Archivo del 26 mayo, 2009

Todos dicen te quiero – Tontxu

Todos dicen te quiero – Tontxu

Todos dicen te quiero,
no te vayas nunca,
te prometo el cielo.

Todos dicen palabras
y aquellas palabras
se las lleva el viento.

Mientras tanto destiñe el color
de tu príncipe azul en los besos,
de los hombres que pasan,
de la sombra que dejan
y de lo que se llevan.

Nadie dijo te quiero
pensando primero
que no eras un juego.

Nadie dijo palabras,
pequeñas palabras
que salen de dentro.

Mientras tanto destiñe el color
de tu príncipe azul en los besos,
de los hombres que pasan,
de la sombra que dejan
y de lo que se llevan.

Todos dicen te quiero,
no te vayas nunca,
te prometo el cielo.

Todos dicen te quiero,
no te vayas nunca,
te prometo el cielo.

Todos dicen te quiero,
no te vayas nunca,
te prometo el cielo.

EL LENGUAJE DEL ASNO

EL LENGUAJE DEL ASNO
El sabio Saadi de Xiras caminaba por una calle con su discípulo, cuando vió a un hombre tratando de hacer que su asno se moviera.
Como el animal se rehusaba a moverse de ese lugar, el hombre comenzó a insultarlo con las peores palabras que conocía.

* No seas tonto -le dijo Xiras. -El burro jamás entenderá tu lenguaje. Lo mejor será que te calmes y aprendas el lenguaje de él.
Y apartándose, le comentó a su discípulo:
* Para pelearse con un burro, hay que ser tan burro como él.

LA LEY Y LAS FRUTAS

LA LEY Y LAS FRUTAS

En el desierto, las frutas eran raras. Dios llamó a uno de sus profetas y le dijo:

Cada persona puede comer una sola fruta por día.

La costumbre fue obedecida por generaciones, y la ecología del lugar se preservó. Como las frutas que sobraban daban simiente, otros árboles nacieron. En corto tiempo, toda la región se transformó en un suelo fértil, envidiado por las otras ciudades.

El pueblo, sin embargo, continuaba comiendo una fruta por día, fiel a la recomendación que a un antiguo profeta le habían transmitido sus ancestros. Más aún, no dejaban que los habitantes de otras aldeas aprovecharan las abundantes cosechas que se daban todos los años.

El resultado era uno: la fruta quedaba podrida en el suelo.

Dios llamó a un nuevo profeta y le dijo:

Deja que coman toda la fruta que quieran. Y haz que compartan las cosechas con sus vecinos.

El profeta volvió a la ciudad con el nuevo mensaje. Pero terminó siendo apedreado, puesto que la costumbre había arraigado en el corazón y la mente de cada uno de los habitantes.
Con el tiempo, los jóvenes de la aldea comenzaron a cuestionar esa costumbre bárbara. Pero como la tradición de los más viejos era intocable, resolvieron apartarse de la religión. Así podían comer cuanta fruta quisieran y dar la que sobraba a los que necesitaban alimentos.
En la iglesia del lugar sólo quedaron los que se consideraban santos. Aunque, la verdad, no eran más que personas incapaces de percibir que el mundo se transforma y que debemos transformarnos con él.