrió que los dos murieron a la vez, pues se produjo un enorme desastre natural y así los dos se vieron frente a la corte celestial. Allí se les dijo: “cada cual somos lo cosechamos”. Así el hombre devoto fue condenado por no haber vivido su vida con satisfacción y agradecimiento y además haber tenido sentimientos negativos hacia otros y la prostituta fue salvada, pues ella había vivido su vida con gratitud, aceptación y pensamientos amables hacia los demás.

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