Archivo de agosto 2007
Dos jóvenes en la india
Cuentan que hace muchos años había en la India dos jóvenes que eran grandes amigos. Trabajaban en una pequeña aldea y decidieron ir a pasar unos días a la ciudad. Cuando llegaron a ella, comenzaron a caminar por las calles populosas, llenas de actividad y gentes bulliciosas. Y así fue que llegaron a una gran calle donde se encontraba un conocido burdel que estaba frente a la casa de un hombre santo muy famoso. Uno de los amigos decidió pasar unas horas en el burdel, bebiendo y disfrutando de las bellas prostitutas, en tanto que el otro optó por pasar ese tiempo en el santuario, escuchando al maestro que hablaba sobre la conquista interior. Cuando había pasado un buen rato:
El joven que estaba en el burdel comenzó a lamentar no estar escuchando al maestro en el santuario, en tanto que el otro amigo, por el contrario, en lugar de estar atento a las enseñanzas que estaba oyendo, estaba fantaseando con los placeres del burdel y reprochándose a sí mismo lo necio que había sido por no elegir la diversión. De este modo, el hombre que estaba en el burdel obtuvo los mismos méritos que si hubiera estado en el santuario, y el que estaba en el santuario acumuló tantos deméritos como si hubiera estado en el burdel. Mientras tanto el maestro seguía hablando del valor de vivir el momento presente con todo el ser y el corazón y decía: -No basta con estar físicamente presente, ni con hacer los gestos o decir las palabras de forma mecánica. Precediendo a los actos, está la actitud interior, la conciencia del acto y sus consecuencias. En la actitud interior, en la conciencia del acto se encierra su auténtico valor. Pero el discípulo, perdido en sus fantasías, no lo escuchaba.
Nasrudín Jardinero
Nasrudín pasó el otoño entero sembrando y preparando su jardín. Las flores se abrieron en primavera pero Nasrudin observó que algunos dientes de León que él no había plantado estaban en algunos lugares del jardín. Los arrancó, pero las semillas ya se habían esparcido y volvieron a crecer. Trató entonces de encontrar un veneno que afectara al diente de león. Un técnico le dijo que cualquier veneno terminaría matando también a las otras flores. Desesperado pidió ayuda a un jardinero especialista; este le dijo:
-Igual que en el casamiento junto con las cosas buenas, terminan viniendo algunos inconvenientes. -¿Qué hago?, -insistió Nasrudín. -Nada, aunque sean flores que tú no pensabas tener ya forman parte de jardín.
Diógenes y Alejandro Magno
Diógenes, el místico griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla de un río, sobre la arena, tomando el sol desnudo. Era un hombre hermoso. Cuando el alma es hermosa, surge una belleza que no es de este mundo… Alejandro no podía creer la belleza y gracia de aquel hombre y le dijo:
-Señor -jamás había llamado “Señor” a nadie en su vida-, señor me ha impresionado enormemente su persona, además he oído hablar de su gran sabiduría. Me gustaría hacer algo por usted, ¿Qué podría hacer yo por usted? Muévete un poco hacia un lado, pues me estás tapando el sol, esto es todo, no necesito nada más -dijo Diógenes. -Si tengo una nueva oportunidad de volver a la tierra, le pediré a Dios que me convierta en Alejandro de nuevo y si esto no es posible, que me convierta en Diógenes. Diógenes se rió y dijo: -¿Quién te impide serlo ahora mismo? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos, ¿a dónde van? ¿Para qué?. -Voy a la India a conquistar el mundo entero -dijo Alejandro. -¿Y después que vas a hacer? -preguntó Diógenes. -Después voy a descansar. -Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar, ¿por qué no lo haces ahora? Y te digo más si no descansas ahora nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en el camino, en medio del viaje. Alejandro se lo agradeció y le dijo que le recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador pero no le dio tiempo de descansar antes de morir.
El rey del Himalaya
Un día al sur del Himalaya el gran Rey de esas tierras fue visitado por un embajador de Persia que le obsequió con una hermosa espada labrada a mano. Mientras admiraba todo el trabajo hecho en el sable, el Rey se cortó accidentalmente el extremo de su dedo pequeño. Como el Rey estaba sufriendo esta pérdida, su ministro dio un paso hacia el trono y le dijo: -Vuestra real alteza no se lamente por la pérdida de la punta de su dedo, pues siempre todo está dispuesto por Dios. Al escuchar estas palabras de su ministro el Rey se sintió muy enojado y dijo: -No puedes apreciar la pérdida de mi dedo porque es mi dedo el que se ha perdido y no el tuyo. Mejor sería que retiraras lo que has dicho no sea que pierdas algo más que la punta de un dedo.
