Nada que hacer – Edel Juárez

Nada que hacer.
no hay nada que hacer
ni que remediar,
si es cosa de niños aventar el tablero
después de jugar.
aceptar que ya viene,
que se acerca el final.
no es falta de amor,
nos falta paciencia
y a últimas fechas
me falta la fe.

si el amor no fuera moneda corriente,
si tan solo el olvido encontrara la ocasión
de tomar por sorpresa lo que le pertenece,
lo que escondo y ahogo en un mar interior.

si quererte fuera más sencillo,
si las distancias no fueran golpe bajo el cinturón.
si entendiéramos de una vez y por siempre
que el tiempo perdido nos guarda rencor.

y si llegara a pasar
que de nuevo perdemos
la ruta trazada, los objetivos, las marcas,
y en sitios distintos nos alcanza el adiós,
y nos corta las alas y nos marca en la frente.
si un día nos queda el traje del gran perdedor,
y nos sentimos extraños y nos volvemos lo mismo
y hasta el espejo confunde el ayer con el hoy,
¿por qué no volver a buscar un principio?
tenemos mapas marcados por toda la piel,
es historia de ambos, pasado y futuro,
crónica exacta de lo que pudo ser.

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El laúd

En una ocasión, un maestro paseaba tranquilamente con sus discípulos a los cuales, intentaba enseñarles la ciencia de la meditación y del conocimiento interior. Al internarse por un camino pedregoso, vio que las piedras estaban cubiertas de sangre.

– De quién es esa sangre? -preguntó extrañado.

-Es de Jaime -le respondieron algunos discípulos-. Como no progresa rápido hacia la libertad interior y la paz sublime, se mortifica caminando descalzo por estas piedras.

El maestro hizo llamar a Jaime, que había sido el mejor músico de laúd que jamás él hubo conocido.

-Vamos a ver, querido discípulo -le dijo- Sonaba bien tu laúd si tensabas demasiado las cuerdas?

-Claro que no, maestro. Si las tensaba demasiado el sonido no era bueno y además podían quebrarse-.

-Y veamos, mi fiel discípulo, Sonaban bien si las dejabas sueltas?-

-Peor, maestro, porque entonces se enredaban entre ellas-.

-Y bien, cómo sonaban si no las dejabas ni sueltas ni demasiado tensas?-

-Así debía ser, maestro. ¡Entonces sonaban que era un primor!-

-Pues bien, Jaime, así debe ser el esfuerzo que uno aplica sobre sí mismo, ni débil ni excesivo sino adecuado.

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Expedición en globo

Cuentan que una vez salió una expedición de amigos dispuestos a dar la vuelta al mundo en globo. Partieron ilusionados, compartiendo junto a la aventura de su hazaña, sueños y esperanzas, anhelos de ayuda, de conquista y libertad.

Para poder ayudarse mejor, decidieron emprender el viaje juntos, pero repartidos en dos globos.

Llegó la hora de emprender el tan esperado viaje. Los dos globos iniciaron su ascenso… Pero uno de ellos se vio atrapado en un cúmulo de nubes a 2000 metros de altura, nubes tan espesas y extensas que el globo se empezó a cubrir de escarcha. Esto hacía que perdiera altura rápidamente y la única forma de salir de allí era poder remontar por encima de las nubes, para que el Sol deshiciera la escarcha y así el otro globo les asistiera y ayudara. Pero descendían rápidamente, y para perder el peso necesario, comenzaron a tirar por la borda todo lo que llevaban encima y que veían que era lo que más pesaba… las cámaras de vídeo, el equipo, comida, la ropa e incluso los libros… hasta que finalmente se quedaron sólo con lo que llevaban puesto… y con su fe y oración.

Al ser aligerado de peso, el globo comenzó poco a poco a subir, traspasó las espesas nubes hasta que los rayos del Sol empezaron a derretir el hielo que lo cubría y pudieron ser ayudados por los compañeros del otro globo, y así continuar su feliz viaje.

Que nos dice esta historia?…

Muchas veces a lo largo de nuestra vida sentimos que nos venimos abajo, y que cada vez hay más peso que nos lleva hacia el abismo.

