Poesía y Haiku de Daigu Ryokan (1758-1831)

¿Quién dice que mis poemas son poemas?
Mis poemas no son poemas,
Y si se comprende que mis poemas no son verdaderos poemas,
Entonces podremos hablar de poesía.


Un día de primavera
tranquilo y apacible
he sacado tres canicas
de las mangas de mi hábito.

Y me he ido a jugar
con los niños del barrio
bajo el cielo suave y fresco.


La lluvia ha cesado, las nubes se han disipado.
El cielo está nuevamente sereno.
Cuando el corazón es puro, toda cosa en el universo es pura.
Confiando mi cuerpo al curso de las cosas, he renunciado al mundo a fin de ser libre.
Con la luna llena y las flores pasaré el resto de mi vida.


Solo, con mi bastón solitario, regreso al lugar donde viví tantos años.
A través de los muros derrumbados, lagartijas y liebres han hecho su camino.
Al lado del pozo seco crecen los bambúes.
La ventana donde leía está tapada por las telarañas.
El polvo ha cubierto la plataforma de meditación.
Las enredaderas del otoño ocultan el camino.
Un grillo frío grita en mi lugar.
Vacilante, no puedo decidirme a partir, desamparado frente al sol del crepúsculo.


Cierro los ojos, mil montañas en el crepúsculo.
Me vacío de los diez mil pensamientos del mundo de los hombres.
Solo, silencioso, me siento de cara a la ventana vacía.
El incienso se consume durante la larga noche negra.
Sobre mi delgada robe de monje, se acumula el rocío, blanco, denso.
La luna sube por el pico más alto.


En los árboles se escucha el chillar de las cigarras: por entre las rocas, los ruidos del agua.
El viento de la noche se ha llevado la bruma y el polvo.
No digas que en mi cabaña no hay nada.
La ventana está llena de aire fresco para compartir contigo.


Calma noche bajo la ventana vacía.
Sentado en meditación, envuelto en mi robe de monje, ombligo y nariz permanecen correctamente alineados, las orejas y los hombros siguen un mismo eje.

La ventana es blanca, la luna acaba de salir; la lluvia ha cesado, alguna gota cae todavía…

En este preciso instante, mi sentimiento es extraordinario, vasto, inmenso, sólo por mí conocido.


Avanzo siguiendo el curso del agua, buscando su fuente.
Llego allí donde el manantial parece comenzar.
Desconcertado, comprendo que no se alcanza jamás la fuente verdadera.

Apoyado en mi bastón, por todos lados escucho los ruidos del agua.


Enfermo.
Solo, acostado, enfermo.
Hoy nadie ha venido a verme. Mi bolso, mi cuenco, mi bastón de cedro negro han sido abandonados al polvo.
En mi ensueño deambulo a través de la montaña salvaje.
Mi alma vuelve otra vez a pasearse por el poblado; como antes, los niños me esperan en el camino.
Sin embargo apenas intento comprender estos cabellos blancos, estos labios resecos que claman desde una sed infinita, el reflejo de mi rostro gris que no veo en el espejo.
El frío y el calor se alternan súbitamente. El pulso es irregular. Vagamente escucho el murmullo de los campesinos.
¿A quién le importa si vivo o muero?


En la cima de la montaña las hierbas han ocultado los tres senderos.
Agitado, escucho talar los árboles al otro lado del torrente.
Inmóvil, observo cómo se diluye esta clara mañana.
Los pájaros de la montaña pasan cantando.
Parece que quisieran consolar mi soledad.


Larga noche de invierno, larga noche de invierno, noche de invierno interminable:
¿Cuándo será de día?

La lámpara sin luz, el hogar sin fuego.

Solo, inmóvil, contemplo la luna;
Escucho la lluvia.


Paso solo toda la noche sobre el pico solitario.
La lluvia y la nieve entristecen mi sentimiento.
Los gritos de los monos negros resuenan sobre la cima de las montañas.
Los barrancos aprisionan los fríos ruidos del agua.
El reflejo de la llama de la lámpara se inmoviliza en la ventana.
Toda la noche agitado, imposible para mí conciliar el sueño.
Soplo el pincel para escribir este poema.


Al oeste de la sala del loto, en medio de nubes, brumas, aguas y rocas, se eleva el templo del Deseo Cumplido.
Un sendero secreto lleva hasta él.
Un sendero secreto donde el pasto es profundo, donde no existen huellas del hombre.
En el centro del patio un viejo estanque donde saltan los peces.
Hacia lo alto, inmensos pinos verdes contra el azul del cielo.
Es el fin del otoño y los días son claros.
(A lo lejos percibo el monte “Lleno de gracia”)
Con mi cuenco solitario golpeo de improviso tu puerta.
Yo, un monje sin ocupación, fuera de las cosas de este mundo.
Tú también un hombre ocioso durante una época de paz.
Todo el día, sin nada que hacer, bebemos saké frente a las montañas, riéndonos como locos.

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