-Su majestad, le hablo con la verdad de mi corazón, -le contestó el ministro-, y en consecuencia no puedo retirar lo que he dicho, pues ciertamente todo está dispuesto por Dios, y por su parte mi señor actúe como le dicte su conciencia. El Rey fuera de sí, lleno de ira por semejante irreverencia llamó a sus soldados para que le detuvieran y le encarcelaran. Poco después llegó el día de la caza, momento que habitualmente el Rey era acompaño por su ministro. Como éste estaba en prisión el Rey marchó solo. Sucedió que, una vez adentrado en las selvas, el Rey fue atacado y capturado por una banda de caníbales salvajes. Luchando por su vida el Rey fue arrastrado hasta el lugar donde se hacían los preparativos y rituales para los sacrificios humanos. Fue desnudado y bañado en aceites sagrados y conducido al altar de los sacrificios. Momentos antes de ser inmolado, el alto sacerdote advirtió que le faltaba la punta de un dedo. -Este hombre no es apto para ser sacrificado, -dijo el sacerdote-, le falta la punta de su dedo y por tanto no es completo, así que es inaceptable. De esta forma fue llevado a lo profundo del bosque y se le dejó marchar. El Rey recordó emocionado las palabras de su ministro y cuando pudo llegar, con todo su esfuerzo al palacio, fue directamente a los calabozos a liberar a su ministro. -Tu dijiste la verdad, -dijo el Rey-, si no hubiera tenido cortada la punta de mi dedo hubiera sido sacrificado y devorado por esos caníbales. Seguramente Dios dispuso salvar mi vida. Pero hay algo que no entiendo, ¿por qué Dios dispuso que te pusiera en prisión de manera injusta? -¿También esto venía de Dios?. Sí -contestó el ministro-, si no me hubieras puesto en prisión yo te hubiera acompañado en la cacería como siempre hacíamos y me habrían capturado contigo. Puesto que mi cuerpo está completo y sano yo hubiera sido sacrificado en tu lugar, ya que a ti se te consideró no apto.
¿Sabias qué?
Y tu ¿sabias?
El devoto en la cueva
Un hombre devoto había estudiado con diferentes maestros todo las técnicas de conocimiento interior. En cierto momento el último de sus maestros le dijo: -Ahora puedes marcharte y espera tu oportunidad. El hombre se adentró en las montañas y se instaló en una cueva donde pasaba la mayoría del tiempo en constante meditación. Una noche muy fría se le presentaron tres demonios horribles, rugiendo y lanzando fuegos por sus bocas. El hombre salió corriendo y espantado de aquella cueva. En el frío de la noche se sintió desesperado sin saber qué hacer. Entonces reflexionó y se dijo:
-Ésta es mi oportunidad para poner en práctica todo mi aprendizaje de tantos años. Entró en la cueva y allí estaban los horribles demonios jadeando y moviendo sus colas dispuestos a lanzarse sobre el hombre. Éste les dijo: -Ustedes deben hacer su trabajo que es aniquilarme por completo yo en cambio debo hacer el mío que es defenderme de todo aquello que es inútil para mi beneficio. Así que sentémonos y hablemos acerca de nuestros trabajos. En ese momento los horribles diablos empezaron a empequeñecerse y arrugarse hasta que finalmente se disiparon.
El caracol en la carretera
Un discípulo se adelantó a su maestro de sabiduría y le dijo: -Maestro encontré a un caracol en la carretera, lo cogí y lo puse en mi jardín para que no fuera aplastado por lo coches. El maestro respondió:
-¡Idiota!, ¿cómo te atreves a perturbar el destino de esa criatura? El discípulo se marchó avergonzado, volvió a su jardín y tomando nuevamente al caracol lo devolvió a la carretera. Nuevamente volvió a su maestro y le dijo: -Maestro devolví el caracol a su lugar para que se siguiera el curso de su destino. El maestro le dijo otra vez: -¡Idiota!, ¿cómo te atreves nuevamente a perturbar el destino de esa criatura?
Sólo quiero aire
Un joven fue a ver a un sabio maestro y le preguntó: -Señor, ¿qué debo hacer para conseguir lo que yo quiero?. El sabio no contestó. El joven después de repetir su pregunta varias veces con el mismo resultado se marchó y volvió al día siguiente con la misma demanda. No obtuvo ninguna respuesta y entonces volvió por tercera vez y repitió su pregunta: -¿Qué debo hacer para conseguir lo que yo quiero? El sabio le dijo:
-Ven conmigo. Y se dirigieron a un río cercano. Entró en el agua llevando al joven de la mano y cuando alcanzaron cierta profundidad el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua y pese a los esfuerzos del joven por desasirse de él, allí lo mantuvo. Al fin lo dejó salir y el joven respiró recuperando su aliento. Entonces preguntó el sabio: -Cuando estabas bajo el agua, ¿qué era lo que más deseabas? Sin vacilar contestó el joven: -Aire, quería aire. -¿No hubieras preferido mejor riquezas, comodidad, placeres, poder o amor? –No, señor, deseaba aire, necesitaba aire y solo aire -fue su inmediata respuesta. -Entonces -contestó el sabio-, para conseguir lo que tú quieres debes quererlo con la misma intensidad que querías el aire, debes luchar por ello y excluir todo lo demás. Debe ser tu única aspiración día y noche. Si tienes ese fervor, conseguirás sin duda lo que quieres.