Nos llenamos de “escarcha” como el globo de la historia, nos creamos problemas interiores, muchas veces innecesarios, nos creamos una “escarcha” con malos entendidos, malas interpretaciones, mala convivencia con los demás… y con nosotros mismos, con desánimos, frustraciones…

Y cuando ya vemos que ese abismo está cercano, cuando vemos el peligro y reflexionamos… nos damos cuenta que necesitamos del calor, bien sea de la amistad, del cariño, o simplemente de los rayos del Sol para que nos deshagan la “escarcha” acumulada y podamos remontar y subir hacia arriba.

Todas las cosas negativas vividas en nuestro interior no nos dejan crecer como personas, nos hunden y hacen que descendamos al vacío en lugar de subir y crecer.

Deshagamos o echemos por la borda todas las cosas negativas acumuladas, toda la “escarcha”, todo lo que no nos deja crecer y subamos al límpido cielo, y gocemos con toda integridad de toda la armonía necesaria para poder vivir la vida con total plenitud.

Qué debería yo “tirar” de mi interior?

Qué me hace llevar sobrepeso?

De qué cosas estoy dispuesto yo a despojarme, a desprenderme para poder remontar el vuelo y subir hasta lo alto?

Qué cosas son las que no me dejan crecer como persona?

Qué cosas son las que no me dejan ver el Sol?…

Cuanta “escarcha” llevo encima, y de qué cosas está formada?

Necesito yo del calor… que me ayude a deshacer mi “escarcha”?

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La rana y el escorpión

Ocurrió que un escorpión deseaba vadear un río cuando acertó a pasar por allí una rana que tenía la misma intención.

-Rana -dijo el escorpión-, quiero cruzar el río pero yo no sé nadar. Por qué no me ayudas llevándome a tu espalda?

– Cómo voy a llevarte? Eres muy peligroso, tu veneno es mortal y seguro que me picarás-.

-Te aseguro que no te atacaré- protestó el escorpión. -Tienes la certeza de ello, ya que si te picase yo también moriría cuando tú te hundieras-.

Este argumento convenció a la rana, que, con el escorpión ya subido a su espalda, comenzó a cruzar el río. Pero justo en medio de la corriente, sintió el doloroso picotazo de la alimaña clavándose en su carne.

-Por qué lo has hecho?- acertó a preguntar instantes antes de morir.

-Lo siento mucho ranita, pero es mi naturaleza- respondió el escorpión mientras se hundía en las aguas para siempre.

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El discípulo Ananda

“Un día cuando caminaban por una región montañosa, Gautama Buda, ya mayor, bajo el sol de medio día le dijo a su discípulo Ananda, -“estoy sediento Ananda*, cuando atravesamos las montañas pasamos un arroyo, -¿puedes retroceder el camino y traerme un poco de agua?-
Ananda deshaciendo el camino llego al arroyo. Pero cuando llegó allí, se dio cuenta que unas carretas acababan de atravesarlo embarrando todo. Las hojas muertas que antes estaban en el fondo ahora flotaban sobre el agua, ya no era bebible, por supuesto no podía llevársela a Buda así que decidió regresar junto a Buda; además sabía que a unas millas más allá de dónde habían parado corría un gran río de aguas cristalinas. Sin embargo Buda que era muy estricto le dijo: -“vuelve otra vez , porque recuerdo que cuando pasamos esa agua era pura y cristalina”-.

Ananda protestó: -“entiéndelo entre que llegamos aquí pasaron unas carretas por el riachuelo y el agua ya no es bebible”; -“lo se le dijo Buda, pero ve y siéntate a la orilla lleva el tiempo que lleve, ve y siéntate, no te metas a la corriente por que si te metes en ella la ensuciarás de nuevo, simplemente espera y observa y no hagas nada, esas hojas muertas desaparecerán, el barro se asentará entonces llena mi cuenco y regresa”-.
Ananda fue al riachuelo de nuevo porque no podía desobedecer a Buda y allí se sentó esperando.

Y esperando vio que el barro y las hojas muertas se iban asentando despacito dejando al agua clara y pura, tal cual es su naturaleza. Lleno su cuenco y de regreso entendió lo que Buda trataba de decirle: -“Ananda no te metas en el río, no sigas la corriente de tu mente, espera en la orilla y simplemente observa, la naturaleza verdadera de tu mente es esa claridad cristalina ensuciada por pensamientos y emociones pasajeros”-.

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