Tag-Archivo para » confucio «

Confucio y las cualidades del agua

Una vez, Confucio paseaba por la orilla de un río y veía el agua que fluía corriente tras corriente.  De repente, se le ocurrió un pensamiento y exclamó: —¡El transcurso del tiempo es como el agua del río que no deja de fluir!

Le impresionó tanto a Confucio el agua del río, que la admiraría luego en muchas ocasiones.  Además, el agua del río nos sugiere otras semejanzas, tales como: cuando está tranquila es tan mansa como una oveja; pero cuando es torrencial, es tan impetuosa como el galope de diez mil caballos.  ¿Qué os sugiere el agua del río?  Veamos qué pensaba Mencio sobre el agua.

Mencio fue un gran filósofo que se dedicó a investigar y desarrollar el pensamiento de Confucio.  Cierto día, un tal Hsü-pi le preguntó a Mencio por qué Confucio cuando veía el agua exclamaba:

—¡Agua, agua!

Mencio contestó:

—Observemos primero las cualidades del agua.  Un río, desde su manantial corre sin cesar día y noche; si en su curso hay una fosa, la llenará y seguirá corriendo sin interrupción hasta llegar al mar.

—¡Exactamente!  Así es el agua del río! —exclamó Hsü-pi.

Mencio continuó:

—Ahora vamos a ver el agua en la acequia del arrozal y el agua en la cuneta al lado del camino.  Son aguas sin manantial que se desbordarán fácilmente después de los chaparrones en julio y agosto, pero que poco después de una lluvia ligera se secarán muy rápidamente.  ¿Ves claro lo que ocurre?

—Sí, he notado los cambios, ¿pero eso tiene un sentido especial? —preguntó Hsü-pi.

Mencio le contestó:

—El agua que tiene manantial es como una persona virtuosa y cabal que estudia seriamente y va tras la verdad, como la corriente del río que no se detiene hasta alcanzar su límite perfecto.  En cambio, los desaguaderos que no tienen manantial son como los hipócritas que sólo logran ser admirados a corto plazo; pronto la gente descubrirá fácilmente su máscara.  De hecho, un hombre bueno no se siente feliz cuando la admiración que le tributan es demasiado exagerada.  Por eso, Confucio se impresionó al ver agua.

Mencio se vale de la metáfora de río para describir a un hombre de virtud y talento; una persona que aplica todas las fuerzas de su inteligencia al estudio y mantiene un nivel elevado en su especialidad.  Esta anécdota también nos estimula a ser auténticos en nuestra conducta y a evitar toda hipocresía.

Confucio y los cazadores

Cuando Confucio viajaba entre los distintos reinos para difundir sus enseñanzas, un día vio a dos cazadores discutiendo acaloradamente. Les preguntó qué sucedía, y descubrió que estaban discutiendo sobre un simple problema de aritmética. El cazador más bajo decía que tres veces ocho era igual a veinticuatro, pero el cazador más alto decía que era veintitrés. Ambas partes insistían en que tenían razón y casi se iban a los golpes. Finalmente decidieron que un hombre sabio fuera el juez y que el ganador obtenga toda la caza del perdedor.

Los dos cazadores de inmediato pidieron a Confucio ser el juez. Confucio le dijo al cazador más bajo que entregue toda su caza al cazador más alto porque era el perdedor. El cazador alto tomó su recompensa y se fue con felicidad. Por supuesto, el otro cazador no estaba satisfecho sobre el resultado e increpó con enojo a Confucio, “Tres veces ocho es veinticuatro. Incluso un niño pequeño lo sabe. ¿Usted es un sabio y cree que es veintitrés? ¡Usted es un farsante!”.

Confucio, entre risas, contestó: “Tienes razón en que tres veces ocho es igual a veinticuatro, esa es la verdad y ni siquiera los niños pequeños pelearían por esto. Si conoces la verdad y la mantienes, ya es suficientemente bueno. ¿Por qué discutes con alguien tan tonto sobre algo tan simple? Déjalo ir, puede que él haya ganado algo hoy, pero será tonto para siempre. Tú has perdido tu caza, pero has aprendido una buena lección”. Cuando el cazador más bajo escuchó esto, no hizo más que asentir con su cabeza en silencio una y otra vez.

Confucio el sabio

En cierta ocasión le decía Pu Shang a Confucio: «¿Qué clase de sabio eres tú, que te atreves a decir que Yen Hui te supera en honradez; que Tuan Mu Tsu es superior a ti a la hora de explicar las cosas; que Chung Yu es más valeroso que tú; y que Chuan Sun es más elegante que tú?».

En su ansia por obtener respuesta, Pu Shang casi se cae de la tarima en la que estaban sentados. «Si todo eso es cierto», añadió, «entonces, ¿por qué los cuatro son discípulos tuyos?». Confucio respondió: «Quédate donde estás y te lo diré. Yen Hui sabe cómo ser honrado, pero no sabe cómo ser flexible. Tuan Mu Tsu sabe cómo explicar las cosas, pero no sabe dar un simple ’sí’ o un ‘no’ por respuesta. Chung Yu sabe cómo ser valeroso, pero no sabe ser prudente. Chuan Sun Shih sabe cómo ser elegante, pero no sabe ser modesto. Por eso los cuatro están contentos de estudiar conmigo».