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LA CERTEZA, LA ESCUELA Y LA DUDA
Buda estaba reunido con sus discípulos cierta mañana, cuando un hombre se aproximó:
-¿Existe Dios? – le preguntó.
- Existe -repondió Buda.
Después del almuerzo se aproximó otro hombre:
-¿Existe Dios? – quiso saber.
- No, no existe -dijo Buda.
Al caer la tarde, un tercer hombre hizo la misma pregunta:
-¿Existe Dios?
- Usted tendrá que decidir – respondió Buda.
Cuando el hombre se marchó, un alumno comentó, indignado:
- Maestro, ¡qué absurdo! ¿ Cómo da usted respuestas diferentes para la misma pregunta?
- Porque son personas diferentes, y cada una llegará a Dios por su propio camino. El primero confiará en mi palabra. El segundo hará todo para probar que estoy errado. Y el tercero sólo cree en aquello que es capaz de escoger por sí mismo.
No puedo vivir sin mi
La primera cosa que se nos ocurre hacer con alguien que queremos es cuidarlo, ocuparnos de él, escucharlo, procurarle las cosas que le gustan, ocuparnos de que disfrute de la vida y regalarle lo que más quiere en el mundo, llevarle a los lugares que más le agradan, facilitarle las cosas que le dan trabajo, ofrecerle comodidad y comprensión. Cuando el otro nos quiere hace exactamente lo mismo.
Ahora me pregunto:
¿Porqué no hacer estas cosas con nosotros mismos?
Sería bueno que yo me cuidara, que me escuchara a mi mismo, que me ocupara de darme algunos gustos, de hacerme las cosas más fáciles, de regalarme las cosas que me gustan, de buscar comodidad en los lugares donde estoy, de escucharme y comprenderme. De tratarme como trato a los que más quiero.
Pero, claro, si mi manera de demostrar mi amor es quedarme a merced del otro, compartir las peores cosas juntos y ofrecerle mi vida en sacrificio, seguramente, mi manera de relacionarme conmigo será complicarme la vida desde que me levanto hasta que me acuesto.
El mundo actual golpea a la puerta para avisarnos que este modelo que cargaba mi abuela (la vida es nacer, sufrir y morir) no solo es mentira, sino que además está malintencionado (les hace el juego a unos comerciantes de almas).
Si hay alguien que debería estar conmigo todo el tiempo, soy yo.Y para poder estar conmigo debo empezar por aceptarme tal como soy. Debo replantear posturas.Porque frente a alguna característica de mí que no me guste hay siempre dos caminos para resolver el problema.
El primero que es el clásico: intentar cambiar.
El segundo es tratar de no detestar esa característica, y permitir que, por sí misma esa condición se modifique.
Para cambiar algo el camino realmente comienza cuando dejo de oponerme.
La comprensión
Comprende que lo que ves en otros es aquello que tú mismo llevas. Tus juicios son, en realidad, reflexiones sobre lo que es reprimido o rechazado dentro de ti. Dos monjes Zen estaban cruzando un río. Se encontraron con una joven y hermosa mujer que también deseaba cruzar, pero que tenía miedo. Entonces uno de los dos monjes la tomó sobre sus hombros y la llevó a la otra orilla. El otro monje estaba furioso. No dijo nada, pero hervía en su interior. ¡Esto estaba prohibido! Un monje budista no debe tocar a una mujer, y este monje no sólo la había tocado, la había llevado sobre sus hombros. Pasaron muchas millas. Cuando llegaron al monasterio, y estaban entrando, el furibundo monje se volvió al primero y dijo: `Mira, tendré que hablar con el Maestro sobre esto, tendré que informarlo. Está prohibido`. El primer monje dijo: `¿De qué hablas? ¿Qué está prohibido?` `¿Te has olvidado?`, preguntó el segundo. `Llevaste a esa joven y hermosa mujer sobre tus hombros`. El primer monje rió y dijo: `Sí, la llevé, pero la dejé en el río, millas atrás. ¿Tú la llevas todavía?`. Tu interior reprimido, rechazado, arrojado al sótano también sigue reflejándose en tus acciones. Incluso, a menudo cuando evitas algo, entonces también, en este evitar se muestra tu comprensión. La Disciplina de la Trascendencia
Vol. 4, p. 220
El rey y sus dientes
En un país muy lejano, al oriente del gran desierto vivía un viejo Sultán, dueño de una inmensa fortuna. El Sultán era un hombre muy temperamental además de supersticioso. Una noche soñó que había perdido todos los dientes. Inmediatamente después de despertar, mandó llamar a uno de los sabios de su corte para pedirle urgentemente que interpretase su sueño. -¡Qué desgracia mi señor! -exclamó el sabio-. Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
-¡Qué insolencia! -gritó el Sultán enfurecido-. ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos, por ser un pájaro de mal agüero.
Más tarde, ordenó que le trajesen a otro sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
-¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que vuestra merced tendrá una larga vida y sobrevivirás a todos sus parientes.
Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los consejeros reales le dijo admirado:
-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños del Sultán es la misma que la del primer sabio. No entiendo por qué al primero le castigó con cien azotes, mientras que a vos con cien monedas de oro.
-Recuerda bien amigo mío -respondió el segundo sabio- que todo depende de la forma en que se dicen las cosas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la enchapamos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado. No olvides mi querido amigo -continuó el sabio- que puedes comunicar una misma verdad de dos formas: la pesimista que sólo recalcará el lado negativo de esa verdad; o el optimista, que sabrá encontrarle siempre el lado positivo a la misma verdad.
El anciano y la vela
Un anciano, en su lecho de muerte, llamó a sus tres hijos y les dijo:
-No puedo dividir en tres lo que poseo. Eso dejaría muy pocos bienes para cada uno de vosotros. He decidido dar todo lo que tengo, como herencia, al que se muestre más hábil, más inteligente. Dicho de otra manera: a mi mejor hijo. He dejado encima de la mesa una moneda para cada uno de vosotros. Cogedla. El que compre con esa moneda algo con lo que llenar la casa se quedará con todo.
Se fueron. El primer hijo compró paja, pero sólo consiguió llenar la casa hasta la mitad. El segundo compró sacos de plumas, pero no consiguió llenar la casa más que el anterior. El tercer hijo, que consiguió la herencia, sólo compró un pequeño objeto. Era una vela. Esperó hasta la noche, encendió la vela y llenó la casa de luz.