Una duda

¿Qué duele más? ¿Nunca conocer el amor? ¿O conocerlo y haberlo perdido? ¿O tenerlo y verlo diluido entre tus brazos? ¿O verlo arrebatado? ¿O por la muerte consumado? ¿O amar sin ser amado? ¿O amar a quien no te ama sin ver a quien sí? ¿O matar a quien amas? ¿O saber que te amaba en el umbral de tu muerte? ¿O arrepentirte de haber amado? ¿U odiar al amor? ¿O amar el dolor? ¿O ignorar el amor siendo consciente? ¿O hacerlo inconsciente y saberlo después? ¿O mentir a quien amas? ¿O amar a quien te miente? ¿O salvar a quien odias, porque ama a quien amas, y le ama en lugar de a ti? ¿O amarlo? ¿U odiarte? ¿O amar tu rencor? ¿O amar a solas? ¿O amar en silencio? ¿O no poder amar? ¿O tener prohibido amar? ¿O no querer amar? ¿O amar y odiar al mismo tiempo? ¿O amar y después odiar? ¿O la desilusión antes de ese odio? ¿O volver a amar? ¿O amar a quien ya ama, y es amada? ¿O amar a quien no puede amar? ¿O amar a quien no quiere amar? ¿U olvidar a quien amas? ¿U olvidar que puedes amar? ¿O amar a distancia? ¿O por nadie ser amado? ¿O amar a quien no puedes amar? ¿O amar por obligación? ¿O morir de amor, de amor amargo, triste, seco, lento, frío, único, roto, loco, fugaz, lejano, vacío, débil, ajeno, sangriento, perdido, perfecto, mortal? ¿O simplemente amar?

El samurai y el monje

Un samurai, conocido por todos por su nobleza y honestidad, fue a visitar a un monje zen en busca de consejos. Cuando entró en el templo donde el maestro rezaba, se sintió inferior y pensó que a pesar de haber pasado toda su vida luchando por la justicia y la paz, no se había acercado al estado de gracia del hombre que tenía frente a él. -¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? -preguntó al monje-, me enfrenté muchas veces con la muerte y defendí a los más débiles, no tengo nada de qué avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor importancia. -Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me han buscado hoy, te daré la respuesta -dijo el monje-. Durante todo el día el samurai se quedó sentado en el jardín del templo. Las personas entraban y salían en busca de consejos y el monje atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. El estado de ánimo del samurai iba de mal en peor, pues había nacido para actuar, no para esperar. Por la noche, cuando ya todos habían partido, insistió: -¿Ahora podrá usted enseñarme? El maestro lo invitó a entrar y lo llevó hasta su habitación. La luna llena brillaba en el cielo y todo el ambiente respiraba una profunda tranquilidad. -¿Ves esta luna qué bonita es?, cruzará todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte y consigue mostrar los detalles del paisaje que tenemos a delante: nubes, árboles, montañas. He contemplado a los dos durante años, y nunca escuché a la luna decir: -¿Por qué no tengo el mismo brillo que el sol?, ¿es que quizás soy inferior a él? -Claro que no -respondió el samurai-, la luna y el sol son dos cosas diferentes, cada uno tiene su propia belleza. No se pueden comparar. -Entonces, ya sabes la respuesta. Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.